Palabra hecha carne, palabra hecha eucaristía (Jn 1,1-18)

22 diciembre de 2009

 Don Mariano Cabeza, Promotor del culto eucarístico en la diócesis de Jaén, ofrece a todos esta reflexión que ha dirigido a los sacerdotes de su arciprestazgo.


PALABRA HECHA CARNE,
PALABRA HECHA EUCARISTÍA
Reflexión Juan 1,1-18
Tiempo de Adviento

Hemos leído el prólogo de San Juan, un antiguo himno cristológico perteneciente a la comunidad joánica que en el cuarto evangelio cumple la función de obertura porque anuncia los temas que luego el evangelista va a desarrollar en veintiún capítulos.

Este prólogo es toda una confesión de fe, a modo de villancico navideño, una poesía adaptada por San Juan introduciendo matices para resaltar con mucha fuerza quién es Jesús, el Cristo, el Mesías.

Los temas que señalan los dieciocho versículos del capítulo primero son los siguientes:

• El llamar a Jesús “logos” o “palabra”. Un concepto muy difundido a finales del siglo I. El judaísmo lo atribuía a la ley y a la sabiduría. Aplicado a Jesús, ley y sabiduría de Dios, convierte a este en una imagen inteligible de Dios para el hombre. “Nadie ha visto jamás a Dios, el Hijo único, Dios, que está al lado del Padre, lo ha explicado”.
• La palabra es creadora, da la existencia a las cosas. Y con respecto a los hombres da vida y luz. Aquí se entabla una batalla que marca la historia de la humanidad, la lucha entre la luz y las tinieblas.
• La acogida de la Palabra crea una nueva relación entre Dios y el hombre, una relación de filiación. Para eso hay que nacer de Dios, no viene por la carne ni la sangre. Este nuevo ser supera todo al igual que la gracia supera la ley y Cristo supera a Moisés.
• Juan acentúa la preexistencia de la Palabra, antes de la creación del mundo, aunque acontece en la historia, en un momento histórico concreto, así Juan introduce lo relativo a Juan Bautista, testigo cualificado de Cristo, aclarando la posible sobrevaloración que podía haber sobre él.
En definitiva la Palabra asume nuestra naturaleza y esta fue el vehículo para la entrada de Dios en nuestra historia donde se manifiesta y podemos experimentarlo como gracia, verdadera luz y vida.

En este año sacerdotal y mirando los escritos de un gran sacerdote, maestro de santos, San Juan de Ávila,  reflexionaba sobre el misterio de la encarnación como un descenso para un ascenso. Es decir, Dios se encarna para que nosotros seamos dioses por participación. Así lo expresaba en el sermón 65:
“¿Dios no se hizo hombre para que se hagan los hombres Dios por participación?”

Al hacerse la Palabra carne lo que desea es cumplir el designio del Padre, comunicarnos la vida divina.
San Juan de Ávila es tajante en una de sus cartas cuando dice:
“¿Qué es, diré sino que el hombre con Dios es como Dios y el hombre sin Dios es grandísimo tonto o loco?” (Carta 2)

El primer abajamiento de este proceso de ascenso, de subida, es la encarnación y el segundo abajamiento será la cruz. Cruz anunciada en Juan por el rechazo de las tinieblas del que es luz.
Escribe San Juan de Ávila en otra carta (carta 12):
“¿Qué te daremos Señor, por tantas mercedes, sino conocer entrañablemente que por ti tenemos y valemos y somos agradables a Dios y darte gracias y alabanzas porque un tal como tú por unos como nosotros te ofreciste a padecer tantos trabajos?”.

Si amor tuvo Dios al crearnos a su imagen y semejanza, más amor demostró al hacerse uno de nosotros para limpiar esa imagen y recrearnos en una vida nueva.
En otra carta dice a este respecto: “¿Quién nunca oyó amor como éste, que amando uno a otro, se tornase él?” (Carta 67)

El Verbo se hace carne y entra en comunión con nosotros, ahora el Verbo se hace pan, alimento para que nosotros entremos en comunión con él.
La Palabra hecha Pan de Vida para que podamos tener una comunión personal. Carne para la vida del mundo. Porque rechazar la recepción de la carne y de la sangre de Cristo es negar su encarnación (carne) y su muerte (sangre). Quien como su carne y su sangre tiene vida eterna (salvación).
La vida que se promete a quien recibe la Eucaristía es unión permanente con el que porta la vida. Es la forma de participar de Dios, de entrar en el circuito de Dios que se abaja para elevarnos:
“El Padre que me ha enviado posee la vida y yo vivo por él. Así también el que me coma vivirá por mi” (Jn 6,57)

A modo de conclusión:

• Contemplando a Cristo, Verbo encarnado, Verbo entregado y sacrificado. Nos urge entender y vivir nuestra existencia sacerdotal como vida entregada, como ofrecimiento de nuestra propia persona para la vida del mundo. Es la Eucaristía que celebramos diariamente la raíz de nuestra caridad pastoral, el lugar privilegiado de nuestro ministerio y de nuestra vida espiritual.
• Somos mediadores entre Dios y los hombres y aunque el ejercicio del ministerio sacerdotal, especialmente la celebración de los sacramentos, recibe la eficacia salvífica de la acción misma de Jesucristo hace falta también la implicación personal. Nosotros somos portadores de la luz que es Cristo, pero no podemos ser lámparas apagadas, o con tanta pantalla que dejemos pasar poca luz a los demás. Correríamos el peligro de ejercer el ministerio dignamente pero vacío, caer en un funcionariado sacramental.
• En el Verbo Eucaristía es donde nosotros podemos alcanzar la unidad perfecta de vida, el origen y fundamento de nuestro ministerio, de nuestra vocación. Porque sin la intimidad con Dios se pierde toda la hondura y significado que estamos llamados a tener en nuestra vida personal y en la vida de nuestras comunidades.

De la contemplación del Verbo que se hace carne en esta próxima Navidad, de la contemplación del Verbo que se hace alimento, en la Eucaristía de cada día. De la contemplación del Verbo que permanece presente entre nosotros en el Sagrario, en la Custodia, en cada hermano que llama a las puertas de mi vida, broten en nosotros, hermanos sacerdotes actitudes de gratuidad, de donación, de ardiente caridad y de contemplación, adoración y glorificación de nuestro Dios.

Termino con un texto de San Juan de Ávila que nos viene muy bien a nosotros, sacerdotes:

¡Y tanto deseo tienes de verme y abrazarme, que estando en el cielo con los que tan bien te saben servir y amar, vienes a este que sabe muy bien ofenderte y muy mal servirte! ¡Que no te puedes Señor hallar sin mí! ¡Que mi amor te trae! ¡Oh, bendito seas que  siendo quien eres, pusiste tu amor en un tal como yo! ¡Y que vengas aquí con tu Real Presencia y te pongas en mis manos, como quien dice: “Yo morí por ti una vez y vengo para ti para que sepas que no estoy arrepentido de ello, mas se me has de menester, moriré por ti otra vez”!  (Carta 6)

No dejes de venir a nosotros Señor,
No dejes de sostener nuestras vidas.

Mariano Cabeza Peralta,
Promotor del culto eucarístico en la diócesis de Jaén.

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