Homilía de la Misa Funeral por los Obispos y Sacerdotes difuntos de la Diócesis

Saludos…

1. Todos los sacerdotes de una diócesis estamos unidos por una infinita fraternidad sacramental, gracias a nuestra común consagración y misión. El presbiterio diocesano es una manifestación de esa fraternidad sacramental y expresión concreta de la familia sacerdotal de una diócesis.
Esta fraternidad no se rompe ni se destruye con la muerte, sino que entra en una fase nueva. Por ello, ningún sacerdote puede ser ajeno al amor y ayuda de los demás sacerdotes mientras vive, sobre todo en sus enfermedades y momentos difíciles, pero también después de haber terminado el curso de nuestra peregrinación por este mundo.
Es lógico, por tanto, que de forma especial en este mes de noviembre, después de haber encomendado a todos los fieles difuntos, nos reunamos hoy para rezar por todos los sacerdotes, obispos y presbíteros seculares y religiosos, que desgranaron su vida a favor de los fieles de esta Iglesia del Santo Reino de Jaén. Lo hacemos de un modo especial, como en años anteriores, por los que llamó Dios de forma definitiva en este último año, y lo hacemos con la celebración eucarística, porque con palabras del Concilio Vaticano II, “al celebrar el sacrificio eucarístico nos unimos de modo más eminente al culto de la Iglesia celestial en una misma comunión” (LG 50).
Nunca, por tanto, expresamos con más nitidez y radicalidad nuestra comunión con nuestros hermanos sacerdotes difuntos que cuando celebramos el santo sacrificio con ellos y por ellos. Porque ningún otro momento manifiesta de modo más claro que ellos y nosotros participamos del sacerdocio de Cristo y co-ofrecemos el único sacrificio de Cristo. Como dice también el Concilio Vaticano II, de actualidad en sus enseñanzas, “en la liturgia terrena pregustamos y tomamos parte de la liturgia celestial que se celebra en la santa ciudad de Jerusalén, hacia la cual nos dirigimos como peregrinos y donde Cristo está sentado a la derecha de Dios, como ministro del santuario y del tabernáculo verdadero”. ¡Qué gran y alto misterio es el que Dios ha puesto en nuestras manos como ministros de Jesucristo sacerdote!

2. Como Obispo y como sacerdotes, tenemos el gratísimo deber, al igual que las familias cristianas, de recordar y ofrecer sufragios y oraciones por sus familiares difuntos, de recordar y ofrecer ésta y otras eucaristías por nuestros pastores que nos precedieron en la grey de la familia del presbiterio.
Por otra parte, todos tenemos, asimismo, un deber de justicia y caridad que cumplir. En el itinerario de nuestra vocación personal hay sacerdotes de los que Dios se sirvió para despertarla y acompañarla, de modo que un día la Iglesia pudiera confirmarla oficialmente y habilitarla para recibir y ejercer el ministerio sacerdotal. En este listado posiblemente entren ya el párroco, o párrocos de nuestra parroquia, superiores y formadores del Seminario y de otros centros centros de estudios, el obispo consagrante, otros obispos de la Diócesis. Sintamos el gozo de unirnos a todos ellos por nuestra oración, con un corazón agradecido, especialmente por cuantos nos perdonaron los pecados y nos orientaron en momentos de duda o desconcierto.
Así lo hacían los primeros cristianos. Las inscripciones sepulcrales de las catacumbas con frecuencia solicitan oraciones por los difuntos allí enterrados. La Iglesia no ha dejado en todo tiempo de ofrecer oraciones y, sobre todo, el santo sacrificio de la Misa, por los difuntos.

3. Queridos hermanos. Esta celebración no sólo expresa y refuerza, como he dicho, nuestra fraternidad sacramental con nuestros hermanos difuntos, sino que nos proporciona también la ocasión para reflexionar y caer en la cuenta, una vez más, sobre el sentido de nuestra peregrinación en este mundo.
Ellos nos recuerdan que nos tenemos aquí ciudad permanente, sino que caminamos hacia la vida eterna con el Señor. Si somos consecuentes con esta fe, no tiene sentido aferrarnos a las cosas de este mundo. Al contrario, el sentido de brevedad de nuestra vida, ha de impulsarnos a la generosidad de nuestra entrega, a tener siempre preparadas nuestras cosas, en sentido sacerdotal, a pedir sufragios de Misas en nuestros testamentos y un eclesial destino de los bienes que el ejercicio de nuestro ministerio ha puesto en nuestras manos, para que nuestro paso por la vida deje frutos cristianos.

4. Recordando a estos hermanos nuestros que ya se encuentran seguramente ante la presencia de Dios, entendemos mejor que lo único que realmente merece la pena es ser buenas personas, humildes servidores del Señor misericordioso, ante el pueblo de Dios y ante las comunidades de fieles que su Iglesia nos confía.
Que el Señor nos ayude para ello en todo momento y la que es nuestra Madre del cielo, María Santísima. Que así sea.

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