Carta de Pascua 2022: «Cristo vive y te quiere vivo»

18 abril de 2022

Muy queridos fieles diocesanos:

“¿A quién buscáis? ¿A Jesús el nazareno, el crucificado? No está aquí, ha resucitado” (Mc 16,6), dijo el ángel a las santas mujeres. Sí, aquel Jesús que fue escarnecido, golpeado y escupido por todos; aquel hombre que, con una corona de espinas en la cabeza y por cetro una caña, fue presentado por Pilato como rey de burla a la multitud; aquel crucificado que, hasta en la hora de su agonía tuvo que escuchar aquella cruel ironía: “Si eres Hijo de Dios baja de la cruz” (Mt 27,40); aquel nazareno que en la hora de su gran tribulación no hace otra cosa sino callar y perdonar; aquel hombre que tiene el poder, después de muerto, para oscurecer el sol y estremecer las mismas entrañas de la tierra; es el mismo hombre que vence para siempre a la muerte.

He aquí la mejor noticia, la más jubilosa, en el más luminoso amanecer de la historia humana: ¡Cristo vive! Con su pasión y muerte nos libró del pecado, y con su resurrección nos ha conseguido la vida eterna.

Vivamos con gozo la mayor de todas las fiestas que tenemos los cristianos, y en torno a la cual gira el año litúrgico. La Iglesia lleva tan en el alma la resurrección de Cristo que no la celebra solo en este tiempo, sino que la rememora cada ocho días, cuando llama a sus hijos a su altar, para celebrar la Pascua cada domingo.

Pascua, fundamento de nuestra fe

La resurrección de Jesús es el acontecimiento culminante y decisivo en el que se funda la fe cristiana, nuestra fe. Como dice san Pablo, “Si Cristo no ha resucitado vana es nuestra fe” (1Co 15,17); su resurrección, su triunfo sobre el mal, el pecado y la muerte es principio de vida nueva para la humanidad y fuente de un gozo inmenso.

Si hemos de tener por verdad la palabra y los milagros de Jesús, con lo que se manifiesta que Él era Hijo de Dios, hemos de tener, necesariamente por verdad, su resurrección, sin la cual su palabra no sería Palabra de Dios ni sus milagros realizados con el poder de Dios. Gracias a la resurrección del Señor, podemos decir con esperanza, y a pesar de todos los males que nos afligen, que el Amor existe, que es real y que tiene un nombre y un rostro: Jesús de Nazaret.

En este tiempo alegre de Pascua se afianza la fe del pueblo creyente, donde podemos pasar de la tibieza o la duda a la firmeza de la fe, como le pasó al apóstol Tomás: “si no lo veo no lo creo”. Jesús se deja tocar y le muestra sus llagas, y Tomás confiesa: “Señor mío y Dios mío” (Jn 20,28). La fe en el resucitado no es una sencilla consecuencia de un razonamiento, sino fruto de un encuentro con Jesús, de donde brota la fe.

Este misterio, que celebramos cada año, quiere introducir en nuestra vida una renovación de la fe y de la esperanza, que desemboca en un amor ardiente capaz de transformarlo todo. “La buena noticia de la resurrección debería transparentarse en nuestro rostro, en nuestro sentimiento y actos, en el modo cómo tratamos a los otros (…) Nosotros anunciamos la resurrección de Cristo cuando su luz ilumina los momentos oscuros de nuestra existencia y podemos compartirla con los otros: cuando sabemos reír con quien ríe, y llorar con quien llora; cuando caminamos junto a quien está triste y está a punto de perder la esperanza, cuando contamos nuestra experiencia de fe a quien está en la búsqueda de sentido y de felicidad” (Papa Francisco, Ángelus 6 de abril 2015).

Pascua, alegre anuncio

Cuando alguien tiene una experiencia profunda no la puede callar, por más que sus palabras no lograrán nunca expresar la intensidad, viveza y grandeza de la experiencia. Con nuestra vida hemos de anunciar la resurrección. En nuestras opciones y nuestra conducta, en nuestra forma de ser y actuar, hemos de mostrar que creemos de verdad que Jesús está vivo y que es posible vivir el mensaje de amor que nos dejó. Entonces, nuestra vida contagiará la alegría de la Pascua, el entusiasmo de quien ha descubierto el mensaje más importante de todos los tiempos: que Jesús el Nazareno, el Crucificado, no está en el sepulcro, sino que vive para siempre.

Celebrar la Pascua es confesar que en la historia y en el mundo ha entrado una fuerza que todo lo renueva y lo transforma. Este es el Espíritu del Resucitado, que vence a cualquier tempestad, que sana toda dolencia, que revive lo caduco, que aniquila la violencia con el don de la paz, que nos hace ser hombres nuevos.

Demos testimonio de lo que nuestros ojos han visto y nuestros oídos han escuchado, sin miedo ni vergüenza. Los discípulos con la fuerza del Espíritu, fueron capaces de recorrer todo el orbe anunciando lo que parecía una locura: que un crucificado había vuelto a la vida y que vivía para siempre; que murió por toda la humanidad por redimirla del pecado, venciendo la muerte y adquiriendo para todos la vida eterna; y que este Hombre era Dios, entregándonos su Amor plenamente.

Quizá, nosotros tenemos demasiados miedos. El ambiente que respiramos no favorece el anuncio de nuestra fe; la cultura en la que vivimos se ha cerrado a la trascendencia y dificulta proclamar la Buena Noticia. Pero también nosotros contamos, como aquellos discípulos, con el soplo y la fuerza del Espíritu de Jesús, que nos hace sentir que está vivo y nos quiere vivos.

Vivos, alegres y caminando juntos; en sinodalidad que es el modo propio de ser Iglesia, de vivir la comunión y de llevar a cabo el mandato misionero. Queremos hacer realidad, en nuestra Diócesis, lo que el documento preparatorio califica como la finalidad del sínodo universal: “hacer que germinen sueños, suscitar profecías y visiones, hacer florecer esperanzas, estimular la confianza, vendar heridas, entretejer relaciones, resucitar una aurora de esperanza, aprender unos de otros, y crear un imaginario positivo que ilumine las mentes, enardezca los corazones, dé fuerza a las manos” (Documento Preparatorio del Sínodo n. 32).

Bajo tu amparo, madre de la Pascua

En este tiempo festivo se nos invita, especialmente, a vivir con María, en las distintas devociones marianas que llenan de flores nuestras ermitas, basílicas y santuarios, a la espera del Espíritu Santo como hicieron los apóstoles: “Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos” (Hch 1,14).

Nosotros no podemos ser cristianos sin ser marianos, porque Cristo ha entrado en nuestra historia por la mediación de María. El Espíritu Santo ha venido sobre la Iglesia y sobre el mundo con la intercesión de María. Y nuestra transformación en Cristo se produce siempre por obra del Espíritu Santo con la ayuda de la Madre. Por tanto, la relación con María no es algo secundario en la vida cristiana, es una necesidad vital. No podemos vivir sin María. Así lo entiende y lo vive el pueblo cristiano, a lo largo de todo el año, y particularmente en este tiempo de alegría pascual.

Son muchas las fiestas y romerías marianas que se celebran en toda nuestra Diócesis, y a las cuales deseo participar en cuanto pueda; pues quiero experimentar la devoción tan grande que esta tierra profesa a la Madre de Dios.

¡La alegría y la paz del Resucitado llenen vuestro corazón! Hago mío el saludo que el Señor daba a sus discípulos: “La Paz esté con vosotros”. Y que esa misma Paz de Dios se extienda a todos los corazones, a todos los hogares y a todas las naciones.

¡Feliz Pascua de Resurrección!

   + Sebastián Chico Martínez
Obispo de Jaén

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