¿Dios existe? Las razones de la fe I. Argumentos a favor de la existencia de Dios

En anteriores entradas del atrio de los gentiles fuimos  comparando la respuesta secularista y la  del creyente cristiano respecto a cuestiones fundamentales del ser humano.  Veíamos como temas como el sentido, la esperanza o la moral se encuadraban mejor en el marco de la fe religiosa que en el marco secularista. Ahora bien, una cosa es argumentar que no hay razones suficientes para negarle crédito al cristianismo y otra distinta afirmar que hay razones suficientes para creer en él. Pero, pensarán ustedes,  ¿es posible  demostrar la existencia de Dios?

1.- Más que demostrar argumentar.

Muchas de las personas escépticas suelen demandar a los creyentes un argumento lógico o empírico sobre Dios que sea irrefutable. Ellos solo estarían dispuestos a creer en Dios si se les ofreciese una prueba incontrovertible de su existencia. El problema, como ya mostrara Popper[1] ,  es que este criterio no lo podrían mantener ni las mismas ciencias naturales. Cuando hablamos de la búsqueda de la verdad nuestro camino es ir indagando y argumentando, nunca obtendremos unas certezas absolutas, el camino es la continua y laboriosa pesquisa en pos de los  mejores argumentos. No sirve de mucho la estrategia del que busca convencer por medio de un argumento lógico concluyente, como ese ajedrecista que tiene en su mente una jugada maestra con la que dará el jaque mate, de lo que se trata es de promover un diálogo en el que se compartan las mejores razones. Hacernos con la verdad completa no está al alcance de nuestras manos, y en el caso de Dios mucho menos, lo que procede con la verdad es amarla. Ciertamente se da el wishful thinking, el pensamiento desiderativo,  unos quieren  que Dios exista otros que no, pero  todos sabemos que los deseos y las realidades no siempre van de la mano. El mejor método es el de reflexionar juntos, socráticamente, siguiendo los argumentos  donde quiera que nos lleven.

2.-  La razón ante  la cuestión sobre Dios, una cuestión peculiar.

Cuando a su regreso a la Tierra el cosmonauta Gagarin dijo que no había encontrado a Dios, C. S. Lewis señaló  que esto era como si Hamlet hubiese subido a la torre más alta de su castillo en busca de Shakespeare y al  no encontrarlo hubiese dicho que no existía. Obviamente si Dios existe, no será desde luego un objeto más del universo. Su relación se parecería más a la del dramaturgo con su obra.  No podemos pretender encontrar a Dios como pretendemos encontrar una isla en el Pacífico o un nuevo elemento químico.  A la hora de hablar de Dios hemos de darnos cuenta de que no tratamos con un objeto común. Más que situarnos ante algo problemático nos vemos incluidos en el horizonte del misterio y aquí el terreno del corazón es tan importante como el de la razón. Hay temas que requieren un espíritu geométrico y otros, como el de la existencia de Dios, demandan un espíritu de finura donde el corazón no está ausente[2] . Teniendo esto en cuenta, y con todas las salvedades posibles, trataremos de mostrar que  es más razonable  creer  que Dios existe que  creer que no existe.

Los métodos de aproximación a la realidad dependen de la realidad a la que pretendemos aproximarnos. Como sostenía J. H. Newman[3]   no es racional pretender probar una cosa mediante un método que no hace proporción a su naturaleza.  Ahora comprenderán por qué hablamos de argumentar más que de demostrar. Pretender presentar una prueba lógica y sistemática respecto de Dios es no entender de hecho de qué hablamos cuando hablamos de Dios. Tal prueba situaría nuestra mente al mismo nivel de  Dios y por lo tanto eso no sería Dios sino una pura creación nuestra. En el tema de Dios lo que encontramos es una gran cantidad de indicios, de probabilidades convergentes, o sea indicios que apuntan hacia la existencia de Dios.  Cada uno de estos indicios por sí solo no ofrece más que una determinada probabilidad, pero en su convergencia unánime bastan para crear una certeza racional. De las probabilidades convergentes pasamos a la certeza por medio del mecanismo que Newman llamaba el “sentido ilativo”. El propio Newman ponía un ejemplo de este sentido ilativo:

“La mejor ilustración que yo mantengo es la de un cable compuesto de cierto número de hilos diversos, cada uno de los cuales es, por él solo, débil, más todos juntos son tan fuertes como una barra de hierro. La barra de hierro representa la demostración estricta o matemática; el cable representa la demostración moral, la cual consiste en un conjunto de probabilidades que, separadamente, no llegan a ser certezas, pero que  todas juntas son irrefragables. El hombre que dijera: no puedo tener confianza en un cable, han de darme una barra de hierro, sería en ciertos casos poco razonable e irracional. Tal es el hombre que dice: me han de dar una demostración estricta… de las verdades religiosas” [4].

Mediante ese  sentido ilativo nos es posible captar ese sentido de convergencia  de una multitud de indicios que, captados como un todo, engendran la certeza de la racionalidad de la fe. Más aún, desde esta perspectiva,  podemos afirmar que si la fe del cristiano no es racional, entonces, tampoco lo puede ser ninguna de las creencias fundamentales de nuestra vida.

3- ¿Qué haremos a lo largo de los siguientes artículos?

Lo que pretendemos en las siguientes  entradas del atrio de los gentiles es   ir presentando una serie de argumentos que muchas personas consideran racionalmente convincentes.  Estamos convencidos de dos cuestiones, primera que cada uno valorará de modo distinto la fuerza probativa de cada argumento, unos les parecerán más persuasivos y otros menos; segunda, ningún argumento es incontrovertible, o sea siempre se podrá buscar alguna razón para rechazarlo. De hecho  creer en Dios tiene mucho que ver con querer creer. Lo que sí podemos afirmar de modo concluyente es que la creencia en Dios puede ser puesta a prueba y justificada. Más concretamente intentaremos mostrar como  la idea de que Dios existe nos lleva a esperar la realidad de las cosas que observamos: que el universo en verdad existe, que se rige por leyes científicas, que hay seres humanos que lo habitan con conciencia de ello y con un sentido moral innegable; sin embargo la creencia en que no hay Dios  no nos lleva a esperar ninguna de esas cosas. Considero que más que limitarnos a presentar una serie de silogismos es más eficaz mirar la realidad y analizar si lo que observamos tiene un significado  más claro si Dios existe o si no existe. C. S. Lewis[5]   ofrecía una analogía que puede aclarar lo que pretendemos hacer. El afirmaba que creía en Dios  como creía que el sol había salido,  no solo porque lo veía, sino porque con su luz veía todo lo demás. En definitiva veremos como la luz de Dios nos permite ver y  entender mucho mejor toda la realidad.

Así pues, si Dios existe es de esperar que podamos encontrar las huellas de su presencia apelando a nuestras facultades racionales. Eso no significa  que la sola razón baste para conocer Quién es Dios.  Parece obvio que si el genial dramaturgo (Dios) existe,   la clave   para poder conocerlo estará  en su propia revelación personal más que en nuestras capacidades cognitivas.  Sin embargo esto no nos exime de salir a su encuentro a través de nuestra reflexión.  Así pues sopesemos y analicemos las razones  que subyacen en las creencias religiosas  y veamos  su razonabilidad.

 Juan Jesús Cañete Olmedo
Sacerdote diocesano y Profesor de Filosofía

[1] K. R. Popper, La lógica de la investigación científica, Tecnos, Madrid 2008.

[2] B. Pascal, Pensamientos, Tecnos, Madrid 2018.

[3] J.H. Newman, El asentimiento religioso, Herder, Barcelona 1960.

[4] Carta de  Newman  a Walker citado por José Vives en la introducción a El asentimiento religioso, Herder, Barcelona 1960.

[5] C. S. Lewis, ¿Es la teología poesía?, en El diablo propone un brindis, Rialp, Madrid 2017.

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