Alocución en la apertura del Año Jubilar Avilista

11 mayo de 2019

Agradezco la invitación que el Sr. Obispo me ha dirigido para presidir la celebración de apertura del Año Jubilar Avilista, en Baeza, con motivo de los 450 años de la muerte del Maestro Ávila. Con mucho gusto he podido venir a esta ciudad que tengo el honor de visitar por segunda vez en los últimos años. La primera vez visité las ciudades de Baeza y Úbeda. Por San Juan de Ávila deseaba desde hacía mucho tiempo conocer Baeza; y, como abulense, quería visitar también la ciudad de Úbeda. Las dos están cerca, y ambas son emblema de esta tierra. Saludo a todos con afecto y gratitud.

En Úbeda murió San Juan de la Cruz el día 14 de diciembre de 1591 con quien está estrechamente vinculada mi vida por diversos motivos. Fontiveros, donde nació San Juan de la Cruz (1542) y mi pueblo (Villanueva del Campillo) ambos de la provincia de Ávila, están a pocos kilómetros de distancia. El año 1567, en Medina del Campo, Diócesis de Valladolid, se encontraron por primera vez fray Juan de Sto. Matía, recientemente ordenado sacerdote el año 1567, estudiante a la sazón en Salamanca, y la madre Teresa de Jesús que le convenció para que cambiara de proyecto de vida: De entrar en la Cartuja,en el Paular,lo encaminó al movimiento de la Reforma que ella estaba llevando a cabo ya la que tanto contribuiría él. Pronto en DurueloJuan de Sto. Matía adoptando el nombre de Juan de la Cruz junto con el P. Antonio de Jesús, iniciaron la vida carmelitana renovada de los frailes del Carmen el 28 de noviembre de 1568, que tantos trabajos y sufrimientos le causaría. En el escudo cardenalicio que elegí aparece la llamada espadaña del Carmen sobre la muralla de Ávila, que formó parte del Convento del Carmen, donde vivió San Juan de la Cruz y desde donde bajaba al Convento de la Encarnación, situado en la parte norte de la ciudad para atender espiritualmente a la comunidad de carmelitas, donde vivió muchos años Santa Teresa.

La cruz para San Juan no sólo fue nombre de religión y signo distintivo de pertenencia por el bautismo a Jesucristo que murió crucificado. Fue marca profunda de su vida de discípulo del Señor; al mismo tiempo fue nombre y existencia personal, designación exterior y sello identificador de vida. Cuando en una experiencia mística le preguntó el Señor qué pedía a cambio de tantos sufrimientos y trabajos, respondió sorprendentemente: “Padecer, Señor, y ser despreciado por ti”.

1.- Úbeda, foco de espiritualidad y centro de formación sacerdotal

La memoria histórica, en nuestro caso de los cuatro siglos y medio de la muerte de San Juan de Ávila, no es una simple mirada al pasado con admiración de una persona, de una ciudad y de unos acontecimientos. No contemplamos con añoranza el pasado para compensarnos de las incertidumbres del presente. Hacemos memoria de San Juan de Ávila en Baeza porque santo y ciudad continúan emitiendo un mensaje para nosotros hoy. Este recuerdo es como lluvia suave que riega nuestro campo humano y espiritual. La jubilar celebración centenaria es un estímulo para ser agradecidos y dignificados todos con esta historia. En la memoria e intercesión de San Juan de Ávila encendemos nuestra lámpara. Su ardor apostólico enardecerá nuestro celo misionero. En la hoguera de su espíritu y de su vida deseamos animar nuestra llama a veces mortecina. Estos lugares hablan y quienes habitaron y habitan sus casas nos alientan también hoy. En este año jubilar de San Juan de Ávila venimos a aprender de él, dóciles a su testimonio personal y a sus obras, una vida evangélica y apostólica. La memoria del justo es bendita y fuente de bendición.

El carisma que San Juan de Ávila recibió del Espíritu Santo y está en la base de su misión se puede resumir en estas palabras: “La promoción espiritual, intelectual y pastoral del clero diocesano o secular. Este fue su carisma. Esta fue su vida” (B. Jiménez Duque, El Maestro Juan de Ávila, Madrid 1988, p. 78). Abundaba en su tiempo la mediocridad; y escaseaba la santidad evangélica y el fervor apostólico; en muchos sacerdotes no se percibía la vocación sacerdotal y era patente su escasa formación.

Cuatro fueron las aportaciones del maestro de Ávila: “a) el testimonio personal de su vida; b) su escuela sacerdotal; c) la fundación de colegios de formación; d) sus escritos espirituales para sacerdotes y sus tratados de reforma en general, pero que principalmente se refieren al estado eclesiástico” (ib. p. 80). Sin celo por la salvación de las personas hay “mucho barato de almas”, dijo el mismo santo.

La “escuela sacerdotal” del Maestro Juan de Ávila fue un espíritu, una orientación, un movimiento; no una institución canónicamente configurada. “Dios le pidió a él y a gran parte de los suyos, solamente eso: ser sacerdotes diocesanos, sin más. Sin aditamentos. A la intemperie del mundo. Con sólo las ayudas generales que la iglesia diocesana puede a su clero proporcionar” (ib. P. 87). En parte por falta de organización la agrupación en cuanto tal se fue debilitando, y poco a poco desvaneciendo. Su carisma fue alentar la vida, no el normar ese aliento.

Juan de Ávila era un hombre universitario; estudió cuatro años Leyes en la Universidad de Salamanca; y cursó en Alcalá estudios eclesiásticos con la intención de recibir la ordenación sacerdotal y marchar a “las Indias” como misionero; aspiración que no pudo realizar porque el arzobispo D. Alonso Manrique le persuadió a que se quedara en Sevilla. Su teología, espiritualidad y estilo misionero tienen una impronta vigorosa de lo que se puede llamar “paulinismo”. En sintonía con San Pablo, el amor de Dios manifestado en Cristo crucificado es como la experiencia fundante de Juan de Ávila, de su vida y de su misión, de su seguimiento radical de Jesús y de su entrega a la misión evangelizadora. El contenido de su predicación es como en San Pablo “Jesucristo y éste crucificado” (1 Cor. 2, 2). <<El celo apostólico se inspira en este mismo amor o caridad de Cristo por las ‘almas’, “por los cuales derramó Jesucristo su sangre”>>. (J. EsquerdaBifet). La carta 58, con toda probabilidad en la cárcel de la Inquisición, atestigua esa intuición originaria (cf. F. I. Díaz Lorite).

Su trayectoria personal recorrida hasta entonces desemboca, podemos decir, en Baeza. “La gran ilusión de Ávila fue el Colegio y la Universidad de Baeza. Su gran ilusión y su gran obra. Su gran preocupación. Y sugloria (ib. p. 119).

Una bula expedida el 14 de marzo de 1538 por el Papa Paulo III autorizó la erección en Baeza de un colegio o escuela con diversos grados. Este colegio es como el germen de la famosa Universidad.

En noviembre de 1542 (justamente el año en que nació San Juan de la Cruz) el mismo Papa Paulo III concedió a la fundación de Baeza la facultad de elegir, usar e interpretar los libros para la formación humanística de los alumnos, y lo más importante “que, no habiendo en dicha ciudad otra universidad de estudio general, pudiesen conferir en el referido colegio los grados de bachilleres, licenciados y doctores en las facultades lícitas que en él se enseñasen”. Nacía por un rescripto de la Penitenciaría jurídicamente la Universidad de Baeza, aunque la realización efectiva, como suele ocurrir, fuera lenta y trabajosa.

Existe, por tanto, en Baeza el colegio de pequeños, el de gramáticos (de segunda enseñanza) y la Universidad. Pero ésta, por decisión de Juan de Ávila, sólo tendría artes y teología, ni leyes, ni cánones, ni medicina. Él quiso hacer de aquella institución universitaria un centro de formación sacerdotal. Baeza fue una universidad viva, con nombre bien merecido. Juan de Ávila quería en ella “formar un clero reformado y reformador que ayudase a la Iglesia”, en las necesidades pastorales de entonces. El famoso historiador alemán H Jedin le dio el título de “Reformador de la Iglesia”. Retirado el año 1554 el Maestro a Montilla, anciano y enfermo, desde allí orienta y sostiene la obra. La erosión, con el paso del tiempo, la limitación de las personas y las disensiones fueron causa de una vida lánguida hasta que desapareció la Universidad definitivamente el año 1824.

 

2.- “Dejándolo todo, lo siguieron”.

               Hay dichos, pronunciados o escritos en un contexto concreto, que salen de ese ámbito y adquieren una significación específica en el lenguaje habitual. De este estilo son “rema mar adentro” (“duc in altum”), “lavarse las manos” como Pilato, “to be ornot to be”de Shakespeare. Las palabras evangélicas que hemos escuchado “rema mar adentro” (Lc. 5, 4) son en su marco histórico y literario una invitación de Jesús a Pedro para que deje la orilla y se interne en el mar para pescar. Sacadas del contexto en que fueron escritas significan dejar la comodidad y acometer el futuro con su oscuridad inherente y con el reto arduo que impregna a la esperanza. Toda persona que quiera vivir a la altura de su responsabilidad yen medio de las situaciones históricas complejas responder a los desafíos planteados debe remar mar adentro, debe afrontar riesgos. No hay duda de que San Juan de Ávila remó mar adentro, se comprometió sin reservas en el servicio del Evangelio, emprendió obras que sólo con un empeño decidido, paciente, esperanzado y humilde se `podían iniciar y sostener. Fue Juan de Ávila una persona que dejó huellas en la historia porque fiado en el Señor soltó amarras y se internó en el mar. “En vida agrupó en su torno una serie de figuras cuya grandeza es sencillamente abrumadora: Teresa de Jesús, Ignacio de Loyola, Francisco de Borja, Juan de Dios, Juan de Ribera, Tomás de Villanueva, Pedro de Alcántara, Francisco Solano, Alonso de Orozco, Luis de Granada…Una constelación de santos semejantes alrededor de un hombre no se había dado nunca en la historia de la espiritualidad cristiana” (B. Jiménez Duque, p.220).

El relato del Evangelio proclamado (Lc. 5, 1-11), nos habla de una noche entera faenando en el mar sin pescar nada; de una intervención de Jesús para que echen nuevamente las redes; de un resultado desbordante; y de una reacción de sorpresa incontenible por parte de los pescadores. Un hecho semejante encontramos en Jn. 21 1-11. Probablemente son dos narraciones de un mismo acontecimiento (cf. Joseph A. Fitzmeyer). Ambos relatos contienen una escena con trasfondo pastoral. No sólo en los trabajos del mar hay noches de brega con resultado infructuoso; también servicios evangelizadores concluyen en muchas ocasiones en fracaso; hay noches estériles, esfuerzos baldíos, esperanzas defraudadas. Los servidores del Evangelio y los ministros de la Iglesia tienen experiencias de cómo personas en las que se había depositado la confianza dan la espalda, huyen y hasta traicionan. “¿También vosotros queréis marcharos?”, pregunta Jesús, a lo que Pedro responde: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna” (cf. Jn. 6, 67-68). Ante el fracaso y la impotencia puede actuar siempre Jesús: “Te basta mi gracia; la fuerza se realiza en la debilidad” (2 Cor. 12, 9). También en los trabajos por el Evangelio acontece el misterio pascual del Señor “muerte de Jesús en el apóstol” y “vida de Jesús en los evangelizados” (cf. 2 Cor. 4, 7-17).

El trabajo evangelizador y pastoral es comprendido en el Evangelio con tres metáforas de sendas profesiones: Pescador, agricultor y pastor. Después de constatar la autoridad de la palabra de Jesús manifestado en la pesca milagrosa, el Maestro dice a Pedro: “No temas, desde ahora serás pescador de hombres” (Lc. 5, 10). El y los otros compañeros dejaron las redes y siguieron a Jesús, aprendiendo a su lado otra forma de ser pescadores. “Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres” (cfr. Mc. 4, 14-20). En la capilla llamada de la “Sucesión apostólica” de la sede de la Conferencia Episcopal Española, el mosaico central del P. Rupnik representa a unos hombres en la barca con la red desplegada y a Jesús de pie en la proa empujando suavemente con una especie de pala a los peces para que entren en la red de los pescadores. El Señor colabora en la faena de los apóstoles de entonces y de hoy a los que ha convertido en pescadores de hombres. Jesús no se queda en la orilla; acompaña a sus amigos en la barca que puede testificar gozos y sufrimientos apostólicos.

“Dejándolo todo lo siguieron” es la conclusión de la perícopa evangélica que hemos escuchado. La persona de Jesús está en el centro; el Evangelio no es una filosofía ni una ética, ni una narración mítica o fabulosa, ni una psicología religiosa. El Evangelio es una persona y un acontecimiento; es Jesucristo, que pasó haciendo el bien, que murió crucificado y que resucitó de entre los muertos. Los que escucharon la predicación de Jesús y vieron el poder de su palabra, son seguidores de Jesús, van en pos de Él y quieren imitarlo. Podemos también decir que los discípulos del maestro Jesús lo escuchan, comparten su estilo de vida, lo acompañan y participarán en su destino. No entran en una escuela de un maestro que abre a quien quiere aprender. Por ser Jesús el centro de su decisión, dejan todo. El Señor merece la entrega sin condiciones. Es una respuesta radical, no porque sea extremista sino porque va a la raíz de la persona. Como en el “Shemá” del Deuteronomio 6, 4-5 (cf. M 12, 29) se debe amar a Dios con todo el corazón, y a la invitación de Jesús se responde dejándolo todo. Totalidad, exclusividad y unicidad son diversas expresiones para identificar la vinculación singular y sin reservas con Jesús de sus seguidores o de sus discípulos. Si pusieran condiciones, si echaran cálculos sobre la conveniencia del seguimiento, no sería una respuesta coherente con el que invita.

En el epitafio del sepulcro de San Juan de Ávila en Montilla (Córdoba) está escrito “Messoreram” (Era un segador). Un excelente conocedor de San Juan de Ávila (J. I. Tellechea, San Juan de Ávila, en: Nuevo Año Cristiano. Mayo, Madrid 2001 p. 157) escribe: “Fue un segador, en el sentido evangélico de la palabra. Y aún me atrevería a decir más propiamente fue un sembrador”. Fue un hombre de la Palabra de Dios impregnada en la Sagrada Escritura y asimilada vitalmente por la oración. La oración era como la fragua en que se enardecía su espíritu.  “Predicador evangélico” lo llama a boca llena su discípulo querido y amigo fray Luis de Granada. Aunque Juan de Ávila sobresalió como predicador, su eclesiología, según afirma Mons. Juan del Río, enlaza armoniosamente las tres realidades Palabra-Sacramento-Ministerio. Acentuemos una perspectiva u otra de esta metáfora tomada de la agricultura, San Juan de Ávila sembró, cultivó y recolectó en el campo del Señor. Escuchemos el Evangelio: Jesús “al ver a las muchedumbres se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas como ovejas sin pastor. Entonces dice a sus discípulos: La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad pues al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies” (Mt. 9, 36-38). La palabra latina “messis” puede significar tanto mies como siega y está emparentada con la palabra “messor”. Uno es el que siembra y otro es el que siega; o de otra manera unos recogen lo que otros sembraron y cultivaron; y otros recogerán lo que sus predecesores sembraron y cultivaron. En todo caso, no basta con sembrar, si Dios en su providencia no otorga vitalidad a la tierra (cf. Mc. 4, 26-29; Sant. 5, 7). Yo he visto a hombres que mientras derramaban el trigo a voleo, iban rezando; confiaban que lo sembrado germinaría, crecería y sería fecundo.

Hay una tercera metáfora, la más frecuente, la del pastor. Es una comparación que tiene una amplia utilización en el Antiguo Testamento (cf. Ez. 34, 1ss.) y se prolonga en el Nuevo. Jesús es el Buen Pastor, a diferencia de los que descuidan el rebaño, no lo apacientan o lo abandonan en el peligro y huyen (cf. Jn. 10, 11 ss. Mt. 15, 24; Lc. 12, 32). En la iconografía cristiana Jesús fue representado como Buen Pastor con la oveja cargada sobre sus hombros (cf. Lc, 15, 5).

Pedro después de la resurrección recibe de Jesús la misión de apacentar sus ovejas (cf. Jn. 21, 16). Porque el rebaño es de Jesús y le es muy querido, a Pedro confía un “officiumamoris” después de haberle profesado un amor sincero y humilde. Pablo se despide de los presbíteros reunidos en Mileto con estas palabras: “Tened cuidado de vosotros y de todo el rebaño sobre el cual el Espíritu Santo os ha puesto como guardianes para pastorear la Iglesia de Dios que Él se adquirió con la sangre de su propio Hijo” (Act. 20, 28). Pedro en su primera carta exhorta a los presbíteros, sus compañeros, y nos exhorta a nosotros hoy: “Pastoread el rebaño de Dios que tengáis a vuestro cargo; mirad por él, no a la fuerza sino de buena gana, como Dios quiere; no por sórdida ganancia, sino con entrega generosa; no como déspotas con quienes os ha tocado en suerte, sino convirtiéndoos en modelos del rebaño” (1 Ped. 5, 2-3).

Las tres metáforas -pescador, agricultor y pastor- son muy elocuentes para recordarnos tanto la gracia de la llamada a colaborar con el Señor en el cuidado de su campo o de su viña y de su rebaño como la fidelidad que debe caracterizar a quien el Señor elige y confía un ministerio tan alto. Es fácil comprender que el pastor presta un servicio precioso, como también el agricultor. Pero, ¿cómo el pescador presta un servicio si captura los peces que morirán? Es verdad el pescador servirá en la mesa de los hombres alimento para su existencia. ¿Cuál es el sentido de ser pescador? La traducción literal sería: “De ahora en adelante cogerás vivos a los hombres”. Y la explicación: “Los hombres serán salvados de la muerte y preservados para la vida al ir siendo recogidos en el Reino de los seguidores” (Fitzmeyer, o.c.p. 485).

Terminamos con unas palabras de la oración colecta de la misa en la memoria litúrgica de S. Juan de Ávila: “Haz, Señor, que también en nuestros días crezca la Iglesia en santidad por el celo ejemplar de sus ministros”. Comenta Mons. Ángel Pérez Pueyo: “Celo significa cuidado, diligencia, esmero. Era el del Maestro de Ávila un celo que quemaba su corazón. Ese celo ocupaba toda su existencia”.

En San Juan de Ávila resalta también la devoción a la Virgen María, que aparece constantemente en sus intervenciones, unas veces de manera explícita y otras implícitamente. ¡Que María nos enseñe a mirar a la persona de Jesús y a todo el recorrido de su existencia! ¡Que su ejemplo e intercesión nos acompañen en el ministerio sacerdotal!

Baeza, 10 de mayo de 2019

 

+ Cardenal Ricardo Blázquez Pérez
Arzobispo Metropolitano de Valladolid
Presidente de la Conferencia Episcopal Española

 

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