Pensadoras cristianas del siglo XX-XXI. Simone Weil. En el umbral de la Iglesia II

27 noviembre de 2024

“Yo no soy católica, aunque nada católico, nada cristiano me haya parecido nunca ajeno” (A la espera de Dios).

La filosofía supone una cierta manera de concebir el mundo y a los hombres, esto implica una cierta manera de sentir y una cierta manera de actuar. La filosofía debe llevarte al compromiso. El auténtico pensador, piensa Simone Weil, no puede permanecer indiferente ante la opresión social, la barbarie y la idolatría social. Esto explica su profunda reflexión sobre la condición humana y su vocación por unir su vida con la desdicha de los otros a través de su compromiso. La vocación hacia progreso moral y el compromiso tienen su origen en el deseo natural de verdad y bien inscrito en todo hombre. De modo implícito, lo sepa o no, el que vive por y para el otro está respondiendo al amor de Dios que es la Verdad, el Bien y la Belleza absoluta.

Weil creía que Dios creó en un acto de autolimitación. Dios como plenitud total, es un ser perfecto; una criatura sólo puede existir donde Dios no está. Por tanto, la creación tuvo lugar sólo cuando Dios se retiró parcialmente. “Dios sólo puede estar presente en la creación en forma de ausencia”. De hecho el mal y su consecuencia, la desgracia, nos conducen hacia Dios: “La contemplación de la miseria humana nos atrae hacia Dios, y sólo en los demás amados como a uno mismo lo contemplamos”.

La desgracia, o sea el sufrimiento profundo, está presente en la vida de todo ser humano. Este es uno de los grandes enigmas de la humanidad. Se trata de la pregunta sin respuesta de Cristo en la cruz: “Padre, Padre, ¿por qué me has abandonado?”. Sin embargo, el sufrimiento tiene una virtud reveladora: nos hace tomar conciencia de la verdad de la condición humana, revelándonos cuán engañosa es nuestra autonomía. Simone Weil no busca dar una solución al problema que supone la existencia de desgracia en el mundo, sino apreciarla como un medio para abrirse a él. “La extrema grandeza del cristianismo, afirmará, procede del hecho de que no busca un remedio sobrenatural contra el sufrimiento, sino un uso sobrenatural del sufrimiento”.

El “yo” está especialmente marcado por el pecado debido a lo que Simone Weil llama nuestra “divinidad imaginaria” a través de la que creemos ocupar el centro del mundo. Desde aquí cada hombre interpreta el universo según sus deseos y sus intereses. Cegados en el “yo” no podemos transitar a lo sagrado. Solo despojándonos de esa falsa divinidad podremos realmente amar.

Simone Weil fue desarrollando toda una metafísica de los signos de la presencia inmanente y de la trascendencia de Dios en el mundo. Ella tomó prestada de Platón la idea de metaxu. Idea que hace referencia al puente, a la mediación que simultáneamente conecta y separa. Un metaxu es un peldaño que nos acerca a lo trascendente. Todo metaxu debe comprenderse como un medio y jamás como un fin, de lo contrario, correremos el riesgo de instalarnos en ellos. Muchas realidades mundo son vistas como mediaciones entre el ser humano y Dios, es decir, aquello que los separa, pero que al mismo tiempo los conecta y posibilita su relación. En el orden de la vida humana, muchos elementos aquí abajo constituyen la armonía de los opuestos, la poesía, las matemáticas, la geometría, la espiritualidad del trabajo manual, etc., son metaxu y deben ser considerados como signos de la presencia inmanente y trascendente de Dios. Uno que tiene una relevancia especial para Weil es la belleza. A través de ella podemos alcanzar el Bien absoluto, Dios mismo. “La belleza, nos dirá, es la prueba experimental de que la Encarnación es posible”. El concepto de belleza se extiende por todo el universo: “la belleza del mundo es la sonrisa de ternura de Cristo para con nosotros a través de la materia”. Donde la desgracia nos conquista por la fuerza bruta, la belleza se cuela y derroca el imperio del yo desde dentro.ç

Una necesidad imperiosa del ser humano es el estar arraigados (Echar Raíces) Estas raíces pueden tomar diferentes formas: una comunidad en la que arraigar puede construirse en base a elementos como un pasado común, una tierra compartida, una lengua o una religión. Pero solo en Cristo, el gran metaxu entre el hombre y Dios, donde la belleza, el bien y la verdad se hacen uno, podemos encontrar el arraigo definitivo, o sea la auténtica redención.

Weil nos invita a descentrarnos de nuestro yo, a enraizarnos en Cristo, esto es en definitiva el camino cristiano, o sea la santidad. Pero, como ella misma dijo: “Hoy, ni siquiera ser santo significa nada; es precisa la santidad que el momento presente exige, una santidad nueva, también sin precedentes”.

Juan Jesús Cañete Olmedo
Sacerdote diocesano y Profesor de Filosofía

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