La Eucaristía, alimento para un pueblo que sufre

9 abril de 2020

Este año la Sección de la Adoración Nocturna Española de Baeza está preparando e invitará a todas las Secciones de la Diócesis de Jaén a celebrar la Fiesta de la Espiga, que no sabemos cuándo podremos celebrarla. Ese acontecimiento adquiere particular relieve e importancia dada la situación de emergencia  sanitaria, social y económica de la sociedad mundial y en especial de la española. Estos días de Marzo y de Abril siguiendo las directrices de nuestras autoridades civiles y religiosas, todos los ciudadanos estamos haciendo un gran esfuerzo de responsabilidad, de unidad y de lucha por erradicar la maldita pandemia del coronavirus que está haciendo estragos.

Cada ciudadano quisiéramos ser en estos momentos el científico, el doctor, la enfermera, el militar o el voluntario y el político para hacer posible y rápida la solución de la pandemia. En verdad, todos estamos llamados a colaborar y a implicarnos para hacer posible la vida…

Los creyentes cristianos, también implicados como ciudadanos en las tareas descritas, tenemos además un medio sencillo y bastante eficaz para la erradicación de esta enfermedad: la oración al Santísimo Sacramento.  Unidos a Jesucristo, vivo, presente y real en la Eucaristía tenemos el antídoto que Dios Padre nos ha regalado para erradicar el mal, la enfermedad y la muerte.

El Papa Francisco nos ha invitado a todos los católicos, a todas las confesiones religiosas y a todas las personas de buena voluntad a elevar oraciones y súplicas a Dios por todos los que sufren esta maldita enfermedad. El mismo Papa nos ha dado su testimonio orando ante el Santísimo Sacramento y ante la imagen de la Virgen, dejándonos preciosas oraciones, que muchos realizamos a diario.

Pero además de orar, en estos días tan difíciles para todos, se nos pide reavivar nuestra fe. Los cristianos creemos firmemente que estás ahí, en la Hostia consagrada. Y que sigues en cada Sagrario y que vives entre nosotros. Que nos ves y nos oyes… Creemos que tienes el mismo corazón que tenías cuando vivías en Palestina. Allí curaste a ciegos, a cojos, a leprosos… resucitaste a los muertos, dabas de comer a los hambrientos, perdonabas a los pecadores… Ahora también te necesitamos. Debemos ir a tu encuentro en la Misa televisada, en la Comunión espiritual, en la Palabra de Dios, en el silencio y la oración. ¿Cuántos son los enfermos, los  hambrientos, los abandonados, los pecadores, los débiles hoy… No hay necesidades materiales y espirituales? Tal vez hayamos perdido un poco la fe. Aumenta, Señor, nuestra fe; aumenta nuestra fe en la Eucaristía, en tu presencia viva y real entre nosotros, pues te necesitamos.

Se nos pide, también, dar y darnos. Sí, darnos, Señor, como Tú. Que el amor de Dios, mostrado en Ti, es lo más importante y bello que puede dar y recibir el ser humano. Y Tú nos amaste hasta la locura, porque moriste por nosotros en la Cruz, después de haberte hecho hombre. Gracias porque te quedaste con nosotros en la Eucaristía hasta el fin del mundo. Y con la Eucaristía nos dejaste a tus sacerdotes y a tantos hermanos y hermanas que hoy siguen haciendo posible la vida… La Eucaristía es el Sacrificio diario por nuestros pecados, por nuestras necesidades y también por nuestros difuntos. Porque es banquete diario, nuestra comida y nuestra bebida, como diría Santo Tomás de Aquino, “banquete precioso, admirable y lleno de toda suavidad”

Se nos pide regalar tu amor. Los que compartimos la misma fe y nos sentamos en la misma mesa de la fracción del pan, ya no podemos vivir como extraños. Estamos en la casa común, formamos parte de la misma familia, pues la Sangre de Cristo nos hace “consanguíneos”.  Y con nuestro amor, que es el mismo tuyo, Señor, invitamos a todas las personas a participar de la Mesa de tu amor y de todos tus bienes.

“Presentemos al Señor nuestras súplicas por las víctimas del coronavirus, por los médicos y por todo el personal sanitario… Y no olvidemos también en nuestra oración ante el Señor a los más pobres de la tierra que, ignorados por muchos, conviven habitualmente con epidemias como estas que hieren su salud”.

¡Jesucristo, pan vivo bajado del cielo para dar vida al mundo, ten piedad de nosotros!

¡Santa María, salud de los enfermos, ruega por nosotros!

Manuel Peláez, Juárez
Consiliario diocesano de la A.N.E.

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