Con el “Buscón”, Quevedo siguen dándonos sus sonadas bofetadas

19 marzo de 2026

Este año celebramos el 400 aniversario de la publicación del Buscón de Francisco de Quevedo, cuyo título completo es Historia de la vida del Buscón, llamado Don Pablos, ejemplo de Vagamundos y espejo de Tacaños. La primera edición impresa de El Buscón sale a la luz en Zaragoza, en el taller de Pedro Verges, en 1626, y bajo la edición del librero Roberto Duport; seguramente sin el consentimiento del autor que nunca quiso darla a la imprenta por miedo a la Inquisición. La tenía guardada desde que la escribió, entre 1603 y 1605.

 Relato, personajes y estilo. La novela narra la historia de Pablos, un joven que se convierte en buscón, o buscavidas, en una sociedad marcada por la hipocresía, la corrupción y las desigualdades sociales. A través de sus peripecias, Quevedo realiza una crítica mordaz a las costumbres y valores de su tiempo, exponiendo la falsedad de una sociedad que premia la apariencia y el engaño por encima de la honestidad y el mérito. A través de sus encuentros con una serie de personajes pintorescos, Quevedo crea un microcosmos de la sociedad española de su época, donde las relaciones humanas se muestran en su forma más cruda y, a menudo, patética. Estas figuras suponen una deformación física o moral que provoca la risa y el desprecio, por su tono burlesco, donde la metáfora y la hipérbole producen comparaciones que implican asociaciones sorprendentes y animalizaciones asombrosas. Esto se puede ver claramente en la descripción de uno de los personajes más famosos de la novela, perteneciente a una de esas figuras de las que hablábamos en el párrafo anterior. Hablamos del Dómine Cabra, que Quevedo describe con diferentes comparaciones hiperbólicas: clérigo cerbatana, gaznate largo como avestruz, manos como un manojo de sarmiento. La prosa de Quevedo es rica en matices y cargada de ironía, lo que permite al lector disfrutar no solo de una narración cautivadora, sino también de una reflexión profunda sobre la condición humana. La obra está impregnada de un humor negro característico del autor, así como de una aguda observación sobre los vicios de la sociedad, evidenciando sus elementos grotescos y absurdos.

Un clásico por lo poliédrico y actual de lo tratado. En cuanto a la intención de la obra, si bien es cierto que no hay un sentido puramente didáctico, alberga tantas dimensiones, que es complicado quedarse con una sola. Lo que ha provocado estas diferencias de pareceres, atiende al punto de vista en que la leamos. Si tomamos el punto de vista social, Quevedo caricaturiza todo un movimiento de aspiración con el fin de exponer lo que para él era su fealdad moral. Mucho de la sociedad de su época era desagradable para él, en especial que la riqueza fuese más fuerte que el mérito y que los plebeyos pudieran mezclarse con las clases superiores. Quevedo ataca, además de al poder del dinero, a las estafas del linaje y de la clase, a la corrupción del sistema de justicia o a las falsas apariencias. Sin embargo, si atendemos a lo puramente estético, El Buscón es una obra que trasciende su contexto histórico y cultural, ofreciendo al lector moderno una rica experiencia literaria. La agudeza de la crítica social, el ingenio verbal y la profundidad psicológica de los personajes hacen de esta obra una lectura indispensable para aquellos que deseen adentrarse en los aspectos más oscuros y cómicos de la naturaleza humana. La novela invita a reflexionar sobre nuestras propias sociedades y las dinámicas de poder que continúan presentes, lo que la convierte en un texto eternamente relevante. Y por eso es un clásico.

Las bofetadas de Quevedo siguen sonando cuatro siglos después. Quevedo entra en la novela picaresca española precisamente cuando ésta se empezó a considerar como género propio; y lo hizo a la manera que lo hacia siempre, marcando la diferencia y levantando polvareda. Cuando en 1626 se publicó la novela, la gente que la leía o la escuchaban en las plazas, veía que el Buscón no era un pícaro más, como Lazarillo de Tormes, Guzmán de Aznalfarache, Justina o Marcos de Obregón. Esos era pícaros de los que decía Cervantes en El dialogo de los perros, de una de sus Novelas Ejemplares, pícaros alegres, decididos y ambiciosos, pero “con ambición generosa, la de aquellos que pretenden mejorar sus vidas sin prejuicio del tercero”. Y Quevedo llega para hablar, no de esos pícaros y para car la risa a la gente con ellos y sus peripecias; sino de los otros que eran muchos más. En una España hambrienta, arruinada y pobre, con su Buscón, Quevedo señala a los otros pícaros. Los que escalan pisoteando, robando, medrando y violando las leyes, incluso las del mismo Dios. Pablos solo vive para la codicia, la avaricia y la deshonesta exhibición de la riqueza. Y en esta nuestra querida España, con la misma ruina, miseria y pobreza, aunque con otros nombres, sigue habiendo unos pocos Lazarillos, Guzmanes, Marcos y Justinas; y muchos, pero que muchos, Buscones.

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