El atrio de los gentiles en Jaén: Encuentros para la reflexión y el diálogo entre creyentes e increyentes

27 febrero de 2014
Encuentro entre creyentes e increyentesEl pasado día 20 de Febrero se celebro en el CEP de Jaén el primero de los tres encuentros previstos entre creyentes e increyentes organizados por la Asesoría de Religión Católica del Centro de Profesorado de Jaén.  Benedicto XVI exhortaba a generar espacios que, a imagen del Atrio de los Gentiles  del templo de Jerusalén,  permitiese un auténtico diálogo entre   creyentes e increyentes. Este primer encuentro versó sobre el diálogo fe-ciencia. Aunque el número de plazas ofertadas era de 60 fueron entorno a 70 los docentes que participaron en esta primera sesión. Actuaron como ponentes Ignacio Núñez de Castro, Catedrático emérito de bioquímica y biología molecular de la Universidad de Málaga, uno de los máximos exponentes del diálogo fe- ciencia dentro del ámbito español, y Juan Jesús Cañete Olmedo Vicerrector del Seminario de Jaén y profesor de filosofía en el propio Seminario y en el I.S.C.R. 

 
En el transcurso del encuentro se puso  de manifiesto  tanto la necesidad de este diálogo como los  obstáculos que se presentan fruto de los prejuicios y del desconocimiento mutuo. La ciencia y la religión son dos perspectivas distintas, pero no excluyentes,  desde las que la que abordar la realidad. Al hablar del diálogo entre la ciencia y fe lo primero que había que tener en cuenta era  que las relaciones habían sido muy complejas, por lo tanto había que evitar posturas simplistas y descalificadoras. Las tensiones que se han dado a lo largo de la historia se han debido fundamentalmente a que ambas han trasvasado sus fronteras, confundiendo su objeto y su campo de acción.  Tanto los fundamentalismos religiosos como las ideologías cientificistas cometen el error epistemológico de no demarcar claramente ambas visiones del mundo. De la ciencia no se puede deducir la existencia ni la inexistencia de Dios, esto excede a los límites que le impone su propio método, pero sí podemos argumentar filosóficamente desde los datos que ésta nos ofrece. Tanto el creyente como el increyente deberán decidir desde la inseguridad racional, sabiendo que en esta búsqueda se actúa bajo la presión de emociones profundas. Nietzsche las sacaba a la luz en forma de aforismo cuando decía “si existiera Dios yo quería ser él, luego no quiero que exista Dios”. También existe la postura contraría en michas personas, o sea  el fuerte deseo y anhelo de que exista. Muchas de las emociones negativas tienen su raíz en un anticlericalismo más o menos consciente motivado por las causas más diversas. En la medida de lo posible estas emociones  deben  sacarse a la luz si se quiere establecer un diálogo honesto y fructífero.
 
Finalmente se trató el tema de lo que la ciencia podía decirle a la religión y la religión a la ciencia siguiendo el programa de trabajo que había esbozado Juan Pablo II en su carta a George Coyne :”la ciencia puede librar a la religión de la superstición y el error. La religión puede purificar a la ciencia de la idolatría y los falsos absolutos”.
 
Algo que  quedo muy  claro era que no se trataba de una cuestión baladí pues como nos veamos así nos trataremos. No es lo mismo percibir al ser humano como fruto de las fuerzas ciegas del azar y la necesidad que entenderlo como parte del proyecto de Dios. Quizás estemos solos como decía Monod o quizás deberíamos intentar escuchar una palabra que rompe el silencio eterno e irrumpe en nuestro tiempo y nuestro espacio capacitándonos a responder más allá de las comprobaciones empíricas como decía Rahner. Pero en todo propiciemos el diálogo que nos enriquece mutuamente y que abre nuevos espacios de encuentro, de libertad y de verdad, un diálogo que puede estar orientado por aquella máxima que Platón atribuía a Sócrates: sigamos la argumentación hasta donde quiera que nos lleve.
 
Juan Jesús Cañete Olmedo
 
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