La urgencia y la fuerza de la conversión

6 marzo de 2020

Llevamos unos días recorriendo el camino cuaresmal, tiempo al que la liturgia de la Iglesia concede una gran intensidad. Es preciso que no nos distraigamos, viviéndolo vagamente, de cualquier manera, dejándolo pasar sin más. Para facilitar adentrarnos en él de forma enjundiosa, y como cada año, el Santo Padre ha dirigido al pueblo de Dios un mensaje. En esta ocasión lleva este título:«En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios» (2 Co 5,20). No se trata aquí de hacer un comentario completo a este sugerente texto, ni tampoco de ofrecer un resumen del mismo. Sencillamente quiero detenerme en algunas de sus expresiones y leerlas como una invitación que nos estimule a un mayor compromiso con nuestros hermanos más débiles y preteridos, entre los cuales se hallan quienes sufren el flagelo del hambre.

Comienza el papa Francisco recordando una verdad básica de nuestra fe: que el Misterio Pascual es el fundamento de la vida cristiana y, por tanto, de toda conversión auténtica. La fuerza del Señor crucificado y resucitado “no deja de crecer en nosotros en la medida en que nos dejamos involucrar por su dinamismo espiritual y lo abrazamos”. Esto no ocurre en abstracto ni de un modo meramente individual, sino que el Espíritu Santo “nos permite mirar y tocar con fe la carne de Cristo en tantas personas que sufren”. De hecho, es cierto que podemos llegar a percibir “el infierno ya aquí en la tierra, como lamentablemente nos testimonian muchos hechos dramáticos de la experiencia humana personal y colectiva”. No conviene que olvidemos esta realidad en nuestra Cuaresma, si en verdad queremos avanzar por la senda de la conversión y la santidad.

Si somos honestos con nosotros mismos, reconoceremos la urgencia de la conversión. Un medio privilegiado para profundizar en esta dinámica es la oración. Francisco nos invita, en este tiempo, a “contemplar más a fondo el Misterio pascual”, a entrar en un diálogo “cara a cara” con el Señor crucificado. Si clavamos los ojos en Cristo, seguro que no pasaremos de largo ante tantos hermanos nuestros azotados por la miseria, la injusticia, el hambre, la soledad, el paro, la enfermedad, la violencia y el menosprecio. Ante este Cristo crucificado en los crucificados de la historia podemos preguntarnos como san Ignacio de Loyola: “¿Qué he hecho, qué hago, qué voy a hacer por Cristo?” (Ejercicios Espirituales, n. 53). Cristo ha hecho mucho por nosotros. En su pasión derramó su sangre por nosotros, pecadores. Meditar lo que le hemos costado a Cristo nos facilitará responder con amor a su Amor, nos posibilitará mantener la mirada ante la Cruz. De esta manera, podremos dejarnos impactar por la misericordia gratuita de Dios, de modo que “penetre dentro de nosotros, hasta llegar a tocar la dureza de nuestro corazón, para convertirlo cada vez más al Señor y a su voluntad”.

El Obispo de Roma insiste en que Dios tiene una firme, apasionada y tenaz voluntad de mantener el diálogo de salvación con todos los hombres. “Esta nueva oportunidad debería suscitar en nosotros un sentido de reconocimiento y sacudir nuestra modorra”. ¿Acaso no es cierto que todos, de un modo u otro, vivimos un tanto amodorrados? ¿Puede ser esta Cuaresma una ocasión para despertar del letargo que nos hace insensibles ante el dolor ajeno, ante la injusta distribución de los bienes de nuestro mundo, ante “la cultura del descarte”? Quizá en este tiempo podríamos ayunar de cierto “tipo de charlatanería, dictado por una curiosidad vacía y superficial” que “en nuestros días puede insinuarse también en un uso engañoso de los medios de comunicación”. Tal vez en esta Cuaresma, para que nuestro corazón no se vuelva una piedra, podríamos asimismo plantearnos seriamente hacer un uso más sensato del agua. Despilfarramos mucha, mientras otros no gozan de este precioso recurso. Podríamos también no ceder ante caprichos compulsivos y gastos veleidosos, que nos esclavizan de modo nefasto. Podríamos igualmente tomar la decisión de no desperdiciar alimentos y, en cambio, ser solidarios con los que no tienen nada que llevarse a la boca. En este sentido, no estaría mal que, en esta Cuaresma, pensáramos que quienes cotidianamente carecen del pan necesario no son meras cifras o frías estadísticas. Son personas de carne y hueso, como nosotros. Dejémonos interpelar, en conciencia, por este cruel dato: cada día 8.500 niños mueren por desnutrición en nuestro mundo. Pero nosotros seguimos preocupados por asuntos intrascendentes o por alarmismos mediáticos que no tienen esta acerba relevancia real.A este respecto, nos reportaría un gran beneficio responder sinceramente a estas preguntas: ¿Cuánto tiempo dedicamos a escuchar chismorreos? ¿Cuántas horas perdemos viendo programas basura por televisión? ¿Dedicamos el mismo tiempo a la familia, a los pobres, a los enfermos, que a Internet? Reflexionemos seriamente: ¿Cuánto tiempo pasamos chateando con los que están lejos y no atendemos a los que tenemos cerca y requieren nuestra ayuda? ¿Estoy dispuesto a cambiar? Si continuamos entreteniéndonos solo en buscar y airear los fallos de los demás, nunca nos ocuparemos ni de reconocer los nuestros ni de corregirlos.

El Santo Padre nos dice también en su mensaje: “Poner el Misterio pascual en el centro de la vida significa sentir compasión por las llagas de Cristo crucificado presentes en las numerosas víctimas inocentes de las guerras, de los abusos contra la vida tanto del no nacido como del anciano, de las múltiples formas de violencia, de los desastres medioambientales, de la distribución injusta de los bienes de la tierra, de la trata de personas en todas sus formas y de la sed desenfrenada de ganancias, que es una forma de idolatría”. Por eso, es importante que en esta Cuaresma avivemos nuestro sentido de solidaridad con todas estas personas y grupos humanos vulnerables y sufrientes, abriendo nuestras manos generosamente, es decir, practicando la limosna de un modo serio, exigente y creativo. “Podemos y debemos ir incluso más allá, considerando las dimensiones estructurales de la economía”, afirma el Papa, e intentando “diseñar una economía más justa e inclusiva que la actual”, una economía “con este mismo espíritu evangélico, que es el espíritu de las Bienaventuranzas”.

Como se ve, el mensaje del papa Francisco para esta Cuaresma pone el foco en la conversión al único Señor, que es el Crucificado-Resucitado. Al hacerlo, recupera las tradicionales prácticas cuaresmales (oración, ayuno, limosna) y las recrea de un modo significativo para nuestro mundo y, de un modo especial, para las personas más postergadas.

En este tiempo cuaresmal, tomemos en serio nuestra vida cristiana. Será la forma mejor de apartar de nosotros la indiferencia, el egoísmo y la insensibilidad. Pongámonos en el lugar de los que lo están pasando mal y salgamos a su encuentro. Por ellos mismos no pueden despertar del drama que padecen. Hay muchos que requieren nuestra ayuda. Brindémosla por amor a Dios, camino que transita por el amor a nuestros hermanos. Y ojalá en esta Cuaresma dicho amor se manifieste de un modo libre y generoso.

Concluyo suplicando con el Santo Padre la intercesión de la Virgen María, “para que escuchemos el llamado a dejarnos reconciliar con Dios, fijemos la mirada del corazón en el Misterio pascual y nos convirtamos a un diálogo abierto y sincero con el Señor. De este modo podremos ser lo que Cristo dice de sus discípulos: sal de la tierra y luz del mundo (cf. Mt 5,13-14)”.

 

Fernando Chica Arellano
Observador Permanente de la Santa Sede ante la FAO, el FIDA y el PMA

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