John Henry Newman VIII. El camino de la fe

21 mayo de 2026

Se suele decir que la fe es un don. Y lo es. Pero esta afirmación, tan repetida en ámbitos religiosos, corre el riesgo de simplificar en exceso una cuestión profundamente humana: ¿cómo llega una persona concreta a creer de verdad? ¿Por qué alguien abraza la fe mientras otro la abandona? La experiencia cotidiana sugiere que las respuestas no son simples ni exclusivamente espirituales. Las personas creen, o dejan de creer, por una compleja red de motivos racionales, emocionales, biográficos y circunstanciales. En este terreno, el pensamiento de John Henry Newman resulta sorprendentemente actual. Lejos de ofrecer una visión abstracta o puramente doctrinal, se adentra en el proceso real por el que una persona llega al asentimiento religioso. Su obra Ensayo para contribuir a una gramática del asentimiento ofrece una reflexión profunda sobre la psicología de la creencia.

Newman parte de una intuición fundamental: “El asentimiento es un acto de la mente que no depende de la inferencia formal, sino de la aprehensión de la realidad”. Con esta afirmación rompe con una visión reduccionista de la razón. La fe no es el resultado de un silogismo perfecto, ni tampoco una emoción irracional. Es un acto personal que involucra a toda la persona. En este sentido, distingue entre dos tipos de asentimiento: el nocional y el real. El asentimiento nocional es el que damos a ideas abstractas. Podemos aceptar intelectualmente una proposición, por ejemplo, que Dios existe, sin que esa verdad afecte realmente a nuestra vida. Es un asentimiento frío, distante. En cambio, el asentimiento real implica una adhesión vital: la verdad conocida se experimenta como algo concreto, cercano, que interpela y transforma. Newman lo expresa con claridad: “Podemos creer en proposiciones sin creer en las cosas; pero el asentimiento real es el que se dirige a las cosas mismas, no solo a sus nociones”. Esta distinción ayuda a entender por qué muchas personas dicen creer, pero viven como si no creyeran, mientras que otras experimentan la fe como una certeza que orienta su existencia.

Pero ¿cómo se pasa del asentimiento nocional al real? Aquí aparece uno de los conceptos más originales y fecundos de Newman: el sentido ilativo. Se trata de una especie de “razón práctica”, una facultad de la mente que permite llegar a la certeza sin necesidad de pruebas estrictamente demostrativas. Newman describe este proceso como una “convergencia de probabilidades”. No hay una única prueba que obligue a creer, sino una acumulación de indicios que, en conjunto, generan certeza. “La certeza no es el resultado de una sola inferencia, sino de la reunión de muchas probabilidades convergentes”.

 Esta idea resulta especialmente relevante en el contexto cultural actual, donde se exige a menudo una evidencia absoluta para justificar cualquier creencia. El sentido ilativo actúa en ese espacio intermedio entre la duda y la demostración matemática. Es el modo en que las personas toman decisiones en la vida real: al elegir una profesión, confiar en alguien o formar una familia. No esperamos una certeza absoluta, pero sí una convicción suficiente, construida a partir de experiencias, testimonios, intuiciones y razonamientos parciales. Aplicado a la fe, esto significa que creer no es un salto irracional, sino un acto razonable en el marco de la vida concreta. Newman insiste en que “la mente humana es tal que puede alcanzar certeza en materias donde no hay demostración estricta”. La fe, por tanto, no contradice la razón, sino que la lleva a su forma más plena: una razón encarnada, vital, abierta a la realidad.

Este planteamiento tiene implicaciones importantes. En primer lugar, obliga a reconocer que el camino hacia la fe es profundamente personal. No todos llegan por los mismos argumentos ni en las mismas circunstancias. Para algunos, el punto de partida será una inquietud intelectual; para otros, una experiencia de sufrimiento o de belleza; para otros, el testimonio de una comunidad creyente. En segundo lugar, invita a una cierta humildad. Si la fe se construye a partir de una convergencia de probabilidades, también es posible que esas probabilidades no se perciban de la misma manera por todos. Esto explica, en parte, la diversidad de posiciones ante la religión en nuestra sociedad. No se trata simplemente de que unos sean más racionales que otros, sino de que cada persona interpreta la realidad desde su propia historia.

En conclusión, el pensamiento de Newman plantea un desafío tanto a creyentes como a no creyentes: examinar los fundamentos de sus propias convicciones. Porque, en el fondo, todos vivimos de creencias, aunque no siempre seamos conscientes de ello. La cuestión no es si creemos, sino en qué y por qué. La propuesta de Newman recuerda que la fe no es un automatismo ni una imposición, sino un camino en el que intervienen la inteligencia, la experiencia, la libertad y, sin duda, también el misterio. Quizá por eso sus palabras siguen resonando con fuerza más de un siglo después: “Creer es un acto personal, el más íntimo y más responsable de todos los actos humanos”. Entender cómo se llega a ese acto, y por qué se abandona, sigue siendo una de las grandes preguntas de nuestro tiempo.

Juan Jesús Cañete Olmedo
Sacerdote diocesano y Profesor de Filosofía

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