El “Cristo Humillado”, clave en la historia literaria de Rusia

1 abril de 2026

Si hay un pueblo en cuyo imaginario profundo ha perdurado el cristianismo a lo largo de una trayectoria convulsa, desde sus orígenes medievales hasta hoy, ese es el pueblo ruso. Y no cualquier cristianismo, sino uno anclado en la teología de la kénosis paulina (Filipenses 2,5-11; II Corintios 8,9), en esa lógica del descenso, del despojamiento y de la entrega. Mansedumbre, abajamiento, pobreza voluntaria, obediencia, no resistencia, aceptación del sufrimiento y de la muerte: rasgos que recorren su historia literaria y que configuran una sensibilidad particular. Desde la Rus de Kiev bajo el dominio mongol hasta la Moscovia de Iván IV; desde el impulso eslavófilo de los primeros Románov hasta la apertura europeizante de los últimos; y a lo largo de las casi nueve décadas del periodo soviético hasta el presente, puede rastrearse ese hilo persistente.

En leyendas, cuentos, poemas y novelas, se repite una misma imagen: la de un pueblo que parece asumir la humillación no solo como destino, sino como una forma de identidad. La identificación del campesinado —y del ciudadano— con la figura del Cristo humillado se fue extendiendo al ritmo mismo de la expansión de Rusia. Y en esta interpretación coinciden, con matices diversos, importantes estudiosos de las literaturas eslavas como Isaiah Berlin, Ettore Lo Gatto, Charles Corbet y Alexandre Brückner.

DEMASIADA HUMILLACIÓN, LLEGUÉ A PENSAR… Algún que otro lector de estas páginas librescas conoce ya mi viejo interés por la literatura rusa, tanto en su vertiente zarista y soviética como en aquella que germinó en los márgenes del exilio. Y saben también muchos de quienes, a lo largo de más de treinta años, han visitado mi biblioteca, que es precisamente este ámbito el que ocupa su núcleo más extenso: en el último inventario, fechado en diciembre de 2025, eran 523 los volúmenes que componían esta sección. Tras años de lectura —y de convivencia silenciosa con sus textos— fui llegando a una conclusión que no nace de una teoría previa, sino de una experiencia reiterada: la humillación, en sus múltiples formas, atraviesa de manera persistente la literatura rusa.

No es un rasgo marginal ni episódico. Es una presencia que se extiende, como una sombra, sobre el conjunto de la vida: lo social, lo laboral, lo político, lo cultural y lo religioso. Y lo más inquietante es su continuidad. Ni los siglos ni las convulsiones históricas lograron disiparla. Incluso cuando se intentó erradicarla por la fuerza, lo que emergía, una y otra vez, era la misma herida. En muchas obras —especialmente en las del periodo soviético— esa humillación colectiva, en la que tierra y hombres aparecen indisolublemente unidos, fluye como un río subterráneo de sangre, persecución y sufrimiento. Y, sin embargo, esa intuición, por más insistente que fuera, permanecía en cierto modo incompleta. Algo faltaba para comprenderla en toda su profundidad.

HASTA QUE LEÍ ESTE LIBRO. Fue entonces cuando aquel mundo, hasta entonces opaco, comenzó a iluminarse desde dentro. La clave se me ofreció en un volumen breve, casi discreto, pero de una densidad extraordinaria: El Cristo humillado. Ensayo desde la literatura y el pensamiento rusos, de Nadezhda Gorodetski, escrito en 1938 y publicado en español por Ediciones Sígueme en 2010.

No estamos ante un tratado sistemático sobre la teología de la kénosis, ni ante una exégesis académica de los textos paulinos. Más bien se trata de una mirada penetrante que desciende al corazón de una tradición cultural para descubrir en ella una clave secreta. Gorodetski, nacida en Moscú en 1901 y marcada por el exilio tras la revolución de 1917, recorrió ciudades y lenguas —Zagreb, París, Inglaterra— hasta fijar su residencia en 1934. Estudió teología en Birmingham, se graduó en Oxford y dio forma a este ensayo que más tarde se convertiría en el germen de su tesis doctoral. Su propia biografía parece atravesada por esa misma lógica de despojo y tránsito que su obra ilumina. Porque lo que este libro revela, con una claridad casi silenciosa, es que la kénosis —ese abajamiento radical de Cristo al que aluden las epístolas paulinas (Filipenses 2,5-11; II Corintios 8,9)— no es solo una categoría teológica, sino una experiencia encarnada. Y en Rusia, esa experiencia ha encontrado una forma singular de arraigo. No se trata únicamente de una doctrina: es un modo de existir.

Así, los escritores no aparecen como simples narradores, sino como testigos de un misterio que los trasciende. Alexander Pushkin se percibe a sí mismo, en sus versos, con una gravedad profética que lo acerca a los antiguos videntes. Mikhail Lermontov y Nikolai Gogol prolongan esa misma tensión, no solo en sus obras, sino en los pliegues más trágicos de sus vidas. Y en Fyodor Dostoevsky y Leo Tolstoy esa intuición alcanza una intensidad extrema: uno explorando los abismos de la condición humana; el otro llevando su búsqueda espiritual hasta el límite de una existencia casi monástica.

La segunda mitad del siglo XIX se alza, así, como la edad de oro de la literatura y del pensamiento rusos. En ella no solo brillan los nombres consagrados, sino también aquellos que, desde una menor visibilidad, contribuyen a sostener la misma arquitectura espiritual: Nikolay Nekrasov, Gleb Uspensky, Vsevolod Garshin, Nikolay Mikhailovsky, Pyotr Lavrov, junto a figuras religiosas como Tijón de Vorónezh, Filareto de Moscú o Teofán el Recluso. Todos ellos, a su manera, testimonian una misma tensión entre elevación y abatimiento, entre búsqueda de sentido y aceptación del sufrimiento.

Y, sin embargo, este movimiento no nace en las élites intelectuales.Mucho antes de que los pensadores pudieran articular la profundidad de la auto-humillación de Cristo, ya el pueblo había intuido, en la experiencia cotidiana, esa llamada a la mansedumbre, a la pobreza y a la obediencia. No como una idea abstracta, sino como una forma concreta de vivir. Durante siglos, la gente humilde supo encarnar esa vocación silenciosa, encontrando en ella una fuerza paradójica para sostener una existencia marcada por la carencia y el dolor. Solo más tarde los escritores y pensadores supieron nombrar lo que ya estaba ahí: una verdad difícil, casi insoportable, y al mismo tiempo profundamente reveladora. En torno a esa categoría desconcertante —la auto-humillación— se articula este ensayo, que no tanto explica como desvela. Y hoy, de algún modo, esa historia continúa.

Juan Rubio Fernández
Sacerdote, escritor y periodista

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