Adela Cortina. Ética y religión

13 mayo de 2025

Adela Cortina Orts nació en Valencia, en 1947. Catedrática de Filosofía Moral en la Universidad de Valencia desde 1986 hasta su jubilación en el año 2017.  Ganadora del Premio Internacional de Ensayo Jovellanos, primera mujer en entrar a formar parte de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas de España, doctora honoris causa por diversas universidades. Hablamos, en definitiva, de la filósofa más reconocida en el actual panorama filosófico español.

Adela Cortina sostiene que el horizonte de todo filosofar está en el saber teórico que busca la verdad, en el estético que busca la belleza y en el práctico que busca la justicia. Su trabajo se ha centrado en la propuesta de una ética cívica, ética de mínimos, que posibilite la “vida buena” en una sociedad pluralista (una sociedad donde conviven culturas y perspectivas morales distintas). Para Adela Cortina si la razón no se abre al corazón no puede desarrollarse una ética, que, involucrándonos a todos, se haga vida. El fundamento de todo juicio valorativo está en la compasión, en el sentimiento del dolor por los otros. Siguiendo estas pautas ha ido elaborando una ética de la razón cordial cuya clave está en el reconocimiento recíproco: todas las personas deben reconocerse como interlocutores válidos. Ese reconocimiento mutuo tiene su origen religioso en el judeocristianismo.

Del legado de la ética judía de la justicia y de la ética cristiana del amor se han derivado los ideales universales de igualdad y solidaridad, de libertad o de los mismos derechos humanos. Estos valores han sido asumidos en occidente sin transformaciones sustanciales y constituyen la base de una ética global (ética de mínimos) en una sociedad de pluralidad moral. Esto puede llevar a lo que Adela llama “muerte de éxito”: dado que este legado ha dejado ya de ser propiamente cristiano al haber sido recogido como base de los principios éticos que rigen nuestra sociedad ¿qué podría aportar el cristianismo en la actualidad?  En este aspecto afirma que el cristianismo, en lugar de reaccionar ante los problemas que van surgiendo, debe tener un carácter proactivo, es decir, debe tomar la iniciativa, anticiparse a los desafíos en la línea de la justicia y la gratuidad.  En la línea de la justicia poniendo de relieve aquellos bienes que cualquier persona, por el hecho de serlo, puede exigir. Sin embargo, esto, con ser mucho e irrenunciable, no basta. Hay una gran cantidad de bienes, sin los que la vida no puede ser buena y que tienen la peculiaridad de que ningún ser humano tiene derecho a ellos, ninguna persona puede reclamarlos en estricta justicia. Nadie tiene derecho a ser consolado cuando llega la tristeza. Nadie puede exigir esperanza, si ya no espera nada. Nadie puede reivindicar que alguien le contagie ilusión. Nadie puede reclamar un sentido para su vida. Nadie tiene derecho a ser amado cuando le hiere la soledad. Nadie tiene derecho a confiar en que el final de la historia no será el más rotundo de los fracasos o la más insustancial banalidad.  Es cierto que no son derechos, sin embargo, son necesidades de las personas para llevar adelante una vida buena y digna. Adela los llama derechos “de gratuidad” porque jamás podrán ser objeto de contrato, sino que son frutos del don. Para ella hay una “obligación” más profunda que la del deber, la que nace cuando descubrimos que estamos ligados unos a otros y por eso estamos mutuamente obligados. Aquí reside la gran aportación que el cristianismo debe dar, hoy día, en el terreno moral a la sociedad. Se trata de ayudar a descubrir la ligazón misteriosa que lleva a compartir lo que no puede exigirse como un derecho ni darse como un deber, porque entra en el ancho camino de la gratuidad, en el ancho camino de la alianza, y no sólo en el del contrato. Este camino de la Alianza, distinto al del contrato, es el que se nos ofrece en la Sagrada Escritura en el que se nos muestra que el ser humano tiene que decir “tú” antes de poder decir “yo”.  Desde ese básico reconocimiento mutuo el motor de la relación social no puede ser el autointerés, sino la compasión el “padecer con” otros el sufrimiento y la alegría.

En una entrevista reciente le preguntaban: ¿Cómo lleva la palabra Dios? ¿Le ha ayudado?

Sí, respondía, Dios es algo muy importante. Que Dios exista, y ojalá exista, sería una buena noticia por muchas razones. Una muy importante es para que la injusticia no sea la última palabra de la historia. Dios es el garante de que las víctimas puedan ser redimidas y los verdugos no tengan la última palabra. Esto nos invita a trabajar más activamente al lado de Dios para que la injusticia no se cometa. Dios está en el camino de la justicia y la esperanza por la que hay que trabajar: la esperanza de una humanidad redimida y de un mundo futuro en que la injusticia sea borrada.

Juan Jesús Cañete Olmedo
Sacerdote diocesano y Profesor de Filosofía

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