Razones de la fe V. La vida y la evolución, ¿huellas del creador?

Si tenemos que buscar un tema controvertido en el encuentro, o desencuentro, entre la fe y la ciencia, este es sin duda el suscitado por la teoría de la evolución. Posiblemente estemos ante una polémica orquestada, ya desde sus comienzos,  por cuestiones que tienen  que ver  más con lo ideológico  que con la relación entre la   ciencia y  la fe.  En el debate suscitado se hace evidente aquello que ya denunciara Blondel[1]: los problemas más difíciles de resolver son los que no existen. En este artículo  comenzaremos mostrando como no existe incompatibilidad entre la teoría de la evolución y la fe, para  finalizar indicando  como la aparición de la vida y su posterior desarrollo  pueden considerarse como indicios del Creador.

1.- Una nueva comprensión del mundo.

Desde el punto de vista filosófico y cultural podemos hablar de que con Darwin se operó un giro copernicano. Desde los albores de la filosofía en Grecia se había impuesto una concepción estática y fijista del mundo, sin embargo, a partir de mediados del s. XIX, todo el pensamiento estaría marcado por la idea de la evolución. El evolucionismo se convertiría en un aspecto fundamental del espíritu de nuestro tiempo. La naturaleza ya no era una realidad que simplemente estaba ahí, un mundo fijo y acabado como el que proponía Aristóteles, sino que la realidad era dinámica, el mundo se presentaba como un mundo autónomo que evolucionaba según unas leyes propias. La aparición de la vida y su posterior desarrollo no requerían de ninguna intervención divina.  Al modificarse la comprensión que se tenía de la historia natural del universo y la tierra, se modificaba también la comprensión que se tenía del Creador. La obra de Darwin introdujo un modo de pensar que lo transformó todo, conocimiento, moral y religión. El cambio, lejos de ser un signo de defecto y de irrealidad, era fundamental en todo lo que existe. Todo el cosmos aparecía con una dinamicidad evolutiva que llevaba a la vida, y de la vida emergía, de modo sorprendente, el mundo de lo mental.

2.- La evolución y el teísmo cristiano.

Ante la rápida difusión de las ideas evolucionistas comenzaron a surgir voces que creían  descubrir una incompatibilidad de fondo entre el relato bíblico de la creación y la teoría de la evolución, entre estas voces, curiosamente,  no se encontraba la de Darwin[2].  Este supuesto antagonismo venía motivado por una confusión categorial. Cuando hablamos de creación y cuando hablamos de evolución nos situamos en planos distintos. La creación se sitúa en un plano metafísico: Dios crea de la nada y la mantiene en el ser. La evolución opera ya en el plano de lo creado, lo opuesto a la evolución no es la creación sino la hipótesis fijista  que sostenía que toda la realidad habría quedado fijada desde el momento de la creación,  y no sufría ningún cambio. La creación y la evolución,  bien entendidas, no implican ninguna incompatibilidad. La teoría evolucionista de Darwin puede ser leída en clave teísta,  de hecho podemos hablar de la creación como creación continua o creación evolutiva. Paradójicamente, como señala Martin Ruse[3], cuando el darwinismo y el cristianismo se examinan en profundidad, los puntos que parecen controvertidos son precisamente aquellos en los que se puede avanzar y lograr un mayor entendimiento, la visión evolutiva nos enseña a comprender mejor el misterio de la creación y la grandeza del creador.

Tres fueron los temas que emergieron de la idea de Darwin y que generaron tensión con la religión cristiana: se podía aportar una interpretación materialista de la naturaleza humana; el hombre no aparecería ya como meta de la evolución; y, finalmente, Dios podía ser suprimido respecto a la acción en el mundo. Aparentemente, éstos podían ser problemas, pero la realidad es que el cristianismo quedaba liberado de la defectuosa idea del dios mecánico y deísta popularizada por William Paley[4] quien establecía la analogía de Dios   con un gran relojero. La naturaleza era presentada  como un gran mecanismo que necesitaba de ese Gran Ingeniero diseñador.

Materialistas, ateos y laicistas, vieron en las tesis darwinistas una vía para expulsar a Dios del espacio público. Uno de los problemas de este laicismo  era, y sigue siendo, el escaso conocimiento teológico, así, por ejemplo,  Richard Dawkins, en El relojero ciego[5], planteaba sus tesis contra el enfoque de la teología natural de Paley, como si éste fuera representativo del cristianismo en su conjunto, sin embargo, esto es totalmente ajeno a la realidad, ningún cristiano formado mantendría la tesis de Paley. El hecho de la compatibilidad entre las tesis de Darwin y el cristianismo, lo expuso ya el propio Darwin en una carta fechada en 1874 en la que afirmaba que:   A mí me parece absurdo dudar de que un hombre puede ser teísta ferviente y evolucionista[6]. El tema de las relaciones entre el darwinismo y el cristianismo fue objeto de una total manipulación, de hecho, el gran reformador social Charles Kingsley[7], al que el propio Darwin envió un ejemplar por adelantado de El origen de las especies, llegó a señalar: Sabemos de antiguo que Dios es tan sabio que bien pudo haber hecho todas las cosas, pero fíjense, es incluso más sabio, pues ha sido capaz de hacer que todas las cosas se hagan a sí mismas.

La evidencia científica del proceso evolutivo hizo que muchas creencias tuvieran que revisarse profundamente. Así, el discurso cristiano sobre la creación se ha enriquecido con el concepto de “creatio continua[8], una creación que se va desplegando a lo largo de la historia cósmica. Se trata de ver  la acción creadora de Dios en el mundo tal como es descrito por la ciencia.

Nuestro universo evolutivo está marcado por la lenta pero constante emergencia de nuevas realidades. Lo nuevo no se puede deducir de lo antiguo. Lo inicial no contiene necesariamente lo más reciente. La creación evolutiva no está terminada desde el principio; está aún emergiendo.

Como muy bien ha señalado I. Barbour[9]: Dios ha dotado a las cosas del mundo con potencialidades creadoras que se van revelando sucesivamente, aunque solo se actualizan cuando se dan las condiciones adecuadas. Los sucesos no acontecen según un plan predeterminado, sino con impredecible novedad. Dios experimenta, en un proceso siempre abierto de creación continua.

3.- El surgimiento de la vida y su evolución como huellas de la acción divina.

Hemos hablado de la compatibilidad entre la teoría de la evolución  y el cristianismo, sin embargo nuestro interés va más allá: ¿Pueden considerarse la emergencia de la vida en el cosmos y el posterior desarrollo evolutivo como indicios del Creador?, veámoslo.

Para comenzar podemos afirmar, como dijimos al comienzo del artículo, que la  teoría de evolución aporta una interpretación de cómo se despliega la complejidad biológica pero no ofrece una explicación de por qué  y cómo surgió la vida.  Existen múltiples teorías de cómo pudo surgir la vida, la realidad es que no lo sabemos. Los estándares científicos[10]  hablan de que la vida en la tierra surgió hace unos 3.470 millones de años. Es a partir de los primeros seres vivos[11] cuando  comenzarían a actuar los mecanismos de la evolución.  Con la aparición de la vida el universo se nos muestra como biófilo,  o sea que parece diseñado para que surja la vida. Podemos representar  la evolución del cosmos como una historia dinámica en la que se dan procesos que permiten la emergencia de  diferentes niveles de la realidad cada vez más complejos (físico-químico-biológico-psíquico). No tiene nada de extraño, que  tras la descripción de la realidad que nos ofrecen las ciencias, se pueda plantear  la posibilidad de una ortogénesis de fondo, o sea que la realidad  cósmico- evolutiva parece tener una cierta direccionalidad[12]. Aquí surge de modo inmediato la cuestión filosófica: ¿Todo esto sucede por puro azar?, ¿La finalidad que parece intuirse es una pura ilusión?, ¿No parece que en todo este proceso opera una especie de inteligencia, una razón encarnada utilizando la expresión de Einstein?

Al erradicar la teleología (los procesos naturales no tendrían ninguna finalidad) del hacer científico, el azar fue convirtiéndose en una especie de Deus ex machina que lo explicaba todo. Al azar y al tiempo se le dieron el papel  del demiurgo generador de todas las novedades. Aquí, sin embargo, surge un gran  problema  y es que, si nos limitamos al azar y al tiempo del que disponemos desde  el Big- Bang, ni siquiera se hubiese podido formar la más sencilla de las células.  Un ejemplo sencillo nos mostrará esto recurriendo a la probabilidad. Pensemos en la probabilidad de que se formen cadenas de ADN o ARN por puro azar. Si tomáramos  todo el universo conocido y lo convirtiéramos en chip de ordenador de una milésima de gramo, y cada chip fuese capaz de realizar 400 intentos, mezclando azarosamente las letras del abecedario,  a una velocidad de un millón de veces por segundo durante todo el tiempo acontecido desde el Big-Bang hasta hoy, no podría ensamblarse por azar ni un soneto y, no olvidemos, el ensamblar una cadena de ARN o ADN es mucho más complicado que un soneto[13]. Así pues el dios azar no lo es todo, en los acontecimientos  que dieron origen a la vida tiene que haber algo más que procesos aleatorios. No es de extrañar que en esos procesos muchas personas puedan intuir la presencia de  una razón encarnada en la naturaleza,  o sea, que puedan ver en ellos las   huellas del creador.

Asentada la vida en nuestro planeta, la teoría de la evolución explicaría como proceden unas especies de otras y como ésta se va diversificando. La teoría destaca la importancia del azar y de la selección natural en el proceso evolutivo pero cada vez resulta más evidente que no son los únicos factores implicados en la evolución. No hay ningún problema en reconocer la importancia del  azar en la evolución, la cuestión es que se intuye la presencia de  algo más que el azar, de modo jocoso podemos decir que  este azar nos parece demasiado inteligente. Hoy se habla de la epigenética,  de las propiedades de auto-organización de los sistemas complejos, de las evidencias de convergencia evolutiva, etc., temas que en su complejidad exceden las pretensiones de este artículo.  Lo que sí podemos afirmar es que  los mecanismos de la evolución operan como exploradores de las oportunidades y potencialidades que la realidad puede ofrecer. Lejos de ser un proceso puramente ciego la evolución se presenta como un proceso de asombrosa creatividad. El naturalista dogmático pensará en un proceso sin sentido, pero  a todo aquel que quiera observarlo sin lentes ideológicamente graduadas sentirá una enorme admiración, admiración que crecerá en la medida que vaya desvelando los secretos de la vida. No es de extrañar que contemplando la naturaleza,  y sus procesos, muchos experimenten aquello que San Agustín describió con estas bellas palabras:

“Permite que tu mente se pasee por la creación entera; el mundo creado te gritará por doquier: “Dios me creó”… Recorre los cielos de nuevo y regresa a la tierra, sin dejarte nada; por doquier todo te grita hablándote de su autor, más aún, las formas mismas de las cosas  son, como si dijéramos, las voces con las que alaban a su Creador”[14].

 Juan Jesús Cañete Olmedo
Sacerdote diocesano y Profesor de Filosofía

 

 

[1] Blondel, M., La Acción, B.A.C., Madrid 1996.

[2] Respecto a la relación   cristianismo y la evolución  véase el estudio de Sequeiros, L., ¿Puede un cristiano ser evolucionista?, PPC, Madrid, 2010.

[3] Ruse, M., Puede un darwinista ser cristiano. La relación entre ciencia y religión, Siglo XXI, Madrid 2007.

[4] W.  Paley   teólogo anglicano, publicó en  1802 Natural Theology, or Evidences of the Existence and Attributes of the Deity collected from the Appearances of Nature en ella pretendía demostrar la existencia de Dios desde el orden que presentaba la naturaleza.

[5] Dawkins, R., El relojero ciego, Tusquets, Barcelona 2015.

[6]   Darwin, F., (ed) The Life and Letters of Charles Darwin, citado por McGrath, A., La ciencia desde la fe, op. cit., p. 137.

[7]   Kingsley, Ch., The Natural Theology of the Future, citado por McGrath, A., La ciencia desde la fe, op. cit., p. 140.

[8] García Peregrín E., Investigar no es “jugar a ser Dios”, sino creación continua. https://www.tendencias21.net/Investigar-no-es-jugar-a-ser-Dios–sino-creacion-continua_a23713.html

[9]  Barbour, I.,“El encuentro entre religión y ciencia. ¿Rivales, desconocidas o compañeras de viaje?, Sal Terrae, Santander, 2004.

[10]   Núñez de Castro, I., “Yo doy la muerte y la vida” (Deut 32,35) El origen de la vida, diálogo entre ciencia y religión, Burguense, 53 (2012), pp. 215-242.

[11]  Al primer ser vivo se le denomina LUCA, acrónimo de Last Universal Common Ancestor (último ancestro vital común, o sea, el ancestro de toda la vida). Todos los seres vivos compartimos el mismo código genético, desde una bacteria a un ser humano este hecho apunta a ese ancestro común.

[12]   Ruíz de la Peña, J. L., Teología de la creación, Sal Terrae, Santander 1986; ésta es la cuestión que planteaba Teilhard de Chardin, P., en El grupo zoológico humano, Taurus, Madrid 1967.

[13]  Tomado de Flew, A., Dios existe, Trotta, Madrid  2012

[14] San Agustín, Comentarios a los Salmos, Obra completa vol. 22, BAC, Madrid 1969

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