Carta pastoral en la Jornada Mundial del Enfermo: «La compasión del samaritano: amar llevando el dolor del otro»

9 febrero de 2026

Queridos fieles diocesanos:

La Jornada Mundial del Enfermo, que se celebra el 11 de febrero, festividad de Nuestra Señora de Lourdes, nos invita este año a volver la mirada a una de las parábolas más conocidas y, al mismo tiempo, más exigentes del Evangelio (cf. Lc 10,25-37). La parábola del buen samaritano nos muestra, con claridad, el modo de amar de Jesucristo y nos interpela a actuar como Él, acercándonos con compasión y amor activo a cada prójimo que encontramos al borde del camino.

En su mensaje para esta Jornada, el Papa León XVI nos recuerda que la compasión cristiana no se queda en el puro sentimentalismo, sino que se traduce en cercanía concreta, compromiso y acción: «Tener compasión implica una emoción profunda, que mueve a la acción. Es un sentimiento que brota del interior y lleva al compromiso con el sufrimiento ajeno. En esta parábola, la compasión es el rasgo distintivo del amor activo. No es teórica ni sentimental, se traduce en gestos concretos; el samaritano se acerca, cura, se hace cargo y cuida».
(Mensaje del Santo Padre León XVI para la XXXIV Jornada Mundial del Enfermo, 20.01.2026)

Atender al que sufre es salir a su encuentro, ofrecer nuestro tiempo, acoger su dolor y acompañarlo en su proceso de sanación, hasta que pueda reestablecerse, como hizo el Buen Samaritano. Por eso, en esta Carta Pastoral quiero dirigirme de manera especial a quienes estáis sufriendo en primera persona la enfermedad; a quienes ofrecéis cuidado; a aquellos que, a través de vuestro ministerio, acompañáis el alma y lleváis el “alimento eterno” a las casas; y a quienes desarrolláis vuestra vocación para sanar a través de vuestra labor en el ámbito sanitario.

Los enfermos: el rostro herido que nos interpela

Queridos enfermos: vosotros sois, como el hombre herido del camino, el primer destinatario de esta palabra. En nuestros hospitales, residencias de mayores y hogares de nuestras ciudades y pueblos, hay rostros concretos marcados por el dolor, la fragilidad y, en ocasiones, por la soledad.

La Iglesia os contempla no como un problema, sino como una presencia que interpela y enriquece. Vuestra dignidad permanece intacta y reclama respeto, cuidado y amor. Jesús mismo se identifica con vosotros: «Estuve enfermo y me visitasteis» (Mt 25,36).

Sabemos que no siempre es fácil vivir la enfermedad con serenidad. Hay momentos de cansancio, incertidumbre y preguntas sin respuesta. Pero son precisamente esos momentos los que nos permiten abrazar la cruz con la certeza de que el Señor nunca pasa de largo. Como el samaritano, se acerca, se inclina y permanece. Y creemos, con san Pablo, que incluso en la debilidad puede manifestarse la fuerza de Dios: «Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte» (cf. 2 Cor 12,9).

Las familias y los cuidadores: compasión hecha entrega diaria

Junto a los enfermos, la Iglesia reconoce y agradece la entrega silenciosa de tantas familias y cuidadores. Como el buen samaritano, os detenéis al borde del camino, cargando con el peso del cuidado, del cansancio físico y emocional, y muchas veces de la soledad.

Vuestra dedicación tiene un valor inmenso. Como recordaba san Juan Pablo II, el sufrimiento compartido y ofrecido puede convertirse en un lugar privilegiado de amor y comunión (cf. Salvifici Doloris). Os animamos a no vivir esta misión solos. Dejaos acompañar por la comunidad cristiana, por las parroquias y por la Pastoral de la Salud. Cuidar al cuidador es también responsabilidad de toda la sociedad y de la Iglesia.

Los ministros extraordinarios de la comunión: un puente necesario

En medio de la enfermedad y del dolor, un verdadero bálsamo para el alma es la labor silenciosa y constante que lleváis a cabo los ministros extraordinarios de la comunión. Vuestra presencia en hogares, residencias y hospitales se convierte en un signo elocuente de una Iglesia cercana, madre solícita y fiel compañera de camino para quienes, por diversas circunstancias, no pueden acudir a su parroquia.

Sois un puente entre la comunidad y los hermanos enfermos. Cuando lleváis la Eucaristía, lleváis a Cristo y la cercanía de una Iglesia que acompaña en los procesos de enfermedad. Como señaló el Papa Francisco, la Eucaristía es alimento para los frágiles y medicina para los heridos, no un premio reservado a unos pocos. Os animo a vivir este ministerio con hondura espiritual, sensibilidad humana y plena comunión eclesial. Alimentad vuestra propia vida interior para poder ofrecer a Cristo con manos limpias y corazón disponible.

Los visitadores de enfermos y los miembros de la Pastoral de la Salud también realizáis un servicio precioso y necesario. Con vuestra presencia consoladora, la escucha paciente, una palabra del Evangelio y una oración sencilla, ayudáis a que la persona enferma no se sienta sola, que los cuidadores se sientan también acompañados,  y a que la comunidad cristiana no “pase de largo”. Visitar a los enfermos es una obra de misericordia que el Señor nos pide, y vuestra disponibilidad encarna la compasión del buen samaritano en el día a día; además, vuestro acompañamiento prepara y sostiene, en coordinación con los pastores, el encuentro con los sacramentos y con la comunión eclesial. Como en ocasiones os he manifestado, me gustaría que en cada comunidad hubiera un equipo de Pastoral de la Salud presente, organizado y acompañado.

Personal sanitario: la compasión en primera línea

En esta Jornada del Enfermo, también hay una mirada a los médicos, enfermeros y a todo el personal sanitario que desarrolláis vuestra vocación en hospitales, centros de salud, residencias y servicios de atención domiciliaria de nuestra diócesis. Vuestra tarea diaria os sitúa muchas veces en primera línea del dolor humano, no solo curando, sino acompañando, escuchando y sosteniendo. Sabemos que no siempre es fácil ejercer esta profesión en un contexto de presión, escasez de tiempo y cansancio acumulado. La Iglesia os agradece profundamente vuestra entrega y os anima a seguir siendo, cada uno desde su responsabilidad, auténticos samaritanos que se detienen ante quien sufre. Vuestra competencia profesional, unida a la cercanía humana y al respeto a la dignidad de cada paciente, es una forma concreta de vivir la compasión que brota del Evangelio y de hacer presente la esperanza allí donde parece debilitada.

Una llamada a toda la comunidad cristiana

La parábola del buen samaritano termina con una pregunta decisiva: «¿Quién fue prójimo?» (Lc 10,36). Esta Jornada Mundial del Enfermo nos invita a responder no con palabras, sino con gestos concretos. Todas nuestras parroquias están llamadas a ser lugares de acogida, visita y acompañamiento, especialmente hacia quienes viven la enfermedad y la soledad.

Como recordó Benedicto XVI, la caridad cristiana no puede ser delegada ni reducida a una estructura: es una responsabilidad personal y comunitaria. Una Iglesia samaritana es una Iglesia que se detiene, se acerca y permanece.

Pidamos al Señor un corazón compasivo, capaz de amar llevando el dolor del otro. Que María, Salud de los Enfermos, acompañe a quienes sufren, sostenga a quienes cuidan y fortalezca a quienes sirven.

Con mi cercanía, oración y bendición,

+ Sebastián Chico Martínez
Obispo de Jaén

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