Homilías de los Domingos 7 y 14 de noviembre de 2010

     Don Manuel Carmona, Delegado Episcopal de Liturgia, nos presenta las reflexiones correspondientes a las lecturas de los domingos 7 y 14 de noviembre de 2010 (Domingos XXXII y XXXIII del Tiempo Ordinario).

DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO –  CICLO C (7 de noviembre de 2010)
No es Dios de muertos, sino de vivos

DOMINGO XXXIII DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO C (14 de noviembre de 2010)
Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras alma  



DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO –  CICLO C (7 de noviembre de 2010)

No es Dios de muertos, sino de vivos

La primera Lectura nos presenta el testimonio valiente de aquellos hermanos Macabeos, que morían a manos del tirano. Su fe firme en la resurrección les hacía fuertes ante el martirio. Resistían el tormento, por su confianza inquebrantable en que Dios, creador y fuente de la vida, se la devolvería para siempre. Y así, aquellos jóvenes eran capaces de responder al rey que los condenaba: «Tú, malvado, nos arrancas la vida presente; pero, cuando hayamos muerto por cumplir su ley, el rey del universo nos resucitará para la vida eterna». Lo mismo confesaba el que, ofreciendo sus manos al verdugo, le decía: «de Dios las recibí, y por sus leyes las desprecio; espero recobrarlas de nuevo del mismo Dios». O aquél otro de los hermanos que, a punto ya de morir, le advertía al que abusaba de su poder terreno: «Vale la pena morir a manos de los hombres, cuando se espera que Dios mismo nos resucitará. Tú, en cambio, no resucitarás para la vida». Esta convicción, en la que se mantuvieron aquellos hermanos hasta el final, encuentra su despliegue en la exclamación que hoy cantamos con el salmista: «Al despertar me saciaré de tu presencia». También Jesús quiere insistirnos en esta convicción, apoyándola no sólo en el poder creador de Dios, sino en la fidelidad a sus designios también…
Como hoy nos narra el Evangelio, aquel día se le acercaron a Jesús unos saduceos. Grupo este religioso que no creía en la resurrección de los cuerpos. Y así, le proponen a Jesús un caso ridículo para que lo resuelva. Según la ley del levirato, la viuda sin hijos debía ser tomada como esposa por otro hermano del difunto para darle descendencia. ¿Una que enviude varias veces con sucesivos hermanos, por no dejar hijos, de quién será mujer, si los muertos resucitan? La respuesta de Jesús es grave y contundente. Hay cosas con las que no se puede bromear. Cosas tan importantes como la vida, que de Dios es don; y la muerte, que no puede anular el poder de Dios. No se puede ridiculizar a Dios, aplicándole sin más los esquemas transitorios de la vida presente. Y, por eso, Jesús les contestó: «En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección». No, la vida de los resucitados no vendrá ya por generación carnal, sino que a ella seremos engendrados por el mismo Dios; no será una simple vuelta a otra vida como la que aquí tuvimos, sino esa participación en la vida misma de Dios por la que seremos en plenitud sus hijos.
Admitir que la historia de un hombre termina con su muerte equivale a negar la existencia misma de Dios: ese Dios vivo que se ha manifestado en la historia de la humanidad, precisamente, como el Señor de la vida. Por eso Jesús termina advirtiendo a aquellos saduceos que creían en Moisés, pero no en la resurrección: «Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor “Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob”. No es Dios de muertos, sino de vivos; porque para Él todos están vivos».
Al igual que aquellos saduceos, muchos hombres y mujeres de hoy se muestran escépticos, cuando se habla de la resurrección de los muertos. No se imaginan una vida en plenitud, más allá de la presente. Y, cuando falta esta convicción, el hombre corre el peligro de gastar su vida en satisfacer todas sus apetencias y deseos; cae en la tentación de arremeter contra todo obstáculo que se oponga a sus ambiciones; se arriesga a la desesperación, cuando llegue la enfermedad o las fuerzas se debiliten; pierde el significado definitivo que tiene su existencia en la vida y en la muerte; deserta de su vocación a la plenitud, malgastando sus días en lo que no tiene futuro. Jesús responde hoy a los saduceos con una confesión en el Dios viviente: un Dios que no dura para el hombre el espacio breve y fugaz de su vida terrena; sino que se muestra como Dios de todos los que viven ya para siempre en su presencia. Ese Dios que resucitó a Jesús, para que «todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16).


DOMINGO XXXIII DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO C (14 de noviembre de 2010)

 

Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas

En la primera Lectura escuchamos cómo anunciaba Dios su intervención en el día final de la historia, por boca del profeta Malaquías, con imágenes llenas de fuerza y misterio: «Mirad que llega el día, ardiente como un horno: malvados y perversos serán la paja, y los quemaré el día que ha de venir y no quedará de ellos ni rama ni raíz. Pero a los que honran mi nombre los iluminará un sol de justicia que lleva la salud en las alas». Sí, Dios instaurará ya para siempre su reino de justicia y de paz en un mundo totalmente renovado. Un sol de justicia alegrará, entonces, a los que con su vida construyeron un mundo según Dios; mientras que un fuego devorador destruirá a los que lo quisieron impedir. La llegada definitiva del Señor es, pues, motivo de alegría para los que desean que cambie la situación. Su esperanza es sostenida hoy por el salmista que exclama: «El Señor llega para regir los pueblos con rectitud».
También Jesús en el Evangelio nos anuncia el final, para fortalecer nuestra perseverancia. A la vista del templo, «algunos de los que iban con Él ponderaban su belleza, por la calidad de la piedra y los exvotos». Jesús percibe la confianza popular en aquel lugar santo, que todos habían contribuido a engrandecer con sus ofrendas. El templo era el orgullo de Israel y el signo visible de su unidad. Su presencia les daba seguridad. Y Jesús, entonces, les echa como un jarro de agua fría, anunciándoles: «Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido». Algunos interpretan que se está refiriendo, sin duda, al fin del mundo. Y, por eso, le preguntan: «Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está por suceder?». Jesús les aclara, enseguida, que una cosa será la destrucción de Jerusalén y su templo, que no tardará en llegar, y otra cosa el final de la historia con la llegada del Reino. Y es ahora cuando, dirigiéndose ya a sus discípulos, nos advierte sobre lo que de verdad nos ha de preocupar. Lo que inte¬resa no es cómo y cuándo será el fin, que de todas formas llegará. Lo importante es cómo hemos de perseverar sus discípulos en el tiempo que media entre aquella Jerusalén destruida y el día final de la historia. Jesús nos anuncia guerras, persecuciones y oposición, porque nos tocará siempre el mismo destino que a Él. Pero nos promete su presencia constante y eficaz, para no desfallecer. Y, así, nos anima a discernir en los signos de los tiempos, sin dejarnos engañar por otras promesas extrañas a su Evangelio.
El Concilio Vaticano II nos hablaba de esta postura que ha de mantener la Iglesia en medio de la historia y hasta el final: «La Iglesia a la que todos hemos sido llamados en Cristo Jesús y en la cual, por la gracia de Dios, conseguimos la santidad, no será llevada a su plena perfección sino “cuando llegue el tiempo de la restauración de todas las cosas” (Hch 3,21)… Esta restauración prometida que esperamos, ya comenzó en Cristo y es impulsada con la venida del Espíritu Santo; y continúa en la Iglesia, en la cual por la fe somos instruidos también acerca del sentido de nuestra vida temporal, en tanto que con la esperanza de los bienes futuros llevamos a cabo la obra que el Padre nos ha confiado en el mundo y labramos nuestra salvación… Y mientras no haya nuevos cielos y nueva tierra, en los que tenga su morada la santidad, la Iglesia peregrinante –en sus sacramentos e instituciones, que pertenecen a este tiempo–, lleva consigo la imagen de este mundo que pasa… en espera de la manifestación de los hijos de Dios» (LG 48).
Ya en tiempos de san Pablo algunos cristianos de Tesalónica vivían ociosos, con la excusa de la llegada inminente del Señor. El apóstol reprende su actitud y nos anima a prepararnos para el día del Señor, justo con el trabajo de cada día. Lo escuchamos hoy en la segunda Lectura: «El que no trabaje, que no coma. Porque nos hemos enterado de que algunos viven sin trabajar, muy ocupados en no hacer nada. Pues a ésos les mandamos y recomendamos por el Señor Jesús, que trabajen con tranquilidad para ganarse el pan».

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