Carta Pastoral para el mes de mayo «Reina del cielo, alégrate»

30 abril de 2024

Queridos fieles diocesanos:

En este tiempo de Pascua, nos regocijamos con María por la resurrección de su Hijo Jesucristo, por la victoria sobre el pecado y la muerte. Como la Iglesia nos enseña, en lugar del Ángelus, en el tiempo de júbilo saludamos a María con la antífona del Regina Coeli: «Reina del Cielo, alégrate, aleluya. Porque el Señor, a quien has llevado en tu seno, ha resucitado según su palabra, aleluya. Ruega al Señor por nosotros, aleluya. Goza y alégrate, Virgen María, aleluya. Porque en verdad ha resucitado el Señor, aleluya». La Madre de Jesús fue testigo de la agonía de su Hijo en la cruz y sintió el profundo dolor de su partida. Sin embargo, también experimentó el gozo indescriptible de su resurrección y su corazón se llenó de esperanza. Al saludar a María con esta oración, expresamos nuestra alegría y gratitud por la obra redentora de Cristo y la participación singular de María en ella.

En mayo, la piedad popular ha sabido captar muy bien el lenguaje de las flores y la alegría pascual. Con razón lo llamamos el mes de las flores, porque los humanos expresamos con flores los sentimiento más finos y profundos de nuestro corazón. En mayo oramos «con flores a María, que madre nuestra es». Cada año veneramos a María Santísima bajo todas aquellas advocaciones que el pueblo cristiano le ha ido atribuyendo, impulsado por el Espíritu Santo y por ese certero instinto teológico, propio de un pueblo que vive la fe cristiana porque en ella descubre el sentido definitivo de nuestra peregrinación en la tierra; reconocemos que, al igual que María, hemos sido llamados a participar en la vida divina de Cristo y a compartir su victoria.

Nuestra Diócesis de Jaén posee una riquísima geografía mariana, al estar jalonada por santuarios y ermitas dedicados a Nuestra Señora. Todos estos lugares, mucho más que un simple lugar de oración, son un recordatorio tangible de la presencia amorosa de María en nuestras vidas, donde los corazones heridos encuentran consuelo, los enfermos encuentran alivio y los pecadores encuentran perdón.

Y es que el pueblo necesita y quiere mirar a una mujer que, siendo no más que una mujer, una hija de nuestra misma estirpe, es para nosotros Madre, Refugio, Consuelo, Estrella, Abogada, Vida, Dulzura y Esperanza nuestra. Contemplar a María, «que brilla ante toda la comunidad de los elegidos como modelo de virtudes» (LG 65), he aquí el programa de nuestro mes de mayo.

Lo que la figura de María significa, lo que nos enseñó sin apenas palabras con su existencia, y su posición ante el Misterio es que la grandeza y la fecundidad de una vida consisten en la apertura de la libertad, en la disponibilidad al designio único e irrepetible que Dios tiene para cada persona, por más incomprensible y sorprendente que este designio pueda parecer. La realización de la existencia humana en plenitud no es fruto sólo del esfuerzo humano sino, principalmente, de la disponibilidad y la obediencia al designio de Dios, frecuentemente incomprensible y doloroso para nosotros.

El Concilio Vaticano II «amonesta a todos los hijos de la Iglesia a que cultiven generosamente el culto… hacia la Bienaventurada Virgen, como también estimen mucho las prácticas y ejercicios de piedad hacia ella recomendados en el curso de los siglos por el Magisterio» (LG 67). Entre estos ejercicios devotos ocupa un lugar especial el mes de mayo, consagrado a María por antigua tradición. Al abrirse mayo, el corazón de los cristianos se vuelve espontáneamente a la Madre del cielo con ansias de vivir más íntimamente en unión con ella y de fortalecer los lazos que lo atan a ella. Qué dulce y confortador es encontrar en nuestro camino espiritual, duro a veces de fatigas y dificultades, la figura delicada de una Madre. Junto a ella todo se hace fácil: el corazón abatido y cansado, el corazón azotado por las tempestades encuentra la esperanza que perdió y reanuda el camino con una fuerza renovada.

Que nuestra Madre, Reina del cielo y causa de nuestra alegría, sea estrella en el caminar de nuestros días y que, a su luz, podamos encontrarnos con Cristo su Hijo, Sol que no conoce ocaso. Que ella os mire siempre con amor de madre, y que nosotros le correspondamos con un corazón y una vida digna de ser llamados, verdaderamente, hijos suyos.

Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.  

+ Sebastián Chico Martínez
Obispo de Jaén

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