Homilía del Obispo de Jaén en la ordenación sacerdotal

Queridos hermanos Francisco Javier, Antonio y Jesús:

Acabamos de escuchar unos textos de la Palabra de Dios, que yo mismo he elegido. Este es uno de los grandes momentos de la vida de un obispo, ordenar presbíteros para la Iglesia diocesana al servicio del pueblo santo de Dios que vive en esta bendita tierra de Jaén; y como soy yo el que ha recibido la gracia de ordenaros, me ha tocado a mí elegir lo que considero que necesitáis escuchar de la Palabra del Señor.

Mi intención al seleccionarlos ha sido, sobre todo, dejar que los textos hablen por sí mismos. Prefiero que sean ellos los que os sinteticen todo lo que el Señor os quiere decir, y yo con Él, el día de vuestra ordenación sacerdotal. Es posible que muchos piensen que este acontecimiento emotivo, festivo, familiar, eclesial y hasta social, es también un final de etapa; sin embargo, vosotros habréis de tener claro de que lo que estáis viviendo es un acto sacramental de envío. El Obispo que, como pastor os ha acompañado a través de vuestros formadores y profesores, os quiere decir, con el corazón y en el Espíritu, lo que entiende que el Señor desea de vosotros en el futuro que hoy mismo empieza a contar y que deseamos que sea largo y fecundo.

Para elegir, había textos más consoladores y probablemente más fáciles de escuchar. Sin embargo, he elegido los que se han proclamado para que nunca olvidéis que vuestra vida será de servicio a un pueblo, al que tendréis que conocer y con el que os tendréis que identificar. Sea cual sea la misión que vayáis a realizar, no os quejéis al Señor como Moisés; Él ya cuenta con que os sentís débiles y, por eso, ya prevé las soluciones que necesitáis para realizar la misión que os encomienda.

Fiados del Señor, los presbíteros nunca viven para sí mismos, ni marcan distancias ante las necesidades de la gente. Al contrario, tendréis que “cogerlos en brazos como una nodriza a su criatura”.  Eso, habréis de hacerlo desde el primer día, desde la primera hora, sin ahorraros en ningún momento el servicio abnegado y generoso al que estáis llamados. No se puede ser sacerdote sin la pasión por el pueblo, como muy bien recuerda el Papa Francisco. No sois sacerdotes porque el pueblo os elige, pero si lo sois porque el Señor Jesús os ha elegido y llamado para servir a su pueblo y llevarlo a ese precioso destino, que como sabéis es el de caminar y vivir en Cristo, en quien se encuentra el amor del Padre. Habéis sido elegidos para evangelizar. Nuestra existencia sacerdotal es que seamos testigos del Evangelio de Jesucristo cargando con el pueblo, aunque en ocasiones sintáis que os falten las fuerzas.

Cuando os resulte difícil cargar sobre vuestros hombros con el pueblo que el Señor os encomienda, no os quejéis tanto por lo que hacéis o por lo que os frustra; sólo se quejan los que no entienden la dinámica del envío misionero, son los que piensan que todo depende exclusivamente de ellos. A veces, se olvidan incluso de quien les envía. Dios nunca os envía solos; recordad a los setenta ancianos que acompañaron a Moisés. “Apartaré una parte del espíritu que posees y se lo pasaré a ellos, para que se repartan contigo la carga del pueblo y no la tengas que llevar tú solo». Dios siempre asocia a otros a nuestra misión.

Jesucristo dice: Id, y eso es plural. En su envío estaban incluidos los apóstoles y discípulos, y las mujeres y los niños, todos cuantos creerían en Él. A vosotros tres os dice Id, también en plural, y os sitúa en una compañía teológica, espiritual y humana, que tendréis que valorar cada día. Os envía en la Iglesia, en vuestra diócesis, os envía con vuestro obispo y en vuestro presbiterio; os envía en comunión sinodal con un pueblo santo. Con todos repartiréis la carga que se os encomiende en esta parcela querida de Andalucía, que es nuestra diócesis del Santo Reino de Jaén. No temáis en el día a día de vuestro ministerio, el Señor os da hoy la parte de su Espíritu que os corresponde y, con todos los que viven en el Espíritu, repartid la “bendita carga” de amar y servir a este pueblo.

Vuestra vida desde hoy es muy valiosa para Dios, Él ha puesto en vuestro corazón el amor que le tiene a su pueblo. Un amor que tendréis que comunicar, empezando por ponerle rostro y nombre a aquellos, a todos sin excepción, a los que vais a ser enviados sin hacer distinciones, sobre todo entre fáciles o difíciles. El Buen Pastor nunca hace categorías en su corazón. Por eso os digo, en palabras de Pablo a los presbíteros de la Iglesia de Éfeso: «Tened cuidado de vosotros y del rebaño que el Espíritu Santo os ha encargado guardar, como pastores de la Iglesia de Dios, que él adquirió con su propia sangre.

El tesoro de vuestra vida sacerdotal ha de ser muy bien cuidado. El encargo que hoy se os hace de guardar el rebaño, dependerá de vuestra caridad y calidad pastoral, como tantas veces os hemos dicho; una calidad integral que sólo se cultiva en la identificación y el seguimiento con Jesucristo Buen Pastor. Con Él aprenderéis cada día a ser expertos en humanidad, para cuidaros y para cuidar; en Él encontraréis la sabiduría humana y divina con la que tendréis que dar luz y esperanza al pueblo que cuidéis. El sacerdocio se cultiva cuidando al rebaño, por eso el olor a oveja es el mejor abono de vuestra espiritualidad sacerdotal.

La escena de Pablo, hablándoles como padre y pastor a los presbíteros de Éfeso, está sucediendo entre vosotros y yo esta mañana. Yo siento la misma preocupación por vosotros que el apóstol por aquellos presbíteros. Sé que os mando a un campo complicado en unos tiempos difíciles; sé que hay muchos peligros, que nos vienen desde fuera, pero también los hay graves y engañosos dentro del mismo rebaño del Señor en el que compartimos nuestro discipulado. Por eso os digo: estad alertas y sed fieles a lo que habéis aprendido en este largo tiempo en el que la Iglesia os ha preparado para ser apóstoles de Jesucristo.

Para que siempre se conserve el amor que os ha traído al altar esta mañana, este precioso primer amor, que hoy estoy seguro que sentís, os digo también como Pablo: vivid con la certeza de que estáis en manos de Dios y cultivad todo lo que os haga sentiros acariciados por el Señor: la celebración eucarística será cada día para vosotros las manos de Dios que, en el Cuerpo de Cristo, os acaricien. Cultivad lo que os conserve en la ternura divina, de la que habréis de vivir para ofrecerla a todos: la liturgia de las horas, la oración, el sacramento de la penitencia, el acompañamiento espiritual, la devoción a María… en fin, no dejéis de buscar las manos de Dios en vuestra vida, sobre todo cuando pueda llegar el dolor, las dificultades, las dudas, las tentaciones, que nunca faltarán… En fin, queridos, “os dejo en manos de Dios y de su palabra de gracia, que tiene poder para construiros y daros parte en la herencia de los santos».

“Esta es nuestra confianza: que el que ha inaugurado en vosotros esta obra buena, la llevará adelante hasta el día de Cristo Jesús” (Fil 1,6). La obra buena tiene su diseño en el Evangelio, por eso hoy os recomiendo, especialmente, el que hemos escuchado; este texto lo he elegido para que sea una alerta permanente en vuestro corazón sacerdotal. La obra buena que se inaugura hoy en vosotros es vuestra vida en Cristo, Buen Pastor.

Es en su imagen en la que tenéis que miraros cada día. Se trata de una imagen para hacerla vida en el ministerio. Es una imagen que necesariamente os tiene que identificar. Si así es la de Cristo, así será la vuestra. En esta imagen, Jesús aparece con un corazón que lleva sus pies cansados a recorrer las ciudades y aldeas, que no es estático, que no se mira a sí mismo, que busca a todos, que se ocupa y preocupa por todos; que tiene una opción preferencia por los débiles, desheredados, descartados. “Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, anunciando el evangelio del Reino y curando todas las enfermedades y todas las dolencias”.

En esta imagen, Jesús es Evangelio, buena noticia del amor de Dios: con sus palabras y sus gestos sanadores anuncia el Reino y lo construye con la paciencia y la pedagogía divina que siempre tiene con la condición humana: sembrando mucho, cosechando sólo el fruto de la buena tierra. En esta imagen muestra el Señor sus sentimientos más profundos, los rasgos más esenciales de su corazón: al ver a las gentes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, «como ovejas que no tienen pastor».

En esta imagen Jesús nos encomienda, especialmente a los sacerdotes, una misión que nunca hemos de olvidar: que nuestra vida sea contagio vocacional, para que muchos niños y jóvenes se enamoren de Cristo, le sigan y descubran, como vosotros, la llamada al sacerdocio o a cualquier otra elección de servicio. También nuestra vida en Cristo será llamada a que muchos se descubran discípulos misioneros, obreros en el campo de la siembra del Evangelio.

Y no olvidéis nunca que la imagen de Jesús se refleja, de un modo especial, en el corazón de su Madre, Madre sacerdotal, la Santísima Virgen. Contemplad ese corazón y ese rostro de María, reflejadlo en el vuestro, y os aseguro que la fidelidad se asentará en vuestra vida.

Amén.

 

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