Carta Pastoral de Cuaresma: «La paciencia de Dios es nuestra salvación»

17 febrero de 2026

«Procurad que Dios os encuentre en paz con él,
intachables e irreprochables, y considerad que
la paciencia de nuestro Señor es nuestra salvación».
(2Pe 3,14-15)

Queridos fieles diocesanos:

«Mirad, estamos subiendo a Jerusalén, y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas; lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y lo matarán; y a los tres días resucitará» (Mc 10,33-34). La Cuaresma no se entiende sin la Pascua. Sería como caminar sin horizonte, como sembrar sin esperar la cosecha, como amar sin creer en la eternidad. La Cuaresma es el camino, pero la Pascua es la meta.

Jerusalén es la ciudad del rechazo y, al mismo tiempo, del cumplimiento. Allí se cruzan la infidelidad humana y la fidelidad infinita de Dios. Allí, la Cruz se alza como trono de misericordia y la muerte se convierte en puerta de Vida. Jesús camina delante, sin engañar a sus discípulos, sin edulcorar la Cruz, sin ocultar el precio del amor verdadero. Esta subida a Jerusalén, culminación de la vida histórica de Jesús, se convierte también en sendero y norma para todo discípulo.

El discípulo no puede permanecer al margen, porque seguir a Cristo implica caminar tras Él, asumir su estilo y compartir su destino. Por ello, durante este tiempo cuaresmal, nos disponemos interiormente, a purificar el corazón y a afinar la mirada para participar de manera activa, consciente y plena en los misterios de su pasión, muerte y resurrección; dejándonos transformar por el amor que brota del costado abierto de Cristo.

«Conviértete». Es el imperativo que resuena cuando recibimos las cenizas sobre nuestra cabeza, precisamente en el mismo lugar donde un día fuimos marcados con el santo Crisma en las aguas del Bautismo. Allí donde comenzó nuestra vida nueva, vuelve hoy a pronunciarse una llamada a recomenzar. Porque la conversión es un camino, una promesa, una puerta siempre abierta.

Sin embargo, contemplamos sombras que cubren nuestro mundo: el cansancio, la indiferencia, la desconfianza, la mentira, la tentación de instalarnos, de proteger lo poco que creemos tener, de quedarnos donde estamos. En muchas ocasiones vamos sobreviviendo más que viviendo, sostenidos por un realismo superficial que nos enseña a disimular las grietas y heridas. Fingimos firmeza, mientras por dentro nos habita la duda. Estas sombras nos susurran que no vale la pena cambiar, que es mejor acomodarse que arriesgar, que es más seguro permanecer que avanzar. Pero, precisamente por eso, hoy resuena con más fuerza la palabra: «Conviértete», para despertarnos y renovar nuestra esperanza en Aquel que no se cansa de esperar, y que da unidad, dirección y sentido a nuestra vida.

Para esto se nos ofrece, un año más, la Cuaresma, donde la Iglesia, como madre y maestra, nos conduce al desierto, ese lugar bíblico donde Dios habla al corazón y donde el hombre aprende a escuchar. Allí Israel aprendió a confiar, allí los profetas escucharon la voz de Dios, allí Cristo fue tentado y confirmó su fidelidad al Padre. También, nosotros necesitamos desierto, no para huir del mundo, sino para reordenar la vida, para recordar que no todo es urgente ni todo es imprescindible. En el silencio del desierto —tan necesario como incómodo en nuestros días— resuena una verdad que sostiene nuestra esperanza: la paciencia de Dios es nuestra salvación.

Dios no nos “soporta” con resignación ni nos mira con indiferencia cuando recaemos, cuando nos enredamos en nuestras incoherencias o cuando nos alejamos del rostro de Cristo; su paciencia es activa y redentora. Al vernos heridos por el pecado y rodeados por sombras de muerte, no se limitó a esperar: envió a su Hijo para revelarnos hasta dónde llega su amor y para ofrecernos, gratuitamente, la redención. En su silencio ante el juicio, en su mansedumbre ante la violencia, en su perseverancia ante la incomprensión, se revela que la paciencia es una forma suprema de amor.

La paciencia de Dios es su modo de amar. Es búsqueda incansable de nuestro bien, llamada respetuosa a nuestra libertad, apoyo en nuestras posibilidades. Es una espera que levanta, sostiene y restaura. Por eso, con toda verdad, podemos decir que sin la paciencia de Dios estaríamos perdidos, porque somos frágiles, fácilmente seducidos por la tentación y vulnerables a causa de nuestras propias debilidades.

Queridos hermanos, la Cuaresma es el tiempo privilegiado para dejarnos alcanzar por esta paciencia. La oración nos enseña a mirarnos con la misma misericordia con que Dios nos mira, que perdona y cura, nos pone bajo su luz para caminar en la verdad, y nos regala su sabiduría para conocernos y conocer a Dios sin engaños. El ayuno, vivido con sencillez, nos hace sensibles a la llamada de Dios que nos despierta cuando el mal nos acecha y nos libera de lo que nos esclaviza, para que el corazón vuelva a ser suyo. Y la limosna – la caridad concreta – nos hace tocar su presencia fiel en el hermano, y reaviva el ardor del amor cuando nos enfría la indiferencia. Así, todo en Cuaresma nos recuerda que no somos nosotros quienes salvamos nuestra vida, sino Dios quien la rescata con infinita paciencia.

Por eso, en este tiempo santo, hagamos nuestra la exhortación del apóstol: «En tiempo favorable te escuché, en el día de la salvación te ayudé. Pues mirad: ahora es el tiempo favorable, ahora es día de la salvación» (2Cor 6,2). Dios vuelve a tomar la iniciativa y nos llama, otra vez, ofreciéndonos una nueva oportunidad. No dejemos pasar esta gracia, no la echemos en saco roto. No tengamos miedo de volver a empezar de nuevo. No tengamos miedo de dejarnos amar por un Dios que no se cansa, no se rinde y no nos abandona.

Que la Virgen María nos acompañe en este camino hacia la Pascua, para que, sostenidos por la paciencia de Dios, podamos llegar al sepulcro vacío con un corazón nuevo, reconciliado y lleno de esperanza.

Con mi afecto y mi bendición,

+ Sebastián Chico Martínez
Obispo de Jaén

Jaén, 23 de enero de 2026

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