Homilía de la Misa del Jubileo de los Arciprestazgos de la Virgen de la Capilla y Ntra. Sra. del Valle de la Cuidad de Jaén

Saludos…

1. En medio de la alegría pascual que celebramos los cristianos durante estos cincuenta días, han querido acudir a este primer templo diocesano esta numerosa representación de las Parroquias de la Ciudad de Jaén, para alcanzar la indulgencia especial de este jubileo extraordinario de la misericordia.

Bienvenidos todos. Mi saludo al Ilmo. Señor Vicario General de la Diócesis y Deán de la Catedral, Sres. Arciprestes, Párrocos, sacerdotes y religiosos de la Ciudad de Jaén, personas consagradas, Rector del Seminario, seminaristas, representaciones, autoridades y coro que nos acompaña en esta hermosa celebración.

2. Saben todos que el Papa Francisco convocó este Año Santo extraordinario, con motivo del 50 aniversario de la Clausura del Concilio Vaticano II, por sentir la necesidad de mantener vivo un acontecimiento tan trascendental para la Iglesia de nuestro tiempo.

San Juan XXIII, el Papa que convocó este Concilio dijo que lo que la Iglesia quería es “usar la medicina de la misericordia y no empuñar las armas de la severidad”. Horizonte que retomó el beato Pablo VI, expresando en su clausura que:”Toda su riqueza doctrinal se vuelca en una sola dirección: servir al hombre en todas sus condiciones, en todas sus debilidades, en todas sus necesidades”. San Juan Pablo II no sólo siguió esta misma línea de renovación de la Iglesia en esta dirección, sino que como verdadero gesto profético dedicó la segunda encíclica de su pontificado a la Misericordia (Dives in misericordia = Rico en misericordia) e instauró la Fiesta de la Divina Misericordia que celebramos el pasado domingo, segundo de Pascua.

El que el Papa Francisco, con ocasión del cincuenta aniversario de la clausura del Concilio Vaticano II, haya convocado este año jubilar, de forma extraordinaria, dedicándolo a la Misericordia, guarda, por ello, una relación directa con las líneas marcadas por este Concilio y los pontificados anteriores. Bien podemos decir que es la voz del Espíritu Santo la que nos urge en estos momentos de nuestra historia eclesial a que abramos nuestros corazones a la misericordia de Dios, y ofrecer esa misericordia a quienes nos rodean, ante tanta miseria que encontramos cerca y lejos de nosotros.

3. Este Año Jubilar debe ayudarnos a salir de nosotros y de nuestros fáciles refugios personales, para encontrarnos con tantos hermanos malheridos a lo largo y ancho de los caminos de la vida, que necesitan el amor compasivo y comprensivo de samaritanos que nos acerquemos para curar sus heridas de cuerpo y de alma con amor y ternura. En realidad somos nosotros quienes debemos acercarnos a ellos con obras de misericordia, abrirnos a sus necesidades espirituales y corporales, ofrecerles el bálsamo del perdón y nuestra ayuda generosa y gratuita llena de amor.

No es proporcionarles únicamente una bolsa de alimentos o responder de sus deudas, es pasar por sus casas, conocer la situación de sus niños, personas mayores y enfermos, a veces muy solos. No es esperar a que vengan a un despacho parroquial, ¡demasiado cómodo!, sino ir a buscarles, a escucharles, y al menos, para acompañarles.

Éste es el camino que el Espíritu está trazando a su Iglesia desde la celebración del Concilio Vaticano II y que, poco a poco, vamos descubriendo con la ayuda de la voz y enseñanzas de los últimos Papas.

No se trata de cuatro ceremonias más o menos vistosas, sino de una verdadera conversión, comenzando por nosotros los sacerdotes y por todos los agentes de pastoral. No lo digo yo, lo dice el Santo Padre en la Bula Misericordiae vultus: “Es determinante para la Iglesia y la credibilidad de su anuncio que viva y testimonie en primera persona la misericordia. Su lenguaje y sus gestos deben transmitir misericordia para penetrar en el corazón de las personas y motivarlas a reencontrar el camino de vuelta al Padre” (n. 12).

4. El pasaje evangélico de hoy (Jn 21, 1-19) es un relato entrañable y luminoso de este tiempo de Pascua. Los relatos de las apariciones de Jesús resucitado no son, sin más una información de acontecimientos históricos del pasado. Si sólo fueran eso, apenas tendrían interés. Podemos decir que la memoria de aquellas apariciones de entonces se hace realidad viva aquí y ahora entre nosotros. En eso consiste precisamente la novedad de las celebración cristiana de la Pascua.

Tras el fracaso de Jesús en la cruz, un grupo de discípulos vuelven desolados a su oficio de pescadores en el lago de Tiberíades. Tratan así de olvidar. Pasan la noche bregando y no pescaron nada. Un verdadero fracaso. Pero al volver a tierra se encontraron con la sorpresa más inesperada.

Un desconocido les dice, desde la orilla, que echen nuevamente las redes. Él éxito entonces fue extraordinario. Fue Juan quien distinguió primero en aquella persona al Señor. Lo mismo ocurrió en la mañana de Pascua. Juan, aquel día, al ver el sepulcro vacío ya creyó en la Resurrección.

Sin embargo, los caminos de Dios no son nuestros caminos. Eligió a Pedro como máximo responsable de su Iglesia, a pesar de sus negaciones y falta de fe. La misericordia de Dios rompe todos los moldes humanos.

5. A este encuentro siguió un almuerzo con sus discípulos en la orilla del lago. Muchas veces habían compartido la mesa con Jesús, pero esta vez era distinto. Recordaron y revivieron con emoción el clima de la última cena en la que Jesús partió el pan y les dijo: Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía” (Lc 22,15).

Así celebró aquel pequeño grupo de pescadores el triunfo de la resurrección del Señor. Vestidos con el atuendo de faena y sentados seguramente sobre la arena. Pero desde aquel momento empezó a cambiar radicalmente su forma de vida.

6. También nosotros celebramos la resurrección del Señor, con la Eucaristía, el mejor momento para encontrarnos realmente con la presencia de Jesús vivo, resucitado.

Él nos invita a echar la red en su nombre, a su derecha, o lo que es lo mismo a abrir nuestras vidas a lo que el Señor espera de cada uno de nosotros. Le conoceremos al Señor, hemos escuchado al apóstol Juan, en el libro del Apocalipsis (Ap 5, 11-14) “si cumplimos sus mandamientos”. Siempre podemos empezar, nos dice también, porque ”tenemos un abogado ante el Padre, Jesucristo el Justo”, víctima de propiciación para nuestros pecados, gracias a su pasión y resurrección.

7. Voy a terminar. Cuando el apóstol Pedro (Hch 5, 27-32; 40-41) se dirige al pueblo judío, como hemos escuchado en la primera lectura, le recuerda el hecho deplorable de haber pedido la condena de Jesús en la Cruz. “Vosotros rechazasteis al santo e inocente”. “Disteis muerte al Príncipe de la vida”, pero al tiempo les muestra la misericordia divina diciendo: “Sé que vosotros y vuestros jefes lo hicisteis por ignorancia”. No sabían lo que hacían, como dijo el mismo Jesús en la cruz. Denuncia y echa en cara su pecado, pero trata de salvar al pecador. Así lo hacía Jesús. Este es el camino que también hemos de seguir también nosotros.

8. Queridos fieles todos:

Que esta Eucaristía y la Palabra de Dios nos reconforten en el seguimiento de Jesús Resucitado y su Evangelio, en nuestro itinerario de peregrinos.

Pedimos al Señor un corazón misericordioso, como el suyo, para hacer el bien que esté al alcance de nuestras manos.

Oremos con fe y pidamos por el Obispo electo de esta Iglesia de Jaén, D. Amadeo, para que el Buen Pastor le lleve siempre de su mano y conduzca sus pasos por los caminos de una nueva evangelización, desde la misericordia y el amor cristianos.

Que la Santísima Virgen, Nuestra Madre, interceda por él ante el Señor, y por todos nosotros.

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