Prudence Allen. La responsabilidad ética del cristianismo

28 mayo de 2025

Mary Prudence Allen es una destacada filósofa estadounidense. Nació en 1940, en el año 1964 se convirtió al catolicismo, casándose un año después, matrimonio que fue anulado en 1972. En 1983 ingresó en la orden de las Hermanas de la Misericordia realizando sus votos perpetuos en 1990. Desarrolló su actividad docente en la Concorde University en Montreal y el St. John Vianney Theological Seminary de Denver. El año 2014, por invitación del Papa Francisco fue nombrada miembro de la comisión Teológica Internacional. Durante ese período, colaboró en la redacción del documento “La sinodalidad en la vida y la misión de la Iglesia”. Sus estudios sobre filosofía de género y la identidad sexual han tenido gran influjo en la integración de la antropología cristiana y la filosofía.

 En The Concept of Woman, su obra más importante, estudia cómo ha evolucionado la comprensión filosófica de la mujer desde el pensamiento griego hasta nuestros días. Frente al sexismo, que considera al hombre como superior a la mujer, y el unisexismo propio de la ideología de género, que considera que las diferencias de sexuales son meras construcciones culturales considerando irrelevantes las diferencias del sexo biológico, ella propone el modelo de la complementariedad integral. Muy influida por la teología del cuerpo de Juan Pablo II, considera que el hombre y la mujer no son iguales, esto no implica que uno sea superior al otro, sino que ambos son complementarios. Su visión personalista le hace poner el énfasis en la relacionalidad y dignidad del ser humano. El ser humano no es hombre o mujer sino hombre y mujer. Hombres y mujeres tienen la misma dignidad y valor, pero tienen diferencias sexuales, psicológicas y espirituales esenciales que los hacen complementarios. Estas diferencias están orientadas a una relación de mutua donación, en el que cada uno se realiza en la entrega al otro. La complementariedad no es solo funcional, sino personal y espiritual. El termino integral, hace referencia a que esta complementariedad abarca a la totalidad de la persona: cuerpo, alama, afectividad, inteligencia y espiritualidad.  “La verdadera igualdad entre el hombre y la mujer, afirma, solo puede surgir cuando se reconozca la diferencia sexual como un don, no como una amenaza”

Desde la perspectiva de la complementariedad integral Allen ha propuesto un feminismo católico en oposición al feminismo radical que promueve la dignidad de la mujer en armonía con el hombre. Esto le ha llevado a abogar por una mayor participación de la mujer en las distintas instituciones de liderazgo eclesial.

Para Allen muchas de las crisis actuales (identidad, familia, sexualidad) surgen de una visión fragmentada del ser humano. Partiendo de la antropología cristiana de corte personalista propone una visión del hombre relacional donde todas las personas son iguales en dignidad, pero diferentes en su ser, llamados a la comunión y a vivir una vocación de amor. Las relaciones humanas auténticas se viven como don gratuito y fidelidad.  Es fundamental que esta visión integral del ser humano que hunde sus raíces en el cristianismo tenga un lugar importante en el debate cultural y ético actual ofreciendo una alternativa coherente frente al nihilismo, el individualismo radical y el relativismo moral.  El cristianismo debe aportar a la sociedad una antropología integral de la persona que aúne el cuerpo, el alma y el espíritu dando respuesta a una identidad personal fragmentada y relativizada restaurando el sentido del ser humano como relacional, digno y trascendente. Una comprensión única de la igual dignidad entre hombres y mujeres en el que se reconoce una complementariedad real promoviendo relaciones justas, sanas y constructivas. Una base ética firme con un fundamento trascendente siendo el amor el principio rector. Algo clave para orientar los debates sobre bioética, justicia social, educación y derechos humanos, reemplazando la cultura del egoísmo y la competencia por la cultura de la solidaridad basada en la lógica del amor. En definitiva, se trata aportar una visión esperanzadora del ser humano, especialmente ante las situaciones de dolor y sufrimiento.

En una época de crisis de identidad de género que establece una ruptura entre el cuerpo y el yo interior, y de ideologías transhumanistas que consideran que el cuerpo es una limitación que hay que superar, hay reintegrar el cuerpo en la identidad personal.  Cada ser humano es una unidad de cuerpo, alma y espíritu; el cuerpo no es una limitación sino una fuente de posibilidades y el sexo no es solo biológico sino personal. Lo contrario atentaría contra la dignidad y la integridad de la persona.

 La mayoría de las ideologías comienzan con nuestros deseos y terminan distorsionando la realidad para adaptarla a sus propias teorías lo que termina siempre en posturas deshumanizadoras. Ante esta situación, como señala Prudence Allen, “el cristianismo tiene una responsabilidad única e ineludible: ofrecer al mundo una visión sanadora del ser humano, en medio de tanta confusión sobre lo que significa amar, ser libre, o incluso ser”.

Juan Jesús Cañete Olmedo
Sacerdote diocesano y Profesor de Filosofía

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