Día mundial del Medio Ambiente: “Inspirados por la creación: custodiar la casa común para las generaciones futuras”
4 junio de 2026
Cada 5 de junio celebramos el Día Mundial del Medio Ambiente. Este año lo haremos bajo un lema que, leído con atención, contiene una relevante propuesta: “Inspirados por la naturaleza. Por el clima. Por nuestro futuro.”
En una época acostumbrada a pensar que el progreso consiste únicamente en dominar, acelerar y transformar, la jornada introduce una palabra inesperada: inspirarse. No habla primero de controlar la naturaleza, ni de explotarla más eficientemente, ni siquiera solamente de protegerla. Nos invita a dejarnos enseñar por ella.
Puede parecer una idea sencilla. Sin embargo, encierra una intuición radical: la creación no es únicamente un conjunto de recursos disponibles para el ser humano. Es también una maestra.
Durante siglos, muchas tradiciones comprendieron que el mundo creado posee un orden interno y una capacidad de ilustrar algo esencial sobre nuestra condición humana. Los Padres de la Iglesia comentaban textos como el salmo 19, en el que se pondera la sabiduría divina que ha producido la naturaleza. San Agustín escribía: “Mira la belleza del mundo y alaba el designio del Creador: mira lo que hizo y ama al que lo hizo” (Sermones 68). Pero quizá ninguna figura expresa esta intuición con tanta fuerza como san Francisco de Asís.

En un tiempo lacerado por guerras, desigualdades y vaivenes económicos profundos, san Francisco eligió una relación distinta con la creación. No la contempló como una amenaza, sino como una comunidad de vida. El hermano sol, la hermana luna, el hermano viento, la hermana agua. No era poesía ingenua. Era una revolución espiritual. Nombrar como hermanos a los elementos entraña reconocer que el ser humano no ocupa el lugar de dueño absoluto del mundo, sino el de criatura entre criaturas, llamada a servir y custodiar.
No es casualidad que Jorge Mario Bergoglio eligiera precisamente ese nombre como Sucesor de Pedro, ni que comenzara una de sus encíclicas retomando un precioso canto del pobrecillo de Asís. En Laudato si’ el papa Francisco recordaba que la tierra “clama por el daño que le provocamos a causa del uso irresponsable y del abuso de los bienes que Dios ha puesto en ella” (n. 2), y que el deterioro ambiental nunca es solamente un problema ecológico: es también una herida social y moral.
Hoy esa herida se manifiesta de muchas maneras. La pérdida de biodiversidad artificialmente inducida, la contaminación del aire y del agua, la degradación de los suelos, la sobreexplotación marina o la destrucción de ecosistemas no son fenómenos aislados. Son expresiones de una misma lógica que rompe relaciones: entre seres humanos, entre generaciones y entre humanidad y naturaleza.

Sin embargo, sería un error pensar que esta crisis afecta a todos por igual. Existen pueblos y comunidades que sostienen una relación con el territorio muy distinta de la dominante y que, paradójicamente, suelen ser quienes más padecen sus consecuencias. Los pueblos indígenas, los pequeños agricultores, los pastores, los pescadores artesanales y las familias rurales han protegido durante siglos una parte inmensa de la diversidad biológica del planeta. Han conservado semillas, regenerado paisajes, gestionado bosques, mantenido sistemas alimentarios resilientes y transmitido conocimientos que ninguna innovación tecnológica ha logrado sustituir. No son guardianes románticos de un pasado idealizado. Son custodios solícitos de un patrimonio vivo del que depende el futuro de todos. Y, sin embargo, demasiadas veces siguen enfrentándose al despojo de sus tierras, la pérdida de acceso al agua, la devastación de sus territorios, el debilitamiento de sus formas de vida, el menoscabo de sus conocimientos y, en algunos lugares, incluso la violencia y la persecución por defender aquello que salvaguarda la vida.
Cuando desaparece una comunidad indígena, expoliada de su entorno natural, no desaparece solo una población, desaparece una forma de entender el mundo. Cuando un pequeño agricultor abandona el campo por falta de condiciones dignas, no perdemos únicamente producción: perdemos memoria ecológica. Cuando se unifican dietas, paisajes y semillas, se empobrece también nuestra capacidad colectiva para adaptarnos y sobrevivir.
Por eso el cuidado del medio ambiente exige ampliar la mirada. No basta con hablar de emisiones, tecnologías o eficiencia. Debemos preguntarnos también qué relaciones queremos construir con el territorio, quién toma decisiones, quién soporta los costos y quién tutela aquello que sostiene la vida. La cuestión ambiental es inseparable de la dignidad humana.

La Doctrina Social de la Iglesia lleva décadas subrayando que el destino universal de los bienes no desaparece por el hecho de que existan derechos de propiedad. La tierra, el agua y el aire no pueden reducirse a mercancías desvinculadas del bien común. Como recordó san Juan Pablo II, en Sollicitudo Rei Socialis, existe una hipoteca social sobre toda propiedad (n. 42). Benedicto XVI insistió en que el ambiente es un don para todos. Y Laudate Deum nos recuerda que retrasar decisiones urgentes ya no es neutralidad: puede convertirse en una forma de irresponsabilidad.
Pero el mensaje de este día mundial no es de resignación. La historia demuestra que los grandes cambios comienzan muchas veces en lugares pequeños y discretos: en una comunidad que recupera un humedal; en una escuela que educa para reducir desperdicios; en una política pública que preserva semillas locales; en una ciudad que recobra espacio para árboles y personas; en una empresa que no se olvida del desafío ambiental; en una familia que aprende nuevamente que cuidar vale más que consumir.
La presente edición de esta jornada internacional no nos pide admirar la naturaleza desde fuera. Inspirarse en la naturaleza significa asombrarse por la paciencia de los bosques, la diversidad de los ecosistemas, la sobriedad de los ciclos naturales y la capacidad de regeneración que sustenta la vida. Conlleva reconocer que el futuro no se abrirá paso ignorando los límites del planeta, sino aprendiendo nuevamente a habitarlo. Alienta a percibir el mundo no con ojos colmados de avidez, sino como una herencia recibida y una responsabilidad compartida. Porque custodiar la creación no significa retornar al pasado. Significa hacer posible el futuro. Inspirados en San Francisco de Asís se puede plantear que el cuidado de la creación no nace del miedo ni de la obligación, sino del respeto. Quizá esa sea también nuestra tarea hoy.
Mons. Fernando Chica Arellano
Observador Permanente de la Santa Sede ante la FAO, el FIDA y el PMA