John Henry Newman III. El corazón que asiente: fe y razón en Newman

22 diciembre de 2025

Cuando John Henry Newman publicó Ensayo para contribuir a una gramática del asentimiento en 1870 quiso, como él mismo confiesa, “dar razón de cómo el alma humana puede asentir a lo que no ve, y creer con certeza lo que no puede demostrar”. En una época marcada por el racionalismo ilustrado, Newman percibía que la fe se encontraba ante un doble peligro: por un lado, la desconfianza de los que pedían pruebas científicas de todo; por otro, el fideísmo sentimental que renunciaba al pensamiento. Su Gramática del asentimiento es una respuesta lúcida y profundamente cristiana a esa tensión: una defensa de la inteligencia creyente, del corazón que piensa.

Newman parte de la experiencia concreta de la mente humana. Observa cómo el hombre cree muchas cosas sin pruebas demostrativas, la existencia del pasado, la realidad de un futuro o fidelidad de un amigo, y sin embargo lo hace con plena certeza. “La certeza no siempre se apoya en demostraciones, escribe, sino en la convergencia de mil signos que el alma reconoce como verdaderos”.  Desde ahí introduce su idea de asentimiento: el acto por el cual la mente se adhiere a una proposición como verdadera.

 Frente al racionalismo, que reduce la verdad a lo demostrable, Newman recuerda que la “razón concreta” integra la experiencia, la intuición y el sentido moral. El hombre cree, no sólo porque razona, sino porque su razón está encarnada en una vida, en una historia.  Como decía Pascal: “El corazón tiene sus razones que la razón no entiende.” Newman, heredero de esa intuición, le da una estructura filosófica: la fe no contradice la razón, sino que la lleva a su plenitud, porque reconoce que la verdad no se agota en la demostración.

Para ilustrarlo, propone el ejemplo de la fe en Dios. Ningún argumento lógico puede obligar a creer; y sin embargo, quien cree lo hace con certeza, no con mera probabilidad. ¿De dónde viene esa certeza? De una acumulación de signos, de un discernimiento interior que Newman llama el “sentido ilativo”, una especie de razón personal que integra múltiples evidencias parciales hasta llegar a un juicio total. Así, la fe no es un salto ciego, sino un acto razonable del alma que, a la luz de todo lo que percibe (el orden del universo, la belleza, la conciencia moral, la experiencia interior…) reconoce la presencia de Dios.

 La fe cristiana no se opone a la razón: la supone, la respeta y la transfigura: “Creer es asentir con todo el ser a una realidad percibida como verdadera, aunque no pueda demostrarse”. La verdadera fe es “una luz que ilumina la razón, no que la apaga”. Newman nos recuerda que la fe no es ni irracional ni puramente racional. Es una forma de conocimiento distinta, más profunda, que nace del encuentro personal con Dios. “La fe, afirma, es un acto del entendimiento movido por la voluntad; el entendimiento ve motivos suficientes para creer, y la voluntad, tocada por la gracia, consiente”. En esa frase se condensa su visión: creer implica inteligencia y libertad, razón y amor. La fe no procede de un asentimiento nocional que nos lleva a una mera adhesión intelectual, la fe viene de un asentimiento real, aquel que involucra todas las facultades de la persona (razón, voluntad y afectividad) y que surge de una relación con Dios.

Su análisis ilumina el modo cristiano de dialogar con la cultura contemporánea. Frente al racionalismo que idolatra la prueba empírica, Newman muestra que el hombre siempre cree más allá de lo demostrable: cree en la memoria, en el testimonio, en el amor. Frente al fideísmo que renuncia al pensamiento, enseña que la fe auténtica busca comprender, porque “creer es también pensar con el corazón”. En sus páginas resuena un llamado a recuperar la unidad interior del hombre: “No hay divorcio entre la fe y la razón, sino entre la razón que se encierra en sí misma y la fe que no se atreve a pensar”. En una de sus frases más bellas, Newman escribe: “El asentimiento que damos a Dios no es el de una mente cautiva, sino el de un corazón convencido”. En ese equilibrio entre certeza y libertad, entre inteligencia y amor, se juega el destino de la fe cristiana en el mundo moderno.

Hoy, cuando tantos se debaten entre el dogmatismo de la ciencia y el relativismo de la emoción, las palabras de Newman suenan proféticas. Al final, Newman deja al lector con una intuición que podría resumir toda su obra: “La fe comienza donde termina la demostración, pero no porque renuncie a la razón, sino porque ha llegado al límite donde la razón pide ser elevada”. Esa elevación, ese paso del concepto al encuentro, es lo que él llama asentimiento real. Y en esa frontera viva entre fe y razón, el cristiano de hoy sigue aprendiendo a creer no con menos inteligencia, sino con más corazón.

Juan Jesús Cañete Olmedo
Sacerdote diocesano y Profesor de Filosofía

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