Homilía en la Eucaristía de la Cena del Señor

La Cena Pascual que el Señor celebró con sus discípulos fue preparada con todo el esmero. Era la gran fiesta del pueblo judío. Sin embargo, tengo el presentimiento de que para los apóstoles era una celebración distinta, que esperaban algo especial de Jesús. Quizá fuera por eso que le preguntan a Jesús: “¿dónde quieres que preparemos la cena pascual? También para Jesús era esta una cena nueva y distinta, aunque su ritual celebrativo fuera el mismo. Jesús empieza esta cena con unas palabras que son, por su parte,  una declaración de intenciones: “Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer, porque os digo que ya no la volveré a comer hasta que se cumpla en el Reino de Dios” (Lc 22,15-16).

Tras esta emotiva manifestación Jesús, realiza, en efecto, una nueva cena pascual; en ella nos deja su propia pascua, la de su muerte y resurrección. Nos deja la Eucaristía, que anticipa el don de la vida nueva. Nos da el Señor lo que ya será para siempre la vida de la Iglesia: su Cuerpo y su Sangre. “Tomad y comed, dice Jesús, “mi Cuerpo entregado y mi Sangre derramada”. Y concluye diciendo: “Haced esto en memoria mía”. En este ritual de la Nueva Alianza, los apóstoles recibieron el don del sacerdocio y a ellos el Señor les encomendó la Eucaristía como fuente de vida para la Iglesia. “En la Sagrada Eucaristía se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo en persona, nuestra pascua y pan vivo que, con su carne, por el Espíritu Santo vivificada y vivificante, da vida a los hombres que, de esta forma, son invitados y estimulados a ofrecerse a sí mismos, sus trabajos y todas las cosas creadas juntamente con él”[1].

Seguro que muchos de ustedes estaréis diciendo: Esto es verdad, lo sabemos, aunque a veces no seamos conscientes de lo que celebramos, especialmente cunado lo hacemos en la pascua semanal, que es el domingo, día del Señor. Intuyo que también pensaréis: tú estás ahí celebrando la cena pascual, sentado a la mesa y vas a tener, bajo las especies de pan y de vino, el Cuerpo y la Sangre del Señor. Y lo va a recibir de manos de la Iglesia, que son ahora las manos de Cristo. Nosotros, sin embargo, nos tenemos que conformar con verlo por los medios de comunicación y nos vemos privados de esa participación plena, consciente y activa, que es para nosotros el verdadero deseo.

Así es, querido hermanos, es doloroso, pero esta es la dura realidad que estamos viviendo. Sin embargo, yo estoy convencido de que hoy el Evangelio, que es Palabra de Dios, se ha adaptado a nuestra situación. Los discípulos de hoy también le hemos preguntado previamente a Jesús: ¿Dónde quieres que te preparemos la cena Pascual? Y él nos ha dicho: “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre allí estoy yo en medio de ellos”. Ese es su deseo, sabemos por su Palabra que nunca nos dejará solos. Encontremos al Señor entre nosotros y confesemos y adoremos con el deseo la presencia de su Cuerpo y de la Sangre. Expresemos con una comunión espiritual nuestra nostalgia de la Eucaristía, que me consta es tan profunda en estos días de confinamiento. Decidle al Señor:

Señor, quisiera recibirte, todo mi ser lo desea,

pero en este momento no tengo esa posibilidad.

Sin embargo, mi deseo más puro

es el de llamarte, invocarte y desearte.

Si, Señor, quisiera recibirte con la pureza,

la humildad, la devoción y la confianza

con que te recibe su santa Madre.

Quisiera recibirte también con el espíritu

y fervor de los santos.

Ven a suscitar en lo más íntimo de mí este deseo

y a darme la gracia de su presencia y de tu fuerza.

San Juan, como sabéis, no cuenta la institución de la Eucaristía, la interpreta; por supuesto mejor que nadie. El la vivió reclinado en el corazón de Jesucristo. Es, por eso, que conoce su significado más profundo. De un modo especial nos recuerda que la Eucaristía es vínculo de caridad; que la Eucaristía es inseparable de la actitud de servicio y necesariamente ha de llevar a los pobres. Eso es justamente lo que hoy también nos recuerda la liturgia de la Iglesia, aunque este año sólo en la lectura del Evangelio. El rito del lavatorio de los pies se ha suprimido por las actuales circunstancias. Pero la Palabra sí nos ha actualizado el gesto de Jesús de lavar los pies. A pesar de la perplejidad de los apóstoles, sobre todo de la manifestada por Pedro, Él, el Maestro y el Señor le lava los pies, para que todos los discípulos de todos los tiempos aprendamos a amarnos los unos a los otros; para que sepamos ser promotores de fraternidad y caridad.

El lavatorio de los pies no es un gesto más, es un acto de amor. Lo recuerda el mismo Juan que empieza la narración con estas radicales palabras: “Sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”. Y lo hace para mostrarnos dónde está la raíz y la fuente de un precepto que mueve la caridad de los cristianos: “Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros; como yo os he amado, así también amaos mutuamente”.

Estos días, estamos siendo testigos de unos maravillosos gestos de amor, de solidaridad, de servicio, de entrega generosa a los demás. Sin embargo, se tiene la impresión, al menos por lo que se escucha en los medios, que sólo los miramos y valoramos desde una interpretación estética, afectiva y puramente humanitaria, que naturalmente ya de por sí es válida. Pero habría que preguntarse: ¿Por qué cuesta tanto reconocer públicamente que en la actitud de muchos está la raíz cristiana de su vida? ¿Por qué no descubrimos en la bondad de muchos el seguimiento de Jesús, el servidor?

El gesto de Jesús y la recomendación del amor fraterno es la verdadera fuente de nuestra caridad: lo que hacemos los cristianos siempre hay que verlo y sentirlo como proyección del amor de Cristo. Por eso, queridos hermanos y hermanas, del mismo modo que el martes les recomendé a los sacerdotes un gesto de caridad, lo hago ahora con todos. Hoy es el día del amor fraterno e invito a que tengáis posibilidades de hacerlo, a que penséis en un gesto de caridad para con los pobres de ahora y para con los que vendrán en el futuro en nuestra sociedad giennense. Cáritas, que es la caridad en la vida de la Iglesia, lo canalizará todo, como siempre hace.

Antes de concluir esta reflexión, me gustaría recordaros que Jesús es la manifestación divina de los sentimientos humanitarios de Dios. Jesús comparte nuestros miedos, angustias, sufrimientos e incertidumbres. Así lo hace con sus discípulos precisamente en esta cena de despedida que estamos celebrando. Por eso os cito palabras suyas que seguramente nos consolarán.

No os dejaré huérfanos: vendré a vosotros”. “La paz os dejo, mi paz os doy”, “no se turbe vuestro corazón, ni se intimide”, “vosotros os entristeceréis, pero vuestra tristeza se volverá en gozo. “ahora tenéis tristeza; pero de nuevo os veré, y se alegrará vuestro corazón, y nadie será capaz de quitaros vuestra alegría”. “Esto os lo he dicho para que tengáis paz; en el mundo habéis de tener tribulación; pero confiad: yo he vencido al mundo”.

Esas mismas palabras las sigue repitiendo Jesús en cada Eucaristía, son palabras de amistad, de paz, de consuelo y de esperanza.

 

En esta noche oscura de un mundo atemorizado nos vendrá muy bien escuchar también estas palabras de un santo andariego por estas tierras de Jaén, San Juan de la Cruz:

 

“Aquesta eterna fonte está escondida

en este vivo pan por darnos vida,

aunque es de noche.

Aquí se está, llamando a las criaturas,

y de esta agua se hartan, aunque a oscuras,

porque es de noche.

Aquesta viva fuente que deseo,

en este pan de vida yo la veo,

aunque es de noche”.

 

+ Amadeo Rodríguez Magro, Obispo de Jaén

[1] Benedicto XVI, Angelus, 25 de septiembre, 2005

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