Carta Pastoral para el mes de mayo «María: vida, dulzura y esperanza nuestra»

7 mayo de 2025

Queridos fieles diocesanos:

El gozo pascual de sabernos redimidos y renacidos por quien venció a la muerte, nos conduce hacia el mes de mayo que, de una manera particular, el pueblo cristiano llama “mes de María” o “mes de las flores. Los cristianos de todos los tiempos hemos sabido que el amor y la devoción a la Virgen María nos acercan siempre a Jesucristo, único Salvador de la humanidad.

Basta con hacer una lista o detenernos a pensar en las numerosas advocaciones que coronan esta Iglesia mariana del Santo Reino de Jaén, desde sus catedrales hasta sus santuarios y ermitas de toda la geografía diocesana, para comprobar que son muchos los pueblos y ciudades de nuestra tierra jiennense los que se engalanan cada año, con romerías y fiestas, para venerar a la que es Madre de Dios y Madre nuestra. Las romerías son una metáfora perfecta de nuestra vida cristiana. Somos peregrinos y estamos en permanente camino; avanzamos, cada día, con esfuerzo y sacrificio, pero con la alegría de sabernos amados por Dios, guiados por la fe y sostenidos por la esperanza que nos conduce a la meta, que es Cristo. Y María es la estrella que nos guía, también en medio de las sombras, la que camina con nosotros, la que nos anima y nos protege y siempre es fiel intercesora ante su bendito Hijo.

Este mes florido, que nos regala la primavera en su máximo esplendor, después de la abundante agua que ha regado nuestros campos como un don del cielo, contemplamos, en esa maravillosa exhibición de la naturaleza, el reflejo de la belleza de una joven de Nazaret, que con su ‘sí’ y la aceptación del plan de Dios en ella, se convirtió en el instrumento de la esperanza y la salvación para toda la humanidad. «Por ti, por tu ‘sí’, la esperanza de milenios debía hacerse realidad, entrar en este mundo y su historia» (Benedicto XVI, Spe Salvi).

En este año Jubilar en el que conmemoramos la Encarnación de Dios, que naciendo del seno virginal de María se hace hombre, miremos, precisamente a María como esperanza nuestra; la que nos conduce, nos guía y nos acompaña a la Esperanza verdadera: la que engendró, llevó en su seno y entregó al mundo para nuestra redención. Con razón decimos en el himno mariano de la Salve que María es vida, dulzura y esperanza nuestra.

Aún con las incertidumbres propias del inesperado anuncio, María acogió con esperanza el mensaje del ángel; vivió con esperanza su embarazo; alumbró a su hijo en la esperanza y aun cuando más sufría al pie de la cruz, sabía que era precisamente en aquel que entregaba su vida, donde se hallaba la verdadera Esperanza.

La Esperanza que este año celebramos, enmarcada en el Año Jubilar, está profundamente vinculada a dos grandes misterios: el de la Encarnación, mediante el cual Dios irrumpe en la historia de la humanidad para otorgarle sentido y propósito; y el de la Ascensión, que celebramos precisamente en mayo. Encarnación y Ascensión, unidas, forman el círculo perfecto de la eternidad, del infinito. Es en la Ascensión donde se cumple, en su plenitud, el plan salvífico de Dios para la humanidad. Este misterio nos otorga la certeza de que Jesucristo, en toda su humanidad, asciende al Padre y se sienta a su derecha para siempre. Es la presencia del Hijo ante el Padre la que nos devuelve la dignidad perdida en el primer pecado, y nos asegura que, en Él, también está sellado nuestro destino.

Y María, su Madre, instrumento de esperanza, es siempre testigo y portadora del mensaje de su Hijo. Lo fue en el inicio de su vida pública, en las bodas de Caná; lo fue en la vía dolorosa y al pie de la cruz; lo fue en Pentecostés y lo es ahora contemplando la gloria de aquel que la eligió como Madre.

Seamos, como María, portadores de esperanza y testigos del mensaje de amor que su Hijo nos trae en la Pascua. No hay dudas, no hay tristezas, no hay desamor, solo almas esperanzadas en Aquel que nos espera. Que el gozo de ser cofrade y romero de la Santísima Virgen se convierta en una llamada interior a seguir sus pasos. De este modo, el Señor podrá valerse, también, de nosotros para darse a conocer a quienes lo buscan, y para despertar en el corazón de los más desanimados la ilusión por la vida que nos llega de Dios y que es siempre fuente de esperanza. Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.

+ Sebastián Chico Martínez
Obispo de Jaén

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