Homilía del Obispo en la Misa de Canal Sur desde Baeza

Queridos hermanos y hermanas:

Estamos reunidos en el templo parroquial de San Andrés, santuario de Nuestra Señora del Alcázar, Patronos ambos de Baeza. Hoy celebramos el patrimonio espiritual de una ciudad que es, por legado de su historia, Patrimonio de la Humanidad. En la conciencia cristiana de Fernando III el Santo, San Andrés protegió la conquista de esta ciudad el 30 de noviembre de 1128. La Virgen, que apareció un poco después, estuvo siempre en el Alcázar de Baeza (de ahí recibe su nombre), desde donde vela por todos, especialmente en aquellos difíciles avatares de la historia. El culto a los dos copatronos de Baeza se ha unido en este templo y desde hace 125 años una diligente Cofradía, que vela por una merecida devoción hacia los protectores de esta ciudad.

En esta mañana de domingo, día del Señor, empezamos, como siempre, la celebración eucarística por la escucha atenta de la Palabra de Dios que se nos ha proclamado. En le Segunda lectura, de la Carta a los Hebreos se señala la fuerza, la verdad y la eficacia de esa Palabra; se nos dice que es viva y eficaz y se nos señala incluso hasta dónde puede llegar, hasta el más profundo fondo de nuestra vida y de nuestra conciencia. Es una Palabra siempre llena de vitalidad, de luz y de exigencia. Es una Palabra que contempla y ama, porque es una palabra que nos lleva de la mano hacia nuestro sentido y nuestro destino, que no es otro que nuestra felicidad. De la Palabra de Dios nos llegan todos los bienes juntos, porque en manos de la Palabra hay riquezas y abundancia. La sabiduría es la más preciosa de las riquezas, como también se nos ha dicho.

Al escuchar hoy esta hermosa reflexión sobre la Palabra, es inevitable pensar en María, ella fue la más auténtica oyente de la Palabra del Señor, que en ella se hizo carne y en ella habitó, tanto en su corazón como en su vientre. Por eso nos dejó en el Magnificat lo que la Palabra, su propio Hijo, hizo en ella como creyente. El encuentro con Jesucristo, Palabra viva de Dios, que guardaba en su corazón, la sitúo en el destino y sentido de su vida y así fue como encontró la felicidad plena, la que en esa bendita oración, tan inspiradora para nosotros, canta y reza. ¿Qué otra cosa dice cuando exclama? Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador, porque ha mirado la sencillez de su esclava”. Desde ahora me felicitarán todas las naciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí.

También, San Andrés, el primero en proclamar que ha visto al Mesías. Es testigo de una historia personal de encuentro decisivo con Jesucristo, de un encuentro que lo convierte en verdadero creyente. Andrés y Juan, el otro discípulo, son testigos ambos de una inquietud que no deja de sentirse siempre en el corazón humano: el deseo de conocer más y mejor a Jesús y el deseo de que nos muestre cómo es y dónde está la verdadera vida. Como nos dijo el Papa Benedicto XVI, el camino para ese encuentro es siempre la fe. “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva.”  

Se podría muy bien decir que el Evangelio de hoy es una hermosa guía para seguir el camino de la fe. En él aparecen preguntas decisivas que pueden llevar al encuentro con Jesucristo. Son esas peguntas que laten en nosotros, aunque no siempre seamos capaces de expresarlas o no tengamos la oportunidad de hacerlo, quizás por no poder encontrar un interlocutor a quien manifestarlas. Por eso la Iglesia ha de salir al encuentro de cada ser humano.

Cuando Jesús iba caminando (lo que él sabe hacer y lo que debe hacer la Iglesia unida), se acercó uno corriendo y le preguntó: Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna? Pregunta importante que sólo se hace cuando una persona se da cuenta de que, teniéndolo casi todo, le falta algo esencial. Jesús, el maestro bueno, le indica el camino para lograr lo que pide. Pero lo hace con la pedagogía de ir poco a poco, de empezar por la vida ordinaria, Jesús le pregunta si sabe los mandamientos. ¿Para qué le va a pedir más si no sabe lo esencial? Quiere saber si cumple los mandamientos que afectan a su relación con el prójimo. Hay que empezar por ahí, por ser buena persona, honrada, honesta, buen hijo…

“Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño”. Con esa respuesta el joven parece decirle a Jesús que quiere algo más, necesita algo más. Lo que busca es sentirse bien, porque aún le falta algo más definitivo para ser feliz, aunque lo tengo casi todo. Jesús, naturalmente, le miro con cariño. Le gustó lo que escuchaba, le pareció que este joven sabía lo que quería y, además, daba la impresión de que estaba dispuesto a llegar más lejos, llegar hasta la plenitud de vida en Dios. Pero no fue así. Ante la propuesta de Jesús de vender todos sus bienes y dárselos a los pobres, y a pesar de que le prometió tener un tesoro en el cielo si le seguía, el joven “frunció el ceño y se marchó pesaroso”. Ahí se acabó el camino de su fe, así se acabó su búsqueda, su interés por Jesús. Buena persona, judío cumplidor, pero no quiso ser creyente.

Y el joven ya no siguió preguntando.  ¡Qué bien le hubiera venido hacer la misma pregunta que le hizo Andrés, nuestro San Adres a Jesús: Maestro, ¿dónde vives? Por mostrar su interés por seguir a Jesús, él y el otro discípulo, entraron con él a su casa, permanecieron con él, le conocieron y, desde entonces, les cambio la vida. Andrés, incluso se convirtió en discípulo y testigo del Señor.

Este joven del Evangelio, ya tenía el corazón ocupado cuando se acercó a Jesús, aunque del todo no era feliz. Su riqueza era lo más valiosos para él. Cuando supo lo que tenía que hacer, que no era otra cosa que poner a Dios en el centro, que reconocer que Dios vale infinitamente más que todo el oro del mundo, no lo hizo y, sobre todo, no quiso comprender que todo lo que tenía era para la comunión, para hacer un mundo mejor, más justo, más digno, más compartido. Jesús no le propone la pobreza, sino la generosidad de su vida; el uso solidario de sus bienes. Lo que Jesús propone es que hagamos de todas nuestras riquezas, materiales, culturales o espirituales, sacramento de comunión. Propone que entremos en la lógica de Dios, la lógica de su Reino: justicia, amor y paz.

Jesús sabe que la sabiduría divina que propone es difícil, que a los ojos humanos parece incluso imposible, por eso, como luego le dirá a sus discípulos, en el comentario que hace a lo que ha sucedido con el joven, Dios, cuando entra en nosotros, cuando nos convertimos por la fe y vivimos en su presencia y en su filiación, pone la fuerza en nuestros corazones para amar y hacer lo que parece humanamente imposible. Dios nos da fuerza y gracia para poner distancia ante la riqueza y utilizar lo que somos y hacemos con generosidad para ayudar a los otros. El que vive en el amor de Dios sabe que no nos pide sacrificios, nos pide multiplicación. Dios multiplica la vida cuando se lo damos todo. Dios hace florecer la vida en todos los sentidos, cuando todo en todo nos ponemos en sus manos.

Por si os sirve, esto es lo que dice un testigo de la fe de nuestro tiempo: Charles de Foucauld

Padre, me pongo en tus manos,
haz de mí lo que quieras,
sea lo que sea, te doy las gracias.

Estoy dispuesto a todo,
lo acepto todo,
con tal que tu voluntad se cumpla en mí,
y en todas tus criaturas.

No deseo nada más, Padre.

Te confío mi alma,
te la doy con todo el amor
de que soy capaz,
porque te amo.

Y necesito darme,
ponerme en tus manos sin medida,
con una infinita confianza,
porque Tú eres mi Padre.

+ Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Jaén

 

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