Pensar sobre la fe II. La fe como estructura esencial del ser humano

25 marzo de 2021

1.1.La necesidad de pensar sobre la fe.

Nos encontramos en este espacio que damos en llamar el atrio de los gentiles, no es un lugar para dogmáticos sino para personas que buscan y se interpelan. Los hay dogmáticos creyentes e increyentes, ambos aún sin saberlo, pertenecen a la misma familia,  la de aquellos  que se creen poseedores de la verdad absoluta, olvidando que no se posee la verdad sino que se es poseído por ella.  En este artículo quiero reflexionar sobre  ese  fenómeno original del hombre, ese acto fundamental del espíritu que llamamos fe. A pesar de todo su carácter de gracia, de don, la fe es un acto humano total y completo.

Hoy es más necesario que nunca un pensamiento fenomenológico  y filosófico sobre la fe. En épocas de  fuerte presencia religiosa no aflora esta necesidad pues la fe parece iluminarlo todo, hoy día no es así. Parece claro que Peter L. Berger estaba en lo cierto cuando señalaba que las estructuras de verosimilitud habían cambiado en occidente: si en otro tiempo Dios parecía una realidad evidente hoy, en nuestra sociedad secularizada, no lo es. El acto de  fe siempre ha requerido  de una  apuesta, de una confianza  que,  aunque racionalmente justificada,  nos exigía un salto: el salto de la fe. Lo que ha cambiado no es tanto el salto como  su magnitud; a  muchas personas  la fe, utilizando la imagen de Kierkegaard,  les  lleva a nadar sobre un abismo de mil brazas de profundidad.

1.2.La estructura fiducial del ser humano.

Pensar que nuestro universo no es autoconsistente, o sea que  parece exigir  un fundamento fuera de él mismo, o que  la existencia del cosmos y del hombre apuntan a una causa que encajaría bastante bien con lo que normalmente entendemos por Dios no supone un  salto demasiado grande. El salto de la fe va mucho más allá, se trataría de  creer que esa realidad fundante da sentido total a mi existencia y  que en ella nos  va, literalmente,  la Vida. ¿Pero cómo dar en estos tiempos  ese salto? ¿Qué tipo de inteligencia tiene que desplegarse en el hombre? ¿Qué tipo de mirada?

El ser  humano tiene una serie de facultades que le permiten mirar de una manera penetrante la realidad. No solo estamos capacitados para mirar hacia fuera, o sea al mundo, también podemos mirarnos hacia adentro, podemos descubrir ese espacio infinito que podemos llamar alma, interioridad, sí mismo, o como queramos. También podemos mirar  hacia adelante, hacia eso que llamamos futuro, somos seres futurizos. Y, cómo no, también podemos mirar hacia arriba,  hacia lo divino, pues estamos abiertos a la trascendencia, sea lo que sea.

Así pues somos seres constitutivamente abiertos.  A diferencia del animal, que circunscribe su vida al espacio marcado por sus instintos, el hombre siempre está en búsqueda, él se experimenta como proyecto, como tarea a construir y a realizar, de ahí que la esperanza sea una de sus notas características. Nos podemos definir como homo viator (peregrino, caminante), y como todo caminante buscamos señales que nos puedan orientar. En la actualidad son muchas las personas que consideran que solo pueden atender a señales  que puedan verse, tocarse y verificarse; lo que ocurre  es que, si se detienen  y lo piensan un poco,  en casi todas las decisiones importantes de sus vidas  no se han guiado por aquello que veían, calculaban, medían o pesaban. Sus  elecciones y acciones no han estado motivadas por aquello que podían controlar, al contrario se han guiado por sueños, deseos, esperanzas e intuiciones. Ellos no han podido dejar de seguir lo que  podemos definir como  actos de fe y es que el ser humano tiene una estructura fiducial. No debiéramos olvidar que la razón es necesaria para todo pero no es suficiente para nada porque el hombre es un todo en su forma de pensar, de sentir y de actuar; es inteligencia, percepción, sensaciones, emociones, sentimientos, voluntad y, en un  grado elevado, fe.

1.3. La inteligencia espiritual.

En ese ser humano que es un todo donde no hay compartimentos estancos hay una inteligencia connaturalmente ligada a la fe. Parece un hecho, como mostrara Howard Gardner, que  la  inteligencia es múltiple;  lo mismo que podemos hablar de una inteligencia verbal y matemática, podemos hablar de una inteligencia interpersonal e intrapersonal, de inteligencia visual y espacial o de inteligencia artística, del mismo modo podemos hablar  de inteligencia espiritual, esta sería la inteligencia que nos abre a la trascendencia,  es la inteligencia  que nos sensibiliza hacia lo religioso, lo místico, lo trascendental  y que  permite  que nos situemos existencialmente ante cuestiones como el sentido de la vida, el bien o el mal. Al igual que los otros tipos de inteligencia, ésta última puede estar  atorada en muchas personas, pero todos la tenemos y para abrirnos a la fe es necesario  despertarla.

La inteligencia espiritual se asienta sobre las antinomias de la razón geométrica, sobre los escándalos del espíritu, sobre las rupturas de un  universo que no está cerrado sobre sí, en esta inteligencia se  funda la esperanza y la fe.

1.4. La duda y la fe.

Es esa inteligencia espiritual la que nos permite llegar a la mayor lucidez que no es otra que la de dudar de nuestras dudas como decía de Jean Guitton. Algunos pretenden contraponer las dudas y la fe olvidando que  en el océano de la fe se pesca con una red de dudas.No es extraño que en nuestra vida acontezcan circunstancias que lleguemos a experimentar como disclosure situations”, tomando el conocido concepto de Ramsey, situaciones de apertura. Es como si el hielo sobre el que patinamos se rompiese, nos damos cuenta de que el mundo sobre el que caminábamos y nos parecía tan sólido se resquebraja bajo nuestros pies, nos quedamos a oscuras, las dudas nos acorralan. Lo llamativo es que estas dudas no se disipan una a una sino que en un momento determinado  se disuelven en un espasmo de luz. La fe tiene que ver más con ese resplandor que nos postra o nos levanta.

Sabemos que San Pablo nos dijo que la fe entra por el oído, es cierto, pero una vez que nos penetrase asemeja más a sentir, palpar y experimentar que a oír, por eso podemos hablar de un encuentro con lo divino que nos transforma, de una autentica experiencia o de comunión con Dios que nos embarga. De eso se trata la fe, no tanto de creer en Dios sino de  experimentar a Dios, o sea creer que a Dios le importamos. De esta forma las propias dudas   que   pueden surgir en nosotros más que  mutilar la fe,  la van podando. Algunos creen que la persona que duda no es más que un escéptico y no comprenden que  después de todo el creyente no deja de ser un escéptico que confía en Dios. Bruno Forte lo expresaba así: El ateo es un creyente que busca razones para no creer, mientras que el creyente es un ateo que busca razones para creer.

1.5. Del intentar poseer al ser poseídos.

Debemos tener siempre presenta que en la fe hay parte de intuición y parte de  apuesta. Cuando pasamos de la intuición a la apuesta, o sea cuando damos el salto y nos atrevemos a creer descubrimos que  la fe no es una convicción que debemos defender, sino una convicción contra la cual no logramos defendernos. Con que intensidad lo expresaba Carmen Laforet cuando afirmaba  que Dios la había cogido del cabello y que no es que tuviera dificultades para creer, sino que no podía no creer. O sea que esa  duda que siempre puede surgir  se resuelve  no en una convicción que poseemos sino una convicción que nos posee.

Podemos pensar que entonces todo se aclara, que ya tenemos la explicación de todo, ¡pues no!, la dinámica de la fe no es así, la fe no es explicación, sino confianza sentida deque la explicación final existe. La fe te permite profundizar en  la realidad de modo tal que la razón se ve potenciada pudiendo tocar la orla de lo eterno. Pero hemos de comprender que se trata solo de palpar ese Misterio insondable que  sostiene y que dota de significado  a toda la realidad.

Finalmente la fe nos  descubre que  no somos nosotros los que nos elevamos a la altura de lo divino ni llegamos a conquistar ese abismo fundante que llamamos Dios, lo que se nos desvela es que la iniciativa siempre había sido suya, parafraseando a Pascal, si creíamos que lo  buscábamos es porque Él nos había encontrado primero. Después de todo qué razón tiene Gómez Dávila cuando dice que  si creemos en Dios no debemos decir: Creo en Dios; sino: Dios cree en mí.

1.6. En la frontera entre dos mundos.

No hemos hablado de la fe en la que creemos sino de la fe con la que creemos. Como suele  ocurrir con todo lo importante aquí no podemos demostrar nada;  en  nuestra reflexión se entremezcla el pensamiento y testimonio. Pero sí podemos señalar algunas cuestiones que nos parecen claras. La fe nos desvela que el ser humano se encuentra en la frontera de dos mundos, en él convergen  la materia y el espíritu, lo finito y lo infinito, lo creado y el creador. Situado en la frontera descubre  en sí los deseos de perfección, de plenitud, ansía la infinitud aunque se da cuenta de sus límites. Anhela más de lo que puede conseguir, porque sus deseos son más grandes que sus verdaderas potencialidades.  Prepara, proyecta, anticipa el futuro, pero el futuro le es desconocido y le parece limitado por la muerte. ¿Qué nos espera más allá del umbral de la muerte? La   fe  es  la respuesta del hombre ante la experiencia interior de la existencia de algo superior a él, que le provoca sentimientos y le induce a determinadas conductas.

El hombre en sus creencias no solo depende de una convicción racional sino de una decisión vital. Puede querer o no querer aceptar la existencia de Dios. El hombre puede pensar que la realidad, la vida humana o la historia ofrecen sentido por sí solas y que nada más le hace falta. Ahora bien, el que se abre a la fe  escalará otras cumbres  y declarará insuficiente esa forma de existencia, proclamará la belleza, plenitud y vida que se ven desde la cima a la que él ha ascendido. Más aún si se atreve  a ascender por las laderas del cristianismo descubrirá que Dios antes que nada es Misterio de amor personal. Del mismo modo descubrirá que no hay contradicción entre la fe y la razón porque lo que el  cristianismo desvela brota de las entrañas del ser humano y se verifica en la experiencia humana, o sea que  lo que se siente, se experimenta, se espera, y se anhela como ser humano, encuentra satisfacción en lo que ofrece Cristo.

Ascender la ladera de la fe, como todas las decisiones importantes en la vida,  implica dar un salto y asumir un riesgo.  Después de todo cada uno  puede decir Sí asciendo o  decir No lo hago, pero, aunque solo fuera como apuesta,  no deja de ser un bello modo de vivir.

Juan Jesús Cañete Olmedo
Sacerdote diocesano y Profesor de Filosofía

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