VIDA NUEVA: Los sacerdotes jóvenes asumen las tareas pastorales en las Parroquias rurales de Jaén

27 julio de 2009

Reportaje en Vida Nueva

Hay muchos lugares en los que ser cura se convierte en un reto cada vez más difícil, como difícil es el reto del mismo lugar. El sacerdote, metido en la espesura de la sociedad, ha dejado de ser, en muchos sitios, ese paradigma de “poder” con el que lo pinta el sentir popular. Hoy, en un pueblo, ya no forma grupo con el alcalde, el médico, el juez o el boticario. Su grupo de referencia es otro y “su gente” tiene más que ver con el núcleo parroquial que con el social. El Diario de un cura rural, de Bernanos, cambia sustancialmente. Un móvil, un coche y un mayor número de laicos implicados en las tareas son de gran ayuda a los muchos sacerdotes que cada día trabajan en el mundo rural, cuyo perfil en España ha cambiado sustancialmente: soledad en la masa, mucho tiempo en desplazamientos, parroquias que se van despoblando… En la diócesis de Jaén, en donde la población rural es abundante, muchos sacerdotes jóvenes se lanzan cada día a evangelizar “contra los elementos”. Pero junto a la adversidad se constata la gran ilusión en las tareas diarias.

     Antonio José Morillo Torres tiene 27 años y lleva dos de cura. Su primer destino pastoral ha sido Alcalá la Real, en la zona sur de la provincia, caracterizada por la dispersión de los habitantes en más de veinte aldeas. Esta realidad hace que tenga que ejercer su ministerio, como él comenta, “sobre ruedas”; el coche se convierte en un instrumento imprescindible en la pastoral. Antonio José vive en la pedanía de Santa Ana y atiende pastoralmente varios núcleos, que casi siempre han tenido párrocos recién ordenados. Los vecinos de las aldeas próximas conocen bien a su párroco y valoran su entrega. Antonio José destaca, ante todo, la importancia de la vida interior para, día tras día, seguir el ritmo: atender la liturgia, especialmente los fines de semana, cuando se acumulan las misas en todos los núcleos; celebrar los entierros y funerales; visitar a los enfermos en sus casas; seguir la formación de los niños y jóvenes de la catequesis; impulsar las reuniones de los grupos parroquiales y del equipo de Cáritas… “Los curas debemos ser ante todo hombres de Dios”, asegura Morillo.

Instrumentos activos

     Don Antonio, como le llaman sus feligreses, cree que el ministerio sacerdotal siempre –y más en estas aldeas– debe orientarse a Dios y a los hermanos: “No podría entender esta vida sin tomar como punto de referencia mi relación de amistad con el Señor y el servicio a la comunidad, especialmente a los más necesitados”. 
     “Nuestra misión se puede resumir así –añade, por su parte, Juan Pedro Moya Haro–: ser instrumentos activos del amor y la misericordia de Dios, que tenemos que experimentar nosotros en primer lugar para luego comunicarlo a los demás”. Ordenado el pasado año, tiene 29 años, y hoy Juan Pedro es párroco de Santo Tomás Apóstol de Santo Tomé y encargado de varios núcleos en la zona del valle del Guadalquivir. 
     Sus compañeros Juan Peñalver y Manuel Luis Anguita atienden la parte más distante y aislada de la Sierra de Segura: la zona de Santiago de la Espada, que cuenta también con muchas aldeas y que está a 200 kilómetros de Jaén capital.
La otra zona que mayor porcentaje de población diseminada tiene es la comarca de la Sierra de Segura, enclavada en del Parque Natural de Cazorla, Segura y las Villas, cuyos sacerdotes destacan por su juventud. Juan Guerrero Moreno, de 27 años, tiene a su cargo tres localidades que no llegan a los 1.000 habitantes y da clases de Religión en uno de los colegios de sus pueblos. Tras dos años entre estas gentes, destaca de ellos su sencillez, hospitalidad, generosidad y profunda religiosidad. 
     Una excepción a este joven presbiterio es Eduardo Navío Sánchez, el cura de Puente de Génave, de 69 años: “Cuando llego al atardecer de la vida y miro, desde la sencillez, el quehacer sacerdotal a lo largo de mis 43 años de cura, sin lugar a dudas puedo decir que la actividad evangelizadora ha ocupado buena parte de mi vida, esparciendo la semilla en todos los campos”. Don Eduardo es un referente para los curas más jóvenes de la zona, con los que se siente plenamente integrado en el arciprestazgo. “Salí del seminario en 1966 –recuerda–, dispuesto a recorrer la diócesis predicando con la palabra y la vida a Jesús, el Señor, allá donde la Iglesia me enviara. No ha habido obstáculo que apague la ilusión o ralentice el esfuerzo y la dedicación al servicio del Evangelio”. De todos los episodios de su vida sacerdotal, rescata uno: “Los primeros años dediqué buena parte del tiempo a organizar un teleclub, que estaban entonces de moda, donde se mezclaba lo lúdico, lo religioso, lo cultural y lo social”.

En varios ‘frentes’

     A menudo los sacerdotes rurales no sólo tienen que atender pastoralmente varios núcleos, sino que también han de desarrollar otras tareas “en varios frentes abiertos”, como trabajar en delegaciones episcopales o atender clases de Religión en colegios o institutos. En el caso de Manuel Jesús Casado Mena, su sacerdocio se desarrolla entre dos núcleos en la comarca del Condado y el trabajo como capellán del Hospital San Agustín de Linares. Tiene 29 años, fue ordenado hace tres y desde el principio ha vivido su sacerdocio vinculado al mundo de la pastoral de la salud: “La atención a los enfermos –considera– es uno de los campos principales de la misión evangelizadora de los sacerdotes”. En su labor en el hospital ha podido comprobar que “cuando percibimos de cerca la enfermedad y el dolor, la fe en Dios es un auténtico consuelo”. Manuel Jesús, que hace 25 kilómetros para llegar a Linares desde Arquillos, cree que el de la salud es “un ámbito privilegiado para que la Iglesia muestre al mundo el rostro misericordioso de Dios”. 
     En cuanto a las dos poblaciones que atiende, Manuel Jesús asegura estar plenamente integrado, y lo ilustra con una anécdota: acaban de iniciar las obras en el templo del Porrosillo, porque cuando llovía, el agua entraba hasta la sacristía del sencillo templo, y además de costear la reparación con loterías y rifas, el Obispado ha enviado dinero, consciente de las limitaciones de un pueblo que no llega a los 200 habitantes; de momento las misas se están celebrando en unos locales que les han prestado. Manu, como le conocen cariñosamente sus amigos, habla de que lo importante en estos pueblos “es la presencia y la cercanía del cura”. 
     En Arquillos, que es donde reside, la parroquia está más organizada, y junto a la liturgia y las tareas de la catequesis, subraya el funcionamiento del Consejo de Pastoral Parroquial, donde están representados todos los grupos y que “sirve para que los seglares tomen con-ciencia de su pertenencia y misión dentro de la Iglesia”. La casa donde vive tuvo que restaurarse por completo hace unos años, y los fieles de Arquillos colaboran con unas cuotas fijas para hacer frente al préstamo que se solicitó: “La solidaridad se vive en estos pueblos de una manera muy especial ya que, aunque tenemos necesidades en nuestro pueblo, la gente es muy sensible a la colaboración con otras campañas como el Domund o Manos Unidas”, valora el sacerdote.
 
Ante la pérdida incesante de población

     Una característica general en todas las zonas rurales en las que desarrollan su ministerio estos sacerdotes es la pérdida de población, con todo lo que esto conlleva de merma en los servicios educativos, sanitarios y municipales. Las administraciones olvidan a estos pequeños núcleos en favor de los pueblos más grandes. La emigración sigue siendo la única posibilidad para los jóvenes de estas zonas que se plantean unas perspectivas laborales dignas en su vida. Y esto, unido a la crisis económica y a los bajos precios que actualmente tiene el aceite de oliva, principal fuente de riqueza de Jaén, hace que el horizonte del mundo rural esté lleno de incertidumbre. Este panorama supone que la mayoría de personas que quedan en estos pequeños pueblos son de edad avanzada. Y en este medio rural nos encontramos con estos curas, tanto jóvenes como más mayores, que con las alforjas llenas de ilusión y a pesar de la dificultad de su misión en un ambiente cada vez más indiferente, están gastando sus vidas en estas pequeñas poblaciones que también tienen derecho a sentirse Iglesia en medio de una sociedad cada vez más urbana.

Reportaje y fotos de Antonio Garrido de la Torre, publicado en VIDA NUEVA (http://www.vidanueva.es/)

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