Razones de la fe X. La belleza un reflejo de lo divino. La vía pulchritudinis.

1.- La experiencia de la belleza.

Todos experimentamos una emoción profunda y conmovedora ante ciertas obras de arte, ante la naturaleza o ante algunas ideas. Es evidente  que  hay algo en el ser de las cosas cuya contemplación  produce deleite o satisfacción. En la vida cotidiana estamos rodeados de objetos y acontecimientos que consideramos bellos. La belleza se nos presenta por doquier: la belleza de la naturaleza,  la belleza de un cielo estrellado o una puesta de sol, la belleza de una persona, de una acción compasiva y de un gesto de amor,  la belleza de un mármol tallado, de  una poesía,  de una pintura o  de una tonada musical. Existe pues  tanto la  belleza natural  como la artística, pero también la belleza presente en la ética, en la palabra de la ciencia y en el conocimiento. Hay muchas bellezas porque hay muchas miradas que se derraman sobre el mundo y, parece tener tantos significados como estados de ánimo tiene el hombre. Ante ese encuentro con lo bello el tiempo adquiere una densidad especial, es más, parece detenerse; ¡instante, detente, eres tan bello!, dice Fausto en la obra de Goethe[1] , en ese instante dado se transforma la propia percepción de la realidad, permitiendo significados nuevos y diferentes de las cosas.   Esa experiencia nos permite distanciarnos de la rutina y abrirnos a mundos que tienen que ver con la libertad, con la creatividad y con la gratuidad, rompiendo así con el credo utilitarista que nos encorseta y la razón instrumental que nos domina. La belleza suele tener un efecto psíquico en nosotros que ninguna otra experiencia puede darnos.

El encuentro con la belleza propicia en el ser humano lo que denominamos “experiencia estética”. Kant[2]  decía que el espíritu tiene conciencia de cierto ennoblecimiento, cierta elevación por encima de la mera receptividad del placer  que le causa la impresión sensible. La belleza tiene que ver con un sentir doble,  el primero es de tipo espiritual, el impacto de la contemplación que nos eleva, el segundo  es físico, y tiene que ver con el gozo derivado al experimentarla. Este sentir no se puede enseñar pero sí pueden generarse las condiciones que  lo propicien.

2.- La belleza y la decepcionante explicación naturalista.

La experiencia de lo bello que afecta  en lo más profundo al hombre hace que nos planteemos la siguiente cuestión: ¿la belleza  tiene que ver  con un modo especial de mirar  o  la belleza desvela una realidad profunda y trascendente encarnada en la materia?

La respuesta  naturalista  trata de explicar la experiencia estética situándola en el marco evolutivo. La experiencia de lo bello permitiría un beneficio material en orden a la supervivencia. Esta experiencia, por ejemplo,  permitiría   atraer parejas para procrear,  o generaría alguna utilidad para la especie. Pero ¿qué beneficio puede tener el  reconocer hermoso un desierto?, o ¿qué posibilidad reproductora nos puede obtener el quedar fascinados por una armonización de tonos o una imagen poética? De todos es sabido que cuando nos encontramos algo intrínsecamente hermoso, rara vez lo achacamos a su utilidad. De hecho, como señalaba Kant[3], en la base de la experiencia estética está el placer desinteresado que se obtiene contemplando lo bello.

El naturalismo evolutivo no parece tener explicaciones razonables del por qué  y el cómo funciona el sentido estético. Más aún  suele decirnos que la trascendencia en torno a ella es ilusión, nuestra intuición se revela contra esa  visión simplista que vaciaría de sentido momentos fundamentales de nuestra vida.  Cuando encontramos algo hermoso salimos de la esfera de los medios-fines y nos introducimos en otro tipo de gratificación. D. B. Hart[4] afirma muy certeramente que la belleza se presenta a nosotros como un regalo totalmente injustificado, innecesario, pero maravilloso. La belleza es misteriosa,  pródiga, muchas veces inesperada e incluso caprichosa.

Quiero traer a colación el testimonio de dos autores muy distintos. El motivo es que ninguno de ellos hace una  clara profesión de fe teísta, pero, y esto es lo interesante, en ambos se observa como la experiencia de lo bello permite vislumbrar lo trascendente.

   En primer lugar citaré al filósofo francés Luc Ferry[5] quien,  resumiendo los argumentos de la moral, la conciencia, la razón y la belleza contra la visión naturalista de las cosas,  señalaba que la experiencia de la verdad, la belleza, la justicia y el amor, sea lo que sea  lo que digan los materialistas, sigue siendo fundamentalmente trascendente. No podemos inventar las verdades matemáticas, ni la belleza de una obra de arte, ni los imperativos de la vida moral. Ellos se imponen sobre mí como si vinieran de otro lugar.  Por su parte Hannah Arendt[6] decía expresamente que la efímera grandeza de las palabras y de los hechos pueden perdurar en el mundo en la medida que tienen belleza. Sin belleza, es decir sin la radiante gloria a través de la cual se manifiesta en el mundo la potencialidad de la inmortalidad, toda vida humana sería fútil  y ninguna grandeza podría perdurar. Y nosotros nos preguntamos,  ¿No será porque  estas cosas son señales que se imprimen en nuestras mentes y apuntan hacia la fuente que no puede ser otra que el mismo Dios?

3.- La belleza como  camino hacia Dios.

La contemplación de lo bello tiene que ver con un modo de mirar, percibir y sentir específico del ser humano, que propicia el desvelamiento de una dimensión del ser  que se muestra como trascendente en la misma materia. Por eso podemos hablar de una vía de acceso a lo divino a través  de la belleza que se suele denominar la via pulchritudinis.

La experiencia de la belleza, propicia el conocimiento intuitivo  de la fuente sagrada de la que mana.  Esa  fuente es una fuente que se desborda, que se da, que se ofrece. La fuente, ni somos nosotros mismos  ni la realidad que nos circunda, pues ambas se agotarían en sí mismas. Todo ser humano puede intuir el reflejo de Dios en el mundo, sería como una huella suya, una señal y ésta es la   belleza[7].

La belleza, que apunta a un hontanar trascendente, nos habla de don, de gracia, de amor, de bien. No hablamos de la ilusión o el consuelo que busca el hombre ante un mundo que lo hiere, hablamos de plenitud y de verdad, de ahí esa atracción, esa fascinación, esa turbación que despertándonos del letargo nos pone en camino. Platón[8] consciente de esto definía la belleza como el esplendor de la verdad. En El Banquete, Platón, nos habla del anhelo, y la nostalgia del hombre, fruto de su perfección original perdida, ciertamente aunque Platón no conociese las escrituras hebreas, las resonancias bíblicas son evidentes. Platón recoge algo que está en la experiencia más ancestral e íntima del hombre, es  la belleza la que le arrancaba del sopor cotidiano, hiriéndole, como un dardo,  le inducía a la búsqueda de esa fuente última en la que ser sanado. Por eso La experiencia de la belleza  permite penetrar la superficie de la realidad para encontrarse con su  origen y su destino,  permitiendo, así, palpar la orla de lo eterno.  La belleza es real y ésta es el reflejo de lo que el universo debe ser.

“La paradoja de la belleza”  nos incita a recorrer un camino que lleva a Dios. Se trata de una vía abierta que permite entrever un proyecto original bueno y bello y una posibilidad de vencer a un mal y una fealdad que no pertenecen al proyecto original. La gloria que vemos en el mundo reflejaría la belleza  del creador como la luna refleja la luz del sol (Sal. 19, 1-6). Desde de  la perspectiva estrictamente lógica a algunos les parecerá una apuesta  muy arriesgada, pero en el marco de nuestra experiencia cotidiana, de nuestra vida y nuestra historia quizás   nos encontremos ante la vía  más atractiva.

Juan Jesús Cañete Olmedo
Sacerdote diocesano y Profesor de Filosofía

[1] J. W. V. Goethe, Fausto, Alianza Editorial, Madrid 2014.

[2] I. Kant, Crítica de la Razón Pura, Alfaguara, Madrid 1978.

[3] I. Kant, Crítica del Juicio, Espasa, Madrid 2001.

[4] D. B. Hart, Experience of God, Yale University Press 2014.

[5] Luc Ferry, A Brief History of Thought: A Philosophical Guide to Living, Harper Perenntial, New York 2011.

[6] Hannah Arendt, Between Past and Future, Viking, New York 1968.

[7] S. Weil, La conciencia del dolor y la belleza. Trotta, Madrid 2010.

[8] Platón, Diálogos: Fedón, o la inmortalidad del alma; el Banquete, o el amor; Gorgias, o la retórica, Espasa-Calpe,  Madrid 1969.

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