El cuidado de la tierra: una responsabilidad compartida

21 abril de 2026

Hay fechas que, más allá de su repetición anual, conservan la pujanza de interpelarnos con una fuerza renovada. El 22 de abril, Día Internacional de la Tierra, es una de ellas. No se trata solo de una efeméride más en el calendario de las Naciones Unidas, sino de una invitación a detenernos, a mirar con hondura la realidad que nos rodea y a preguntarnos, con honestidad, qué relación estamos manteniendo con esa casa común que hemos recibido como don y tarea.

El lema de este año, “Nuestro poder, nuestro planeta”, introduce una clave peculiarmente sugerente. Nos recuerda que el destino de la Tierra no es algo completamente ajeno a nuestras decisiones, ni una realidad que dependa exclusivamente de factores lejanos o incontrolables. Hay, en efecto, un margen de acción, de discernimiento compartido, una capacidad —limitada pero real— de orientar el rumbo de nuestra relación con el planeta. No somos omnipotentes, pero tampoco somos irrelevantes. Entre la resignación y la soberbia, se abre el espacio de la responsabilidad.

En este contexto resuenan con especial fuerza las palabras del Papa Francisco en la encíclica Laudato si’: «Todo está conectado» (n. 91). Esta afirmación, aparentemente sencilla, encierra una luminosa verdad antropológica, moral y espiritual. Nos sitúa ante una evidencia que a menudo preferimos ignorar: nuestras decisiones, incluso las más cotidianas, tienen consecuencias que van más allá de nosotros mismos; afectan a otros, a la sociedad en su conjunto y al equilibrio de la creación.

Durante demasiado tiempo hemos pensado y actuado como si la Tierra fuera una realidad inagotable, como si los recursos estuvieran siempre disponibles, como si el impacto de nuestras acciones pudiera diluirse sin dejar huella. Hemos desarrollado una cultura del uso inmediato, del descarte y de la sustitución constante, que ha ido erosionando silenciosamente los fundamentos de la vida. Pero la realidad termina por imponerse. La degradación ambiental, el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, la contaminación del agua y del aire, no son fenómenos abstractos. Tienen rostro, tienen consecuencias concretas, afectan de manera directa a la vida de millones de personas.

La reflexión sobre el cuidado de la Tierra conduce, además, de manera muy directa, al reconocimiento del derecho humano a la alimentación. No se trata solo de producir alimentos en cantidad suficiente, sino de garantizar que toda persona pueda acceder de manera regular, digna y sostenible a una alimentación adecuada, saludable y nutritiva. Cuando la degradación de los suelos, la escasez de agua, la contaminación, los fenómenos climáticos extremos o la pérdida de biodiversidad comprometen la capacidad de producir, de distribuir o de adquirir alimentos, no estamos únicamente ante un problema ambiental o económico: estamos también ante una amenaza concreta a un derecho humano fundamental. Cuidar la casa común es, por eso mismo, proteger una de las condiciones esenciales para que ese derecho pueda hacerse real, preferentemente para los más débiles y menesterosos, que son siempre quienes primero sufren cuando la Tierra deja de ser fecunda o habitable.

Y, como tantas veces ha subrayado el magisterio de la Iglesia, estas consecuencias no se distribuyen de manera equitativa. Son los más pobres quienes soportan con mayor intensidad los efectos de la degradación ambiental. Comunidades enteras ven comprometido su acceso al agua, a los alimentos o a un entorno saludable. Familias que apenas han contribuido al deterioro del planeta cargan con el peso desproporcionado de sus efectos. La cuestión ecológica, en este sentido, es también una cuestión de justicia.

Ya san Juan Pablo II advertía, con notable anticipación, que no se puede separar la ecología ambiental de la ecología humana. Cuando se rompe la armonía con la naturaleza, se resiente también la vida social y moral. Y, en la misma línea, Benedicto XVI recordaba que «el libro de la naturaleza es uno e indivisible» (Caritas in veritate, n. 51), subrayando la unidad profunda entre el respeto debido a la creación y el respeto debido a la persona.

Estas intuiciones, lejos de haber perdido vigencia, se muestran hoy con una claridad aún mayor. Vivimos en un mundo altamente interdependiente, donde lo que ocurre en un lugar repercute, de una forma u otra, en otros muchos. La contaminación no conoce fronteras. Las decisiones económicas tomadas en determinados contextos tienen efectos que se dejan sentir a miles de kilómetros de distancia. En este escenario, la afirmación «todo está conectado» deja de ser una reflexión teórica para convertirse en una constatación cotidiana.

Sin embargo, reconocer esta interconexión no basta. Es necesario traducirla en criterios de acción, en planteamientos existenciales, en atinadas decisiones personales y colectivas. El lema de esta jornada internacional para el presente año nos alienta precisamente a dar ese paso. Hablar de “nuestro poder” no significa reivindicar el dominio sin fisuras, sino asumir una estrategia concreta en el cuidado del planeta. El poder, entendido desde una óptica cristiana, no es apropiación ni imposición, sino servicio. Es la capacidad de custodiar, de tutelar, de promover condiciones de vida dignas para todos.

En este sentido, cuidar la Tierra no es un cometido secundario ni opcional. Forma parte de nuestra vocación como seres humanos y, de manera particular, de nuestra madurez como creyentes. La tradición bíblica presenta la creación como un don confiado al ser humano, llamado a “labrarla y cuidarla” (cfr. Gen 2,15). No se trata de una licencia para la ávida explotación, sino de una misión de fiel custodia. El ser humano no es dueño absoluto, sino administrador y garante de la obra que salió de las manos de Dios.

Este cambio de mentalidad es primordial. Mientras sigamos mirando la Tierra únicamente como un conjunto de recursos disponibles, será difícil avanzar hacia un modelo verdaderamente sostenible. Es urgente redescubrir el valor intrínseco de la creación, su dignidad propia, su potencia para remitirnos al Creador. Solo desde este horizonte es posible desarrollar con ella una relación más ponderada, más respetuosa, más consciente de los límites.

Pero esta metamorfosis no se produce de manera automática. Requiere un proceso, una toma de conciencia, una verdadera conversión. San Juan Pablo II hablaba ya de la necesidad de una “conversión ecológica”, entendida como un cambio categórico en la forma de pensar, de sentir y de actuar (cfr. Audiencia General, 17 de enero de 2001). No basta con adoptar algunas medidas puntuales o con adherirse a determinadas campañas. Se trata de revisar el conjunto de nuestra relación con el mundo que habitamos.

Esa conversión comienza en lo cotidiano. En la forma en que consumimos, en el uso que hacemos de la energía, en nuestra relación con el agua, con los alimentos, con los bienes que utilizamos a diario. Pero no puede quedarse en el ámbito individual. Necesita proyectarse también en lo social, en lo económico y en lo político. Las estructuras en las que vivimos influyen decisivamente en nuestras posibilidades de actuar. Por eso, el cuidado de la Tierra exige también políticas públicas coherentes, modelos económicos más justos, formas de producción y de consumo más responsables.

En este punto resulta especialmente significativa la insistencia del Papa Francisco en que no existen dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socioambiental (cfr. Laudato si’, n. 139). Esta afirmación nos obliga a superar visiones fragmentadas y a adoptar enfoques integrales. No se puede abordar la cuestión ecológica ignorando sus implicaciones sociales, ni se pueden afrontar los problemas sociales sin tener en cuenta su dimensión ambiental.

El Día de la Tierra se convierte así en una oportunidad para ensanchar la mirada, para integrar perspectivas y para reconocer la complejidad de los desafíos que enfrentamos. Pero también y, sobre todo, para renovar la esperanza. Porque, a pesar de la gravedad de la situación, no todo está determinado. Hay un margen real de transformación. Existen experiencias, iniciativas, comunidades que muestran que es posible otro estilo de relacionarse con la Tierra.

La sensibilización juega aquí un papel decisivo. Sensibilizar no es simplemente informar, ni provocar una emoción pasajera. Es ayudar a ver, a comprender y a percibir la realidad con mayor hondura. Es despertar una conciencia que permita reconocer las conexiones, orientar la acción e identificar las metas. Una conciencia sensibilizada ya no puede permanecer indiferente. Y, sin embargo, esta sensibilización necesita ir acompañada de una motivación de mayor calado. La tradición cristiana ofrece en este sentido un fundamento sólido: la creación es don. No es fruto del azar ni simple materia disponible. Es expresión de un amor que precede a nuestra existencia y que nos invita a una respuesta. Cuidar la Tierra es, en última instancia, un modo de agradecer ese don, de reconocer su valor y de asumir la responsabilidad que conlleva.

Desde esta atalaya, el cuidado del planeta adquiere también una dimensión espiritual. No se trata solo de preservar un equilibrio ecológico, sino de vivir de manera coherente con una visión del mundo que reconoce la interdependencia, la gratuidad, la dignidad de toda forma de vida. La relación con la creación se convierte así en un ámbito privilegiado para vivir la fe, para encarnar valores como la humildad, la sobriedad, la clarividencia y la solidaridad.

En un contexto marcado por la rapidez, el consumo y la fragmentación, esta propuesta puede parecer exigente. Y lo es. Pero también es radicalmente liberadora. Porque anima a salir de un dinamismo que, a la postre, genera insatisfacción y deterioro, para abrirse a una lógica vital más austera, más consciente y más plena.

El lema de este año, leído a la luz de estas consideraciones, se revela como una llamada a la cordura. “Nuestro poder, nuestro planeta” no es una consigna vacía, sino un acicate para asumir que nuestras decisiones importan, que nuestras acciones cuentan, que tenemos un compromiso real con el cuidado de la casa común. No se trata de cargar con un peso insoportable, sino de reconocer una capacidad que puede y debe orientarse al bien común.

Tal vez, en el fondo, el Día de la Tierra nos plantea una pregunta sencilla y decisiva: ¿cómo queremos habitar este mundo? La respuesta no se juega solo en grandes declaraciones, sino en la coherencia de la vida ordinaria, en la orientación de nuestras prioridades, en la manera en que entendemos el progreso y el bienestar.

Volver, una vez más, a la afirmación «todo está conectado» puede ayudarnos a situarnos ante esta pregunta con mayor claridad. Si todo está conectado, también lo están nuestras elecciones y sus consecuencias, nuestro estilo de vida y la salud del planeta, nuestra fe y nuestra responsabilidad con la creación.

No tenemos un planeta de repuesto. Pero sí tenemos la posibilidad —todavía abierta— de cuidar este con esmero y sensatez. El Día de la Tierra es una oportunidad para recordarlo, para renovar nuestra conducta y para avanzar, con convicción y diligencia, hacia una relación más justa, inteligente y solícita con la casa común que Dios nos ha confiado.

Mons. Fernando Chica Arellano
Observador Permanente de la Santa Sede ante la FAO, el FIDA y el PMA

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