Homilía en la fiesta de la Virgen de la Cabeza: “Peregrinos de ida y vuelta”

En la mañana del último domingo de abril
En esta mañana del último domingo de abril, día del Señor, un año más una multitud nos hemos reunido en este Santo Cabezo de Sierra Morena, al que vino la Virgen María a poner su casa entre nosotros. Siguiendo la más antigua tradición peregrina hacia este Santuario bendito, hemos caminado con la ilusión de encontrarnos con la Santísima Virgen de la Cabeza. Hemos venido hasta aquí atraídos por su ternura y movidos por su amor. Es la Virgen misma la que nos ha hecho ponernos en camino y la que ha orientado nuestro itinerario peregrino.

Cuantos estamos hoy aquí somos hombres y mujeres que traíamos una esperanza en el alma y la hemos puesto ante nuestra Madre del cielo, para que nos diga a quién hemos de dirigirnos. De hecho, si estamos hoy aquí es porque la Virgen de la Cabeza nos ha acogido a cada uno de nosotros, en nuestra situación concreta, y nos ha indicado, como Madre solicita, en qué manos nos hemos de poner. Es la Virgen María la que siempre nos señala el destino al que deben dirigirse nuestros pasos  peregrinos, el único destino que hace recto el caminar del corazón humano, que es Jesucristo. Nadie nos lleva por una dirección más segura hacia Jesucristo que su propia Madre. Por eso la Virgen de la Cabeza nos invita a escuchar las palabras de Jesús: “Buscad y encontraréis”.

El camino de dos buscadores de la verdad
En este tercer domingo de Pascua de Resurrección, se nos acaban de relatar las peripecias del camino de dos peregrinos muy especiales; esos que vuelven a su casa de Emaús con el dolor de una ilusión, de momento aparentemente frustradas y perdida. Los dos, Cleofás y el otro, habían seguido de cerca, porque eran sus discípulos, los últimos acontecimientos de la vida de Jesús, los más trágicos. Y según van comentando entre ellos, mientras van de camino, el final de la vida de Jesús de Nazaret les había decepcionado, había echado por tierra sus certezas y roto su confianza. Por eso, se volvían a su pueblo, como nos cuenta San Lucas, con un profundo desencanto. De cualquier modo, el hecho de que le dieran tantas vueltas a aquellos acontecimientos que acababan de vivir en Jerusalén, seguramente era porque, en el fondo, buscaban alguna razón para lo sucedido; que seguramente la había, pero que a ellos se les escapaba. De hecho, “conversaban y discutían”. Esa búsqueda era una puerta abierta a quien pudiera interpretarles de otra manera la historia de la muerte de Jesús.

Con un caminante que se puso a su altura
En esas dudas  estaban, cuando un caminante se puso a su altura, se unió a ellos, se interesó por su conversación, escuchó su relato, comprendió su frustración y les reveló lo que pensaba el mismo Dios de la muerte de su Hijo. El caminante encontrado, al que en principio “sus ojos no fueron capaces de reconocer”, era el mejor intérprete de la verdad y, además, el mejor conocedor del corazón humano, de la verdadera búsqueda y de las auténticas necesidades humanas. Con la Sagrada Escritura, donde siempre se revela el amor de Dios, ese que hace arder el corazón, les da las explicaciones que necesitaban y les hace comprender que la pasión de Cristo no era más que el camino hacia la gloria; el caminante les hace ver que aquel aparente fracaso, que les llevaba decepcionados de vuelta a casa, era una victoria del amor de Dios por nosotros; les hace ver que la gloria de Cristo sólo podía llegar por el dolor de la cruz redentora.

Reconocido en el partir el pan
Y fue así, de camino, como lo que era desilusión se convirtió en esperanza. Esa revelación inesperada, luminosa y confortante para ellos, puso de nuevo en los caminantes de Emaús el calor de la fe, y por eso ardía su corazón. “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?”. El caminante les hizo entender que el rumor que corría sobre la Resurrección de Jesucristo, ese al que ellos no le daban ningún crédito, era una certeza que cambia la vida. Fue entonces, cuando los dos peregrinos, profundamente atraídos por Jesús, aunque aún no lo hubieran reconocido, le rezaron esta maravillosa oración: “Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída”. Y Jesús accedió a esta petición; y, sentados a la mesa, ya todo se precipitó y, al partir el pan, se les abrieron los ojos y reconocieron al Resucitado.

Aquella fue la primera vez que esto sucedió. Desde entonces, los cristianos descubrimos que Jesús está en medio de nosotros cada vez que renovamos lo que les encomendó a sus apóstoles en la Última Cena: “Haced esto en memoria mía”. Donde está el pan y el vino, su cuerpo y su sangre, allí está el Señor. En la mesa del altar está el Señor. En el partir el Pan de este domingo de Pascua, o de cualquier domingo, mientras estamos todos reunidos y celebramos la Eucaristía, reconocemos al Señor en medio de nosotros. Y María, la Madre de la Iglesia, nos acompaña siempre feliz.

Caminantes como los de Emaús
Queridos peregrinos, hay una gran semejanza entre aquellos caminantes y nuestro propio camino. ¡Cuántos de nosotros durante el itinerario peregrino y, sobre todo, al llegar ante la Virgen de la Cabeza le hemos abierto el corazón y le hemos contado nuestras preocupaciones: nuestras dudas, nuestros problemas, nuestras penas, nuestras heridas, nuestros anhelos más profundos! Cada uno ha traído lo suyo y muchos hemos traído también los grandes y graves problemas de esta tierra bendita de la que ella es Madre y Protectora. Y hemos comprobado que todo el que pasa por el Santuario de la Virgen de la Cabeza buscando necesidades esenciales, encuentra a Jesucristo, renueva su fe, descubre la alegría y recupera ilusiones y esperanzas, que quizás consideraba que tenía perdidas. Ojalá todos hayamos descubierto en los ojos misericordiosos de María, al amor misericordioso de Cristo. Estoy convencido de que hoy muchos de vosotros sois testigos de que, junto a la Virgen y con el corazón abierto de par en par, siempre descubre que mereció la pena el camino que hemos hecho hasta aquí. Estoy seguro que en este bendito lugar en muchos de vosotros una chispa ha hecho arder lo que estaba medio apagado y una ráfaga de luz ha encendido lo que quizás os impedía ver con claridad. Todo eso lo puede hacer, y lo hace, el amor de esta Madre querida que nos ha acogido.

Se vuelve con la ilusión de compartir
Pero en una peregrinación siempre hay un retorno. Los dos de Emaús, desde la parada, para comer, en la que descubrieron a Jesús en el partir el pan y pasaron de la tristeza a la alegría, por haberle reconocido resucitado, iniciaron un camino de vuelta con la ilusión de compartir lo que habían encontrado: “Hemos visto al Señor”, fue su mensaje. “Es verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón”. No puede haber una experiencia feliz que no se comparta. El cristiano nunca es un huraño que se queda para él solo el bien que encuentra, no oculta a los demás lo que lleva en el corazón; al contrario, contagia su felicidad. Eso es lo que hacían los testigos de la resurrección, como hoy hemos escuchado que hizo Pedro, “con toda solemnidad”, el día de Pentecostés.

Tras esta Eucaristía que estamos celebrando en la fiesta grande en honor de la Virgen de la Cabeza, y en la que hemos visto al Señor, nosotros vamos a iniciar un camino de vuelta a casa, a la vida ordinaria: iremos a nuestra familia, a nuestros amigos y vecinos, a los compañeros y compañeras de trabajo, a nuestras luchas nobles y justas de cada día; a todos les hemos de contar con quien hemos estado, lo que nos han dicho, el recado que nos han encomendado. Ahora es el tiempo de decir que hemos encontrado en este bendito Cabezo a nuestra Madre la Virgen; es tiempo de ser cada uno de nosotros un nuevo pastor de Colomera. Como él hemos de sentir que la Virgen nos ha acogido, nos ha llevado a Cristo y nos ha enviado a la Iglesia, para, desde ella, decir lo que nos ha sucedido.

Un camino de vuelta evangelizador
El Papa Francisco acaba de poner de relieve la fuerza evangelizadora de un santuario y ha destacado el valor evangelizador de la fe de los humildes y sencillos; eso que en el fondo somos cada uno de nosotros. El Santuario de la Virgen de la Cabeza es un signo visible de una fe profundamente arraigada en los cristianos y cristianas de nuestra tierra. Es por eso que os pido de un modo especial a las Hermandades que sigáis cultivando con un profundo sentido de fe y de Iglesia la devoción a la Virgen de la Cabeza. Como muy bien sabéis, vosotros sois el cauce del amor y la devoción de muchos. A vosotros, peregrinos y cofrades venidos de tantas partes de Jaén, de Andalucía y de España, y a los que rezáis desde vuestras casas a través de Canal Sur, os animo a irradiar el precioso tesoro de vuestra fe y vuestra piedad, el que hoy habéis enriquecido con el amor y la devoción a la Santísima Virgen.

A los peregrinos venidos desde nuestros pueblos de Jaén, os invito a recordar que estamos en el “camino del sueño misionero de llegar a todos”, como dice nuestro lema pastoral. La Virgen de la Cabeza nos envía a cada una de nuestras parroquias y comunidades cristianas, y nos invita a compartir, en cada uno de nuestros ambientes, la alegría de habernos encontrado con Ella y con su Hijo. A todos los peregrinos nos llama a convertir el camino de vuelta a casa en una peregrinación misionera. No olvidéis que volver también es peregrinar, que los peregrinos al Santuario de la Virgen de la Cabeza han de ser peregrinos misioneros de lo que llevan en el corazón: lo que habéis encontrado en este precioso y devoto encuentro con María, hay que repartirlo.

Una vez en vuestras parroquias, la Virgen os recomienda que os unáis a cuantos en vuestros pueblos intentan cada día ser testigos claros y audaces de la fe que profesan. Y para que sea creíble vuestro testimonio, os encomienda que colaboréis en todas las iniciativas que haya en vuestras comunidades cristianas o en la sociedad en favor de los más necesitados. Como vosotros los peregrinos sabéis muy bien por experiencia, los pobres ocupan un lugar muy especial en el corazón de la Virgen de la Cabeza. En el Magnificat, esa preciosa mirada interior que María hace hacia sí misma, en lo más íntimo de su corazón se descubre como una más entre los humildes enaltecidos y los pobres colmados de bienes.

+ Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Jaén

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