Homilía del Obispo de Jaén en la Jornada de la Sagrada Familia 2021

27 diciembre de 2021

DSC_0241El domingo que sigue a la Navidad, último del año, nos lleva a la intimidad de aquella santa familia en que nació y creció el Hijo de Dios hecho hombre. Nuevamente, nos detenemos contemplando el acontecimiento del nacimiento de Jesús, el niño Dios.

Y no podría haber nacido sino en el seno de una familia. Cualquier otro camino hubiera comportado no encarnarse del todo en la realidad humana, y Dios no se hubiera hecho de verdad hermano nuestro. Jesús quiso nacer y vivir en una familia. Quiso experimentar nuestra existencia humana, y por añadidura, en una familia pobre, trabajadora, que tendría muchos momentos de paz y serenidad, pero también supo de estrecheces económicas, de migración, de persecución y de muerte. Convivencia familiar que vivió durante treinta años en la normalidad de la vida en Nazaret, donde se preparó fecundamente para su vida pública, y donde el pueblo, su gente, era también como una gran familia, que a la vez los unía a la gran familia del pueblo de la Alianza del que formaba parte… y, desde él, a la humanidad entera.

Contemplar el Misterio de la Sagrada Familia, nos invita a mirarnos en este espejo, santo y sagrado, y dejar que de aquí brote una fuente, un manantial de amor que ha de ser el motor que nos anime a vivir en la familia un amor fecundo e invite a nuestra sociedad a que la tengan como modelo.

En este día, celebramos la Jornada por la Familia y por la Vida, este año con el Lema: Anunciar el Evangelio de la familia hoy”. Día que está incrustado en un año especialmente dedicado a la familia, en el que celebramos el 5º aniversario de la publicación de la exhortación apostólica Amoris Laetitia, un texto que el papa Francisco dedica a la belleza y la alegría del amor familiar. Se abrió el pasado 19 de marzo y culminará con el Xº Encuentro Mundial de las Familias en Roma con el Santo Padre, el próximo 26 de junio de 2022.

Los hombres necesitamos de la familia, hoy más que nunca. Todos necesitemos contar con ese ambiente de aceptación, confianza y afecto que solamente se encuentra en la familia.

Sin embargo, hoy la familia padece dificultades. Por un lado, nos encontramos que algunos piensan que el amor fiel y permanente que se necesita para que pueda existir una verdadera familia es una traba para la libertad y la felicidad, y esto sin meternos en los distintos tipos de convivencia a los que con “gran facilidad” se les quiere llamar o se les llama “familia”.

Se pone en duda la propia identidad de la familia fundada sobre el matrimonio, unión intima de vida, complemento entre el hombre y la mujer, constituida por el vínculo indisoluble del matrimonio, libremente contraído, públicamente afirmado, que está abierto a la transmisión de la vida.

Cultura relativista que se ha ido gestando a lo largo de décadas y que hace difícil los compromisos estables y la vivencia de la fe.

El valor social e institucional del matrimonio entre hombre y mujer abierto a la vida «ha ido recibiendo golpe tras golpe hasta convertirlo en algo que apenas tiene relieve decisivo en la vida de las personas». Sin embargo, «Una sociedad en la que la familia pierde su significado y deja de ser de facto un pilar fundamental se debilita grandemente».

Pero, también nos encontramos otro tipo de dificultades, tales de tipo económico, laboral o social que dificultan la capacidad de las personas para organizar su vida, y que son también una dificultad para la familia. Muchas parejas jóvenes tienen que retrasar su matrimonio excesivamente porque no tienen un trabajo fijo o porque no encuentran una casa a su alcance; hoy, la mayoría de los matrimonios jóvenes tienen que trabajar los dos para hacer frente a los gastos del mantenimiento de la casa y de los hijos; la crianza de los hijos, que ha sido siempre un gran ejercicio de generosidad y de abnegación, se convierte en una tarea penosa, casi imposible. Y no digamos nada para aquellos matrimonios que no quieran renunciar a las comodidades y atractivos de la vida moderna.

Por lo que hoy, la familia cristiana, como discípulos de Jesucristo, tenemos que reafirmar el maravilloso plan de Dios sobre la familia y, por tanto, la importancia de la familia y nuestro compromiso a favor de ella, por fidelidad a Dios y por servicio al hombre.

Y por ello, estamos llamados a defenderla y a evangelizarla, a hacer resonar el anuncio del Evangelio de la familia, como una de las tareas más importantes de la Iglesia para el servicio al Reino de Dios y para ayudar a la felicidad de los hombres y la prosperidad de nuestra sociedad.

Para que una familia marche bien hacen falta muchas cosas, desde el plano económico hasta el psicológico y moral. Pero sobre todo hacen falta un descubrimiento y una actitud:

El descubrimiento de la dignidad y de la grandeza de la persona, la grandeza de esa o de esas personas con las cuales compartimos inmediatamente la vida. El marido para la mujer, la mujer para el marido, los hijos para los padres y los padres para los hijos han de tener la grandeza y el valor que les da ser hijos de Dios, imagen de la Trinidad, herederos y ciudadanos del Cielo. Esta mentalidad ayuda a respetar, a amar, a perdonar, a convivir intensa y gozosamente.

Y la actitud del amor, de un amor verdadero, ese amor que Jesucristo nos tiene y que se nos ha mostrado esta Navidad y que se nos revela cada día cuando participamos en la Eucaristía, cuando invocamos al Espíritu Santo. Un amor que perdona, que no se cansa, que se renueva cada día, un amor que goza en hacer felices a los demás, que no busca nada para sí, que sabe sacrificarse, un amor que es una verdadera forma de ser y de vivir.

La familia es el lugar del amor, en ella amamos y somos amados, de cerca, tal como somos, de forma concreta y minuciosa, en las horas felices y en las horas difíciles de enfermedad, del sufrimiento, de la vejez.

Una familia así entendida es el clima en el que aprendemos a ser personas, a vivir como seres libres, en la verdad y en el amor. Es el santuario de la vida, la garantía de la auténtica humanidad y felicidad para todos.

Los cristianos tenemos que ser evangelizadores de la familia. Y nuestra primera obligación es que las familias cristianas aparezcan ante el mundo como un argumento viviente a favor de la misma. Por ello, tienen que “ser profecía viviente” del verdadero amor, de la verdadera humanidad, enriquecida de dignidad y de grandeza, y de la verdadera felicidad. Y como profecía aliento y denuncia. Aliento para el bien, denuncia de todos los ideales equivocados que cultivan un amor falso que termina en el sabor amargo de la soledad y la decepción.

Pidamos al Señor, el Amor Encarnado, que se derrame en nuestros corazones y en nuestras familias. De una manera especial pido por las familias jóvenes de nuestra tierra de Jaén. Es en él, en Cristo el Señor, donde deben estar enclavadas las raíces más profundas de la familia. Pues los demás amores, o los demás ingredientes del amor matrimonial y del amor familiar, se pasan y caducan. El amor que viene de Dios y de Cristo se renueva y rejuvenece cada día… El verdadero amor es eterno, no envejece jamás.

+ Sebastián Chico Martínez
Obispo de Jaén

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