Dios y el silencio III. Los grandes depósitos de silencio

18 marzo de 2022

El hombre debe  buscar el silencio para encontrase consigo mismo y con Dios. Solo el ser  que tiene contacto con la vida del espíritu es capaz de escuchar y amar el silencio, para eso necesita una preparación espiritual. Esa preparación permitirá percibir lo eterno  en lo temporal, lo absoluto en las cosas, lo infinito en lo finito, lo invisible en lo visible,  así es como vamos descubriendo la presencia de lo sagrado en las cosas.  Sin embargo,  es un hecho innegable que esto es imposible  sin hacer y percibir el silencio.

El lenguaje solo puede ocuparse significativamente de un segmento de la realidad pues la mayor parte es silencio[1]. Para oír debemos callar y contemplar esos territorios que solo son inteligibles desde el silencio, territorios que son inmensos depósitos de silencio como indica Max Picard[2]. Se trata de los espacios que hacen manifiesta la presencia del ser ofreciendo mensajes para el hombre atento. En esos espacios lo divino se oculta y se revela, o mejor velándose se desvela. Por eso podemos catalogarlos de hierofánicos, o sea  lugares  donde se manifiesta lo sagrado. Determinados objetos y lugares pueden convertirse en mediaciones de lo divino al permitirnos transcender la esfera de lo finito. Los signos de esa presencia sacra no son evidentes sino intuitivos, más aún nos invitan a un ver y escuchar contemplativos que permiten aquietar nuestros  pensamientos llenos de ruidos. Por medio de ellos percibimos la existencia pura del mundo al romperse el espejismo moderno que piensa la realidad como objeto de simple explicación y potencial dominio, quedando ciego a la profundidad metafísica y mística del universo.

Recorramos pues algunos de esos territorios que en su silencio permiten que nos conectemos con nosotros mismos y con lo divino que nos circunda, espacios que son el contrapeso de un mundo derrotado por la utilidad, la inmediatez y la palabra vacía.

Fijémonos en los silencios que impregnan los muros de ciertas casas, el silencio de las habitaciones, como el de la habitación de los padres o el silencio de los espacios sagrados. Pasillos, claustros, ermitas, iglesias, catedrales donde el  silencio está incrustado en la materia. Estoy seguro de que todos podemos hacer memoria de ciertos espacios donde el propio aire nos parecía condensado de silencio. Miremos ahora el silencio de esas ruinas, vestigios del pasado que al contemplarlas nos despiertan misteriosamente el alma. El silencio de las ruinas nos sumerge en el tiempo ya ido, en la finitud y contingencia de todo lo que nos rodea, en el hombre que sueña ser un Dios cuando es poco más que un mendigo parafraseando a Hörderlin. Y qué decir del silencio de los cementerios donde la contemplación nos pone ante una opción inexorable o la cruda nada o la apertura a la esperanza.

Pasemos al silencio de los objetos, de esas cosas que son como un lenguaje mudo para el alma. El fondo de las cosas va más allá de las palabras que las designan. Cuando un objeto nos habla, expresa su naturaleza en el discurso silencioso, confidencial, solo perceptible por el interlocutor. Hay ciertos objetos que nos hablan de las historias que se resisten al olvido, o de historias ocultas, de luces y sombras, de caminos recorridos o por recorrer, muchas de ellas llegan a ser como sacramentos de la vida para nosotros. Todos tenemos esa experiencia del silencio materializado y locuaz de  cosas que callando hablan.

Contemplemos ahora  la naturaleza. Todas las cosas de la naturaleza están llenas de silencio dice Picard[3]El silencio se proyecta  de estación en estación, de roca en roca, de árbol en árbol, el silencio nos habla del comienzo del mundo. Recordemos esos paseos por el bosque donde el silencio nos permite escuchar una infinidad de sonidos leves que nos hablan de la vida. Al darnos acceso al ignoto mundo de los ruidos infinitamente leves, nos incita a la interpretación espiritual donde el vacío se desvanece en el silencio. Donde el sonido de la brisa en la copa de los árboles, el crujir de las hojas secas o el canto de los pájaros, no hacen sino acrecentar la falta de rumores reinante. En el silencio se nos desvela la pequeñez al contemplar las altas cumbres y los frondosos valles. Silencio que, al fluir hacia el aire, nos eleva en vuelos internos mientras que abajo crecen las plantas calladamente. Tampoco podemos dejar de hablar del desierto como lugar de silencio, aquel en el que desde los profetas a los padres del desierto buscaron a Dios. El desierto siempre fue un espacio privilegiado donde tras el vaciamiento del yo podía experimentarse la presencia inefable que procedía del cielo y que, en el silencio, se hacía audible como el eco del totalmente Otro. Podríamos seguir hablando del silencio refulgente de los cielos que anonadaba a Pascal, el de la noche, que le hacía preguntarse a Víctor Hugo por los secretos del silencio, o el procedente del mar o el  que poseen los abismos. Todo esto convierte a la naturaleza en un inmenso altar de culto.

Hemos visto pues el silencio de las cosas que comunica al alma un equilibrio que permite  trascender la mera lógica, invitándonos a entrar en el camino de lo incomunicable. Éste se nos presenta no como ausencia sino como aquél que nos  conecta con lo más originario  permitiendo experimentar el Misterio. Con el Misterio que nos envuelve  y nos penetra. El Misterio  en el que somos, nos movemos y existimos. El  silencio de estos espacios  permite que nos elevemos a nuevos horizontes de sentir y de pensar, donde lo  visiblenos conecta con la realidad invisible, la otra cara de la realidad. El hombre actual suele identificar la presencia visible con lo real, olvidando así lo que no se ve, lo originario, lo auténtico, la verdadera existencia, olvidando como dijera H. David Thoureau[4]que el alma humana es un arpa silenciosa en la orquesta de Dios. Estos grandes depósitos de silencio permiten que, al acallarse nuestro yo, podamos escuchar esa música tenue que emerge de lo más profundo de nuestro ser.

Juan Jesús Cañete Olmedo
Sacerdote diocesano y Profesor de Filosofía

 

[1] G. Steiner, Ensayos sobre el lenguaje, la literatura y lo inhumano, Gedisa, Barcelona p.38.

[2]M. Picard, El mundo del silencio, Monte Ávila Editores, Caracas 1971.

[3] M. Picard p. 84, 87, 106.

[4]Citado por  A.Corbin, Historia del silencio. Del Renacimiento a nuestros días, Acantilado, Barcelona 2019 p. 25.

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