Actuar localmente para cuidar la vida

21 mayo de 2026

El 22 de mayo de 2026 celebramos el Día Internacional de la Diversidad Biológica bajo un lema tan sencillo como exigente: “Actuar localmente para lograr un impacto global”. No es una consigna más. Es una llamada a reconocer que el futuro de la vida sobre la Tierra se decide también en lo pequeño: en una semilla conservada por una comunidad campesina, en una selva protegida por un pueblo indígena, en una dieta que respeta las estaciones, en una política pública que defiende la salubridad del agua, la fertilidad del suelo y la dignidad de quienes producen nuestros alimentos. El Convenio sobre la Diversidad Biológica ha confirmado este lema para 2026, subrayando precisamente esa conexión entre la acción cercana y la responsabilidad planetaria.

La biodiversidad no es un lujo ornamental de la creación. Es la trama misma de la vida. Es reflejo de la riqueza del Creador y, por tanto, merece un respeto sagrado. Cuando desaparecen especies, variedades agrícolas, polinizadores, bosques, terrenos feraces o ecosistemas acuáticos, no perdemos solo belleza: perdemos alimento, salud, cultura, resiliencia y futuro. Por eso el Papa Francisco advirtió en Laudato si’ que no basta considerar las especies como simples “recursos” disponibles para nuestro provecho, olvidando que poseen un valor en sí mismas; y recordó que muchas desaparecen para siempre por causas vinculadas a la acción humana (cfr. nn. 32-33).

La Doctrina Social de la Iglesia nos anima a mirar la depauperación de la biodiversidad no solo como un percance técnico, sino como una cuestión moral. El deterioro ambiental es a menudo consecuencia de la falta de benéficos proyectos políticos, pero, sobre todo, tiene su hontanar en la ausencia de Dios y en la debilidad ética. Cuando flaquea la fe en Dios, las almas pierden la rectitud y el egoísmo triunfa sobre el esfuerzo por el bien común. Llevaba razón Su Santidad Benedicto XVI al afirmar: “Los desiertos exteriores se multiplican en el mundo, porque se han extendido los desiertos interiores. Por eso, los tesoros de la tierra ya no están al servicio del cultivo del jardín de Dios, en el que todos puedan vivir, sino subyugados al poder de la explotación y la destrucción” (Homilía en el solemne inicio del ministerio petrino, 24 de abril de 2005). Por consiguiente, la pérdida de biodiversidad está unida al cambio climático, a la pobreza, a los conflictos, a la inequidad, a la concentración de poder, a la exclusión de los pueblos indígenas y a la fragilidad de tantos sistemas alimentarios, pero especialmente al vacío interior, a la carencia de una auténtica espiritualidad y a la omisión de la solidaridad. Nos percatamos entonces de que allí donde se menoscaba y daña la naturaleza, los primeros que suelen sufrir son los indigentes. Cuando se destruyen los suelos, se contamina el agua o desaparece alguna variedad de semillas se hiere también el derecho de las personas y los pueblos a alimentarse con dignidad.

La FAO lo expresa con claridad: la biodiversidad es fundamento de los sistemas agroalimentarios, de la producción sostenible, de la seguridad alimentaria y de la nutrición para todos. El trabajo de esta Organización internacional ayuda a los países a usar, no lesionar y restaurar la biodiversidad en los sistemas agroalimentarios, como parte esencial de una visión de un mundo sostenible y libre del hambre.

Esta afirmación tiene consecuencias concretas. No habrá derecho a la alimentación sana sin biodiversidad. Una alimentación verdaderamente adecuada no se reduce a calorías. Requiere diversificación alimenticia, calidad nutricional, viandas culturalmente apropiadas, sostenibles y accesibles. La uniformidad de los cultivos y de las dietas empobrece no solo los campos, sino también los cuerpos y las culturas. En cambio, salvaguardar la agrobiodiversidad conlleva proteger cereales tradicionales, legumbres, frutas, hortalizas, peces, razas locales, conocimientos campesinos, sistemas pastoriles, bosques alimentarios y formas de vida que han sostenido durante siglos a comunidades enteras.

También por eso debemos escuchar con humildad a las comunidades originarias. No son reliquias del pasado, sino acervos de saberes indispensables para el porvenir. La FAO ha reconocido su papel en la regeneración de ecosistemas degradados y en la tutela de la diversidad biológica, apoyando procesos liderados por ellas mismas y arraigados en sus sistemas alimentarios, espirituales y de conocimiento.

Actuar localmente significa, entonces, mucho más que realizar gestos aislados. Implica fortalecer comunidades rurales, respaldar a los pequeños productores, preservar semillas nativas, defender los derechos sobre la tierra y el agua, reducir el desperdicio alimentario, promover dietas saludables y sostenibles, educar en el cuidado de la creación y asegurar que las políticas agrícolas, pesqueras, forestales y comerciales no sacrifiquen la vida en nombre de beneficios inmediatos.

La crisis climática añade urgencia. Sequías, inundaciones, olas de calor, maremotos, desertificación, tifones, huracanes, tornados e incendios forestales golpean con especial dureza a quienes menos han contribuido al problema. Los conflictos armados agravan esta realidad: impiden siembras, destruyen cosechas, erosionan las tierras, desplazan comunidades, cierran mercados y debilitan los vínculos entre las personas y sus territorios. Cuando la guerra devasta la naturaleza, también roba el pan de los menesterosos.

La tradición cristiana nos recuerda que la creación no nos pertenece como una posesión absoluta. Nos ha sido confiada. Somos administradores, no dueños despóticos; cuidadores, no depredadores voraces. Laudato si’ y Laudate Deum insisten en esta conversión ecológica que une justicia social, paz, sobriedad y responsabilidad intergeneracional. No se trata de nostalgia rural ni de romanticismo ambiental. Se trata de justicia. Se trata de reconocer que el clamor de la tierra y el clamor de los pobres caminan de la mano.

Por eso, en este Día Internacional de la Diversidad Biológica la invitación es clara: actuar localmente, sí, pero con conciencia universal. Cada comunidad puede convertirse en un laboratorio de esperanza. Cada municipio, escuela, parroquia, cooperativa, universidad, mercado y familia puede ser parte de una respuesta global. Las grandes transformaciones no nacen solo en los foros internacionales; germinan también en los surcos, en la gestión responsable del agua, en las cocinas, en las decisiones de consumo, en la transmisión de un saber ancestral.

Cuidar la biodiversidad es cuidar la mesa común de la humanidad. Es velar por el derecho de cada persona a una alimentación adecuada. Es honrar a quienes cultivan la tierra con esmero. Es escuchar a los pueblos que han sabido vivir en reciprocidad con la naturaleza. Es rechazar una economía que descarta vidas, culturas y ecosistemas. Es, en definitiva, reconocer que todo está conectado y que ninguna criatura es indiferente a los ojos de Dios.

El lema de 2026 de esta jornada internacional nos coloca ante una encomiable tarea: empezar cerca para llegar lejos. Actuar donde estamos, con lo que tenemos, junto a quienes comparten nuestra casa común. Porque cuando una comunidad protege su biodiversidad, no defiende solo su paisaje: custodia una porción del futuro del mundo.

 Mons. Fernando Chica Arellano
Observador Permanente de la Santa Sede ante la FAO, el FIDA y el PMA

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