Palabras del Vicario General en la Eucaristía de despedida de Don Amadeo Rodríguez Magro como Obispo de Jaén

22 noviembre de 2021

S.I. Catedral de Jaén, 20 noviembre 2021

Querido don Amadeo, padre y pastor de esta Iglesia de Jaén, Pueblo santo de ungidos con aceite perfumado que, por la fuerza del Espíritu, nos convierte en otros Cristos.

Querido Sr. Arzobispo de Granada, querido don Ramón, obispo emérito de esta Iglesia de Jaén, queridos hermanos sacerdotes, religiosos y religiosas, laicos.

Queridos familiares de don Amadeo.

Hermanos y hermanas todos.

 

El 2 de octubre de 1422, el papa Martín V trasladó desde Plasencia a Jaén al obispo don Gonzalo de Estúñiga o Zúñiga, tan unido a la historia de esta ciudad por el descenso de la Virgen de Capilla, la noche del 10 al 11 de junio de 1430. Era un obispo batallador, guerrero, que, como cantaba el romance, salía a decir misa armado, y en más de una ocasión debió capitanear las tropas cristianas para frenar a los nazaríes granadinos en La Guardia de Jaén, sufriendo cautiverio en dos ocasiones.

El 9 de abril de 2016 se repetía la historia. Pero evidentemente de manera muy diversa. El papa Francisco preconizaba de nuevo a un obispo placentino para la diócesis del Santo Reino. Pero ese obispo, que es usted, querido don Amadeo, hizo suyas las palabras de San Pablo en 2Cor 10,4: las armas de nuestro combate no son carnales, pues se presentó en esta misma catedral, el 28 de mayo de 2016, para ejercer el ministerio apostólico, como “apóstol de Jesucristo”, para actuar en su nombre y con la impronta de su corazón. Aquella homilía la estructuró Vd. catequéticamente a partir de los olores del pastor, con los que el Espíritu Santo, al que definió como el gran perfumista de la misión de la Iglesia, marca el ministerio apostólico. Y nos dijo: Le pido al Santo Espíritu que estos olores base, que me ha mostrado como esenciales para mi ministerio, creen entre nosotros una empatía espiritual y pastoral.

Y nos propuso el olor de la unidad y de la comunión, siempre necesario para el anuncio de la alegría del Evangelio, pues la unidad hace creíble y fuerte la propuesta de la fe, la evangelización, nos decía. Una unidad que se alimenta y robustece con la Eucaristía, como visibilizamos esta mañana en torno al altar, con Vd., nuestro arzobispo metropolitano don Javier, nuestro obispo emérito don Ramón, sacerdotes, religiosos y religiosas, y laicos de esta Iglesia del Señor Jesús que peregrina en Jaén.

El segundo olor que nos proponía era el que la tradición cristiana ha llamado bonus odor Christi, el buen olor de Cristo, que nos revela nuestra vinculación bautismal con Cristo, pues todos hemos sido ungidos por el Espíritu Santo con ese olor esencial, que nos evoca la meta de nuestra vida: la santidad.

Y finalmente, manifestaba usted su deseo de ser un obispo con olor a oveja, recurriendo a una expresión que repite con frecuencia el Papa Francisco. Es decir, un obispo con decidida impronta pastoral en sus palabras y sus obras, para ser una fiel transparencia de Cristo, único y buen pastor, en medio del rebaño encomendado. Al cabo de cinco años, querido don Amadeo, es tiempo de dar gracias. No es el momento de hacer balance. Sólo dar gracias por su servicio episcopal en esta parcela de la Iglesia universal, que es la diócesis de Jaén, a la que usted se ha entregado animándonos con entrega generosa, y señalando el camino en el sueño misionero de llegar a todos.

Uno de los tesoros que conserva nuestra Catedral son los restos del Papa San Pío I, que rigió la Iglesia de Roma entre los años 140 a 155. En 1789, el Papa Pío VI regaló los restos de este Pontífice al obispo don Agustín Rubín de Ceballos para enriquecer la capilla de San Eufrasio, que este prelado giennense había embellecido. Según una tradición con fuerte fundamento histórico, el Papa Pío I era hermano de Hermas, el autor de una de las joyas más hermosas de la literatura cristiana antigua: El Pastor, El Pastor de Hermas. Esa feliz coincidencia me permite ofrecer una sencilla reflexión que, sin ánimo de ser exhaustiva, resuma su trabajo pastoral entre nosotros. Y para ello, me detengo en un detalle de este hermoso texto patrístico. Hermas, el protagonista de El Pastor, se encuentra tres veces con una anciana, que es la Iglesia, mayor, entrada en años pero de noble porte, porque existía antes de la creación del mundo. En cada encuentro, la anciana -es decir, la Iglesia- tiene un aspecto diferente. La primera vez apareció muy anciana, sin fuerza y sentada, para significar el espíritu viejo, marchito y sin fuerza de los creyentes que se asemejan a algunos ancianos que, habiendo perdido la esperanza de la juventud no esperan otra cosa que el sueño de la muerte. La Iglesia presentaba el aspecto de los creyentes débiles por las cosas mundanas, aviejados en sus tristezas y sin confianza en el Señor. En el segundo encuentro, la anciana se le apareció de pie, con el aspecto más joven y alegre, aunque la carne y los cabellos seguían siendo los de una mujer vieja. El aspecto de la Iglesia se había transformado porque a los creyentes, cuyo espíritu estaba aviejado y debilitado, el Señor les anunció la conversión, se apiadó de ellos y así recobraron vigor.

Finalmente, en el tercer encuentro, la anciana parece más joven, bella, alegre, y sentada, porque los creyentes, una vez que sus espíritus fueron rejuvenecidos, supieron alegrarse y gustar los bienes de Dios. Y aparece ahora sentada para significar, no el cansancio y la debilidad de los creyentes, sino su sólida cimentación en la conversión y los dones de Dios.

Usted, querido don Amadeo, se ha esforzado por cimentar esta Iglesia en la conversión y en los dones de Dios, para que esta Iglesia de Jaén recupere la hermosura, la juventud y la frescura que Cristo quiere para su Esposa, a la que amó y se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, y para presentarla gloriosa, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada, como diría San Pablo escribiendo a los Efesios (5, 25-27). Usted nos ha invitado a la conversión pastoral, a la que nos llama el Papa Francisco, para llevar la alegría del Evangelio a todos. De su mano, las comunidades parroquiales y demás grupos eclesiales han colaborado juntos para entretejer un diseño de trabajo pastoral poniendo cada uno lo mejor de sí mismo, y gracias al cual, año tras año, hemos ido profundizando en la comunión, la celebración de la fe, la misión y la caridad, poniéndonos así, en sintonía, de manera anticipada, con la sinodalidad, caminando juntos en ese empeño de llegar a todos para ofrecerles la Buena Noticia de Jesucristo.

Como experimentado pastor curtido en mil y una experiencias evangelizadoras, no ignoraba usted las rémoras y obstáculos que, en tantas ocasiones, de manera aparentemente insalvable, nos paralizan a los creyentes y nos recluyen en una estéril inacción y en una pasividad, que nos reducen en una clara infidelidad al mandato misionero que hemos recibido de Cristo. Ha querido usted rejuvenecer a la Iglesia de Jaén con ánimo renovado, que regenerase de manera ilusionante ese espíritu anquilosado, envejecido, desesperanzado, que nos impide ver con esperanza el futuro. Por eso nos ha dicho que no basta ya con los consabidos eslóganes, que en ocasiones repetimos monótonamente, que son camisas de fuerza pastorales y espirituales que nos impiden trabajar con alegría por la causa de Jesús, y que nosotros mismos nos imponemos: siempre se ha hecho así, las circunstancias son malas, no vale la pena, la gente no responde, esto es humo, es más de lo mismo, esto ya lo hemos probado y no ha dado resultado, etc., etc. Esas actitudes fatalistas y desesperanzadas son las arrugas que, en la primera visión de Hermas, surcan el noble rostro de la Iglesia avejentándolo, tiñéndolo de tonos sombríos y macilentos, y evidencian así un espíritu que, en definitiva, no confía en la acción del Señor en la historia, en nuestra historia, y que, como atinadamente recoge Isaías, confiesa descorazonado: Yo pensaba: en vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas (Is 49, 4).

Ante esa realidad, tan extendida sobre todo en Europa, el de una fe cansada y desesperanzada, usted, con su palabra y con su vida, ha hecho realidad otro texto del citado profeta, que asumió como lema episcopal: Parare vias Domini (Preparar los caminos del Señor). Como Isaías, como Juan el Bautista, en ese desierto espiritual que en demasiadas ocasiones parece nuestro mundo, usted se ha esforzado por preparar los caminos del Señor para que Cristo llegase a los hombres y mujeres de esta tierra, y pudieran así descubrir y gozarse con la alegría del Evangelio, que es la única buena y nueva noticia, y por ello, es capaz de dar sentido al misterio de la vida humana.

No pretendo ahora recoger todas las acciones que han configurado su ministerio episcopal entre nosotros. Pero cómo no recordar la redacción “sinodal” del Plan Diocesano de Pastoral, el arranque del Sínodo Universal en nuestra diócesis, la Misión Diocesana, coronada y concluida por la Feria de la Fe, que quiso “exponer de un modo atractivo y creativo, todo lo que es, hace, siente, ofrece y ve la Iglesia diocesana de Jaén, no sólo en la actualidad, sino también en lo que ha sido en su historia como Iglesia del Santo Reino”.

Quisiera también recordar otra circunstancia que ha marcado su estancia entre nosotros. Como ya le han dicho en algún sitio, querido don Amadeo, usted ha sido también el obispo de la pandemia. Ha tenido que lidiar, al frente de su presbiterio, con la situación creada por la Covid 19, capitaneando una creatividad pastoral que ha debido acomodarse a las terribles, duras y extraordinarias circunstancias creadas desde marzo de 2020. Cómo no recordar su coloquio con la Virgen de la Cabeza, en la misa de la romería del citado año, en el marco de la basílica-santuario y del cerro que hervían de gente en años pasados y entonces estaban trágicamente casi desiertos. En ese coloquio con la patrona de la Diócesis, puso usted voz al dolor y al sufrimiento de mucha gente, pero también se hizo portavoz de los anhelos y de la esperanza de los hombres y mujeres de Jaén, que, como nuestros sufridos olivos centenarios, hunden firmemente las raíces de sus vidas en esta tierra tantas veces zaherida y llagada por las adversidades.

Ese diálogo con la Virgen de la Cabeza lo vieron muchas personas por televisión. Pero casi todos desconocen otros difíciles episodios suyos durante la pandemia, como cuando le tocó celebrar el entierro del sacerdote decano en edad de nuestro presbiterio, fallecido de Covid, en la triste soledad de un tanatorio, con un ataúd precintado, sin revestirse con los ornamentos litúrgicos porque no hubo ni siquiera celebración eucarística, y sólo con la compañía de dos sacerdotes y de un servidor. Ese episodio, y otros muchos, quedan en ese recuerdo perenne que es el corazón de Dios.

El día del inicio de su ministerio episcopal entre nosotros nos expresó un deseo con estas palabras: Espero saber redactar en vosotros con mi ejemplo la carta que anuncie a Jesucristo por toda la geografía diocesanaPero insisto en que, para ser cartas que llevan la buena noticia, hay que estar impregnados del perfume de Jesucristo. Creo que su ministerio episcopal entre nosotros ha sido una hermosa carta que sabe a Evangelio, que huele a ese Jesucristo, Buen Pastor, que usted ha transparentado con su servicio a esta Iglesia de Jaén, desde la víspera del Corpus Christi de 2016 hasta esta víspera de la solemnidad de Cristo Rey de 2021.

En este arco de tiempo, marcado significativamente por dos fiestas cristológicas importantes, usted no ahorrado esfuerzos ni se ha dejado llevar por cansancios o derrotismos. Ha trabajado usted en una Iglesia con rica y variada historia, que dentro de seis años celebrará el octavo centenario de la restauración de la vida cristiana en nuestra tierra. Una Iglesia que es bella gracias al arrojo de sus mártires, a la fidelidad de sus religiosos y religiosas, a la entrega pastoral de sus obispos y sacerdotes, y a la santidad de tantos de sus fieles que, con su vida coherente de fe, como piedras vivas, han embellecido ese templo espiritual que es la Iglesia que peregrina en el Santo Reino.

Pero la Iglesia de Jaén, por qué no reconocerlo, como la anciana de Hermas, también tiene sus arrugas y sus cansancios, y, como la Iglesia universal, necesita recuperar el amor primero y reafirmar su fidelidad a su único Señor, Jesucristo. Al final, creo que entrega usted a su sucesor una comunidad diocesana, que es del Señor Jesús, en la que su ministerio episcopal ha hecho, por decirlo con la tercera visión del Pastor de Hermas, que esa anciana, que es nuestra Iglesia diocesana, parezca más joven, alegre y bella, porque el espíritu de sus miembros ha sido rejuvenecido, y se fundamenta no en el cansancio y la debilidad de los creyentes, sino en la conversión sincera y en los dones de Dios.

Hace algo más de cinco años usted nos pidió: Rezad por mí para que mi ministerio episcopal tenga el olor de los hombres y mujeres de esta tierra, el de los andaluces de Jaén. Sólo así podré identificar mi mirada con la de Jesucristo, Santo Rostro misericordioso del Padre. Ese que, como un tesoro, veneramos en esta Santa Iglesia Catedral.

Como ha hecho otras veces, al final de esta celebración usted nos bendecirá con el Santo Rostro. Nosotros seguiremos orando por usted, pidiendo para que su mirada de pastor continúe identificándose con la de Jesucristo, que en los hermosos ojos del Santo Rostro vela, acaricia y protege a esta Iglesia de Jaén. Y estamos seguros de que usted seguirá rezando por esta Iglesia a la que quiere, esta Iglesia que le quiere a usted, y que hoy, de manera especial, le agradece todo -y es mucho- cuanto ha hecho por ella, y por todos los hombres y mujeres de esta tierra.

Por todo y por tanto, gracias, don Amadeo, muchas gracias.

 

 

Francisco Juan Martínez Rojas
Vicario Gral. de la Diócesis de Jaén
Deán de las Catedrales

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