Razones de la fe VI. El logos encarnado en la materia

En “Ideas y Opiniones”  Einstein[1]  señala: “El hecho mismo de que la totalidad de nuestras experiencias sensoriales sean tal que pueden ser ordenadas por medio del pensamiento…este hecho es algo que nunca entenderemos. Uno puede decir que el eterno misterio del mundo es su comprensibilidad”. 

El universo en el que nos encontramos se muestra como inteligible ya que está determinado por una serie de leyes que pueden expresarse con un aparato matemático relativamente sencillo. Las cuestiones que esto suscita serían: ¿Por qué el universo es tan comprensible? ¿Por qué la racionalidad matemática resulta efectiva para describir su funcionamiento? ¿No deja esto traslucir la presencia de una mente ordenadora del cosmos?

¿Qué dice el naturalismo ante esto? Una primera estrategia en este sentido será la de considerar que no existe racionalidad en la materia, sino que esta es una mera proyección de la mente humana. O sea el naturalismo intenta cuestionar la racionalidad del cosmos. Pero ¿cómo? El argumento que esbozan sería más o menos el siguiente: la razón no puede estar encarnada en lo material porque ésta no sería más que un producto de la lucha por la supervivencia surgida en el proceso evolutivo. La razón emergerá como un instrumento favorable para que los seres humanos pudiesen adaptarse al mundo. Esto plantea cuestiones tan sorprendentes como que  el pensamiento matemático, por poner un ejemplo, resultaría de una estrategia exitosa para sobrevivir. La naturaleza es, por lo tanto, no racional, la racionalidad que creemos observar no es la que está en ella sino la que nosotros hemos puesto en ella. Uno de los grandes problemas es que si esto es así la propia ciencia, en la que ellos ponen toda esperanza, se volverá incomprensible. Si lo que nosotros creemos descubrir no son más que meras proyecciones de la mente humana, la ciencia deja de tener sentido en tanto que búsqueda de la verdad.  Como señalaba Willen de Sitter: “Sin una fe sólida en la existencia del orden y las leyes no es posible ningún tipo de ciencia…esta creencia no forma parte de la ciencia, sino que es precientífica, y al estar mucho más arraigada en nuestra conciencia que la misma ciencia es la que la hace posible”[2] : Así la ciencia parte de la propia inteligibilidad del mundo y sin esa realidad no podría desarrollarse.

Una segunda propuesta sería dejarlo todo en manos del dios azar. La racionalidad del cosmos provendría de un caos original que tras un misterioso proceso aleatorio generaría el orden que podemos percibir. Desde luego esta pretendida solución no explica realmente nada. Nos encontramos con un conjunto de leyes matemáticas precisas, universales y totalmente atadas unas a otras, pretender que todo esto es fruto del demiurgo azar-probabilidad eso sí que es tener fe.

Después de todo, lo que observamos podemos calificarlo como una razón encarnada. Einstein se expresaba así: “Nunca he encontrado un calificativo mejor que el de la religión para referirme a esta confianza en la naturaleza racional de la realidad y su peculiar accesibilidad a la mente humana”[3]  .

Las leyes de la física existen realmente, no son proyecciones nuestras, el científico debe descubrirlas no inventarlas, y las cuestiones filosóficas que se plantean son: ¿De dónde proceden? ¿Por qué estas y no otras? ¿Por qué conducen de lo inerte a la vida, a la conciencia y a la inteligencia? Lo que el teísmo propone encaja muy bien con esto pues la racionalidad de lo real es justo lo que cabría esperar si Dios existiese. Para el naturalista sí existe un problema, pues difícilmente se puede soslayar el hecho de  que la inteligibilidad del universo  se pueda presentar como una voz de la racionalidad escuchada a través de los mecanismos de la materia. El naturalista lo verá como un hecho bruto sin explicación, simplemente es así, para el teísta sin embargo esto le parecerá lo más lógico pues no le extraña está racionalidad encarnada puesto que todo procede de una fuente (Dios) que es racional.

No parece muy descabellado el físico Paul Davies [4] cuando afirma que debe haber un fundamento racional inmutable en el cual encuentren su raíz la naturaleza lógica y ordenada del universo.  Es difícil evitar la impresión de que detrás de todo esto existe una mente al observar la comprensibilidad de un cosmos en el que las ecuaciones matemáticas, (hablamos metafóricamente), parecen entender el mundo mejor que nosotros mismos que somos quienes hemos construido tales ecuaciones ¿no es asombroso? El mundo es inteligible y nosotros, aunque limitadamente, lo comprendemos.  ¿Por qué? Bien podría haber sucedido que el universo fuera caótico y azaroso.

Desde una  perspectiva atea  es difícil creer que el mundo nos presente una cara legible.  En esta perspectiva  lo más probable es  el desorden, sin embargo vivimos en   el universo  legiforme, o sea ordenado; además un universo en que surgieron seres  conscientes de sí mismos y  capaces de captar su orden, e incluso darse cuenta de que lo conocen tal como es en alguna medida. Es bastante improbable que todo esto haya brotado por azar a partir de una especie de sopa original. Dos improbabilidades que se conjugan: la de un universo inteligible,  y la de alguien en ese universo que lo puede entender. Al naturalismo le cabe poco más que encogerse de hombros ante esta realidad, es así  y basta. Sin embargo existe otra posibilidad que parece muy racional, y es que  quizás podamos saber algo de Dios si reconocemos su huella en nosotros mismos y en el mundo que nos rodea. Antes que la verdad  afirmada, está la comprensibilidad reconocida. A pesar de los pesares, el mundo es comprensible, y los hombres a pesar de nuestras limitaciones, algo del universo entendemos. Desde luego esto encaja muy bien con la cosmovisión teísta.

¿Qué opción parece más racional? En la literatura científico filosófica uno puede encontrarse afirmaciones como las siguientes:

El universo que observamos tiene exactamente las propiedades que podríamos esperar si, en el fondo, no hubiera ningún diseño, ninguna intención, ningún bien, ningún mal, nada más que la indiferencia ciega y despiadada (R. Dawkins)[5] .

O por el contrario:

Un universo regido por leyes ajustadas  físicamente para la vida y no determinadas, y un mecanismo de generación de especies que explotaran dichas  características del marco físico es justo lo que cabría esperar de un mundo creado por Dios para el despliegue de la vida y para el surgimiento de seres libres, capaces de acción moral (F. J. Soler Gil)[6].

A la vista de lo dicho[7] parece difícil sostener la posición de Dawkins, de hecho la pregunta que surge inmediatamente es ¿qué tipo de universo y qué propiedades debería tener para qué el secularista viera indicios de algún diseñador?, me temo que el secularista no sería capaz de responder, o sea que ningún universo cumpliría esos requisitos. Lo que nos lleva a pensar que ese tipo de posturas son puramente ideológicas, y como toda ideología no se dejan examinar por la realidad, sino que las ideas se imponen a la realidad. Ciertamente  el que el mundo que observamos funcione como si Dios existiese  no significa que este exista, pero de hecho es un fuerte indicio a favor de la postura teísta.

 Juan Jesús Cañete Olmedo
Sacerdote diocesano y Profesor de Filosofía

[1] A. Einstein, Mis Ideas y Opiniones. Conjeturas, Antoni Bosch, Barcelona 2011.

[2] Citado por S. L. Jaki en Ciencia, fe y  cultura, Palabra, Madrid 1990.

[3] A. Einstein, Lettres à Maurice Solovine, Gautiers-Vilars, Paris 1956.

[4] P. Davies, What Happened. Before the Big Bang? en Russell Stannard (ed), God for the 21st Century, Templenton Fundation Press, Philadelphia 2000.

[5] R. Dawkins, el Río del Edén, Debate, Barcelona 2000.

[6] F. J. Soler Gil, Mitología materialista de la ciencia, Encuentro, Madrid 2013.

[7] Nos referimos  a toda la serie que bajo el epígrafe razones de la fe hemos ido publicando.

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