Homilía, en la Catedral de Baeza, en el Jubileo Avilista de los Obispos del Sur

Queridos hermanos obispos y sacerdotes:

Tenemos hoy la gracia de reunirnos para celebrar la Eucaristía en la Catedral de Baeza, hemos venido a recoger las gracias que el Señor nos quiera dar en el año jubilar avilista. Celebramos, evocando al patrón del clero español, porque fue en esta ciudad, como sabéis, en la que San Juan de Ávila puso en marcha una institución académica para la formación y santificación de los clérigos. Esa ha sido la razón por la que esta Diócesis de Jaén, por concesión de la Santa Sede, ha puesto a disposición de toda la Iglesia, y en especial de la Iglesia en España, este acontecimiento de gracia, como lo han hecho también Córdoba y Ciudad Real.

Los obispos del Sur de España, hemos venido a pedir por nuestro ministerio y por las necesidades de nuestras respectivas diócesis, por intercesión del que consideramos como pregonero de la gloria de Dios en estas tierras de Andalucía. Para que el paso por la Puerta Santa sea un verdadero acontecimiento de conversión para nosotros, me voy a permitir una breve reflexión que nos aproxime a la santidad del Maestro Ávila. Al contemplar sus virtudes queremos renovar lo que somos por elección y consagración.

Es, por tanto, obligado que hagamos una semblanza del Doctor y Maestro, y que juntos busquemos algunos rasgos que nos puedan enriquecer en nuestro propósito jubilar de convertirnos en discípulos suyos y en miembros de la comunión de vida y espiritualidad que fue la escuela sacerdotal avilista. Como sabéis muy bien, quizás más por la admiración y la ejemplaridad de su vida, que por su propia iniciativa institucional, Juan de Ávila promovió un estilo de vida sacerdotal con rasgos muy definidos, tanto en su espiritualidad como en su ardor apostólico, que le ha llevado a ser, de generación en generación, punto de referencia tanto para los presbíteros andaluces como para los de toda España, y, naturalmente, también para nosotros los obispos.

De este empeño, quizá, lo primero que haya que decir es que San Juan de Ávila fue solamente sacerdote y al sacerdocio dedicó sus mejores energías. Alguien ha dicho que “no fue párroco ni coadjutor ni aceptó dignidades en ninguna diócesis” (Telechea). En efecto, el sacerdocio fue el eje alrededor del cual giró su vida. Esta conciencia de un sacerdocio sin añadidos ni exclusiones marcó toda su existencia. Por eso decía que “el presbítero ha de hacer vida que merezca dignidad y huir de buscar la dignidad”. ¡QUÉ CERTERO, VERDAD! Si por alguna razón caemos en la tentación de confundir la verdadera dignidad sacerdotal, nos puede servir de una gran ayuda saber que San Juan de Ávila recomendaba huir de la dignidad para merecer la dignidad.

“El sacerdote ha de ser un hombre que sólo profesa ser ministro de Cristo crucificado” (segundo memorial al Concilio de Trento). El punto de referencia ha de ser siempre Cristo, al que estamos llamados a imitar en su estilo de vida. En definitiva, la dignidad del sacerdocio está en la santidad, una santidad específica, la de la imitación y sintonía con los mismos sentimientos sacerdotales de Cristo. “En este espejo sacerdotal se ha de mirar el sacerdote, para conformarse con los deseos de Jesús”.

A partir de ese enfoque esencial, el estilo sacerdotal que señala San Juan de Ávila tiene, como es natural, otros rasgos imprescindibles. Y el primero es que sea un sacerdocio apostólico. Así lo vive y así lo recomienda: “la vida de los obispos y sacerdotes debe de “ser un dibujo de los apóstoles a quien suceden, tal que por la vida obispal, todos saquen por rastro cuáles fueron los antiguos apóstoles y no tales que no haya cosa que más los haga desconocer que mirar a sus sucesores”. Hemos de ser retrato de la escuela y colegio apostólico.

De San Juan de Ávila se dice que es el retrato vivo del Apóstol San Pablo. Un gran conocedor del Maestro Ávila dice: “Yo no recuerdo que en la historia de la Iglesia haya habido otro que se le asemeje tanto en la vida y en el pensamiento” (Padre García Villoslada). Esta vida apostólica la describe San Juan de Ávila en uno de sus sermones de esta manera: “¿Oh dichosos pastores que participaren algo en aquesta hambre y sed de salvación de ánimas que tuvo el Señor! En Cruz murió el Señor por las ánimas”.

Juan de Ávila nos muestra en su vida y escritos el diseño de una vida sacerdotal apostólica, y señala sus valores y virtudes recogidos del carnet de identidad de un apóstol santo, como diría el Papa Francisco. En ese modo de vivir apostólico pondera la pobreza. Por eso, dice: “la dignidad sacerdotal se demuestra en la humildad aún exterior. Como siempre suele suceder, la falta de pobreza es uno de los mayores motivos de escándalo entre los fieles”. Por eso dirá que quien representa a Cristo debe transparentar su vida, y en ello tendrá la garantía de que prolonga su misma misión: “Cierto es que nació en pobreza y aspereza, y de la misma manera vivió, y con crecimiento de esto murió” (Carta 182).

Del mismo modo, recomienda la obediencia, siempre a imitación de Cristo. Esto lo hace, además, con insistencia. Tan importante considera recomendar la obediencia que hasta pide disculpas por ello. “No os espantéis de que tanto os recomiende la obediencia… porque vuestra seguridad está en no querer libertad”. Entre Jesús y nosotros sucede algo precioso: la obediencia del sacerdote encuentra una motivación especial en el hecho de que el mismo Cristo obedece a las palabras del sacerdote. “Es admirable la obediencia que Cristo nos tiene, mayor a menor, Rey a vasallo”.

Como no podía ser de otro modo, Juan de Ávila tercia en el debate de su tiempo sobre la castidad sacerdotal, sobre el celibato. Propone una lógica que sigue siendo válida y práctica, aunque no le falten al Santo Maestro otras motivaciones más espirituales y profundas. “El remedio de estos no entiendo que es casarlos, porque si ahora, sin serlo, no pueden ser atraídos a que tengan cuidado a las cosas pertinentes al bien de la Iglesia y de su propio oficio, ¿qué harían si cargases con los cuidados de mantener mujer e hijos, y casarlos y dejarles herencia? Mal podrían militar a Dios y a negocios seculares”. Por eso Juan de Ávila exhorta a promover la formación de un sacerdote evangélico, al estilo de Jesús, en quien la castidad sea “su virtud propia, muy propia y propísima, puesto que cuerpo y alma se nos pide limpia para consagrar al Señor y recibirle con fruto”.

Puestas de relieve estas virtudes evangélicas esenciales, propone el camino a seguir para ir creciendo en eso que quiere para los sacerdotes. Recomienda estar enamorados de la Iglesia, de una Iglesia que necesita reforma y que trabaja por ella y en ella pacientemente. En los memoriales a Trento y en las Advertencias al Concilio de Toledo, apunta al sacerdocio como la raíz de los males y la clave de la reforma. En la Iglesia de su tiempo y, también, hermanos obispos, en la nuestra, sin nosotros es imposible la renovación misionera. Para eso, dice San Juan de Ávila que hemos de tener un espíritu semejante al de los profetas: que en todo pongamos calidad espiritual y docilidad el Espíritu Santo. Sólo así el ministerio del presbítero tendrá apertura al futuro y nos hará capaces, si fuera preciso, de deshacer lo que nos paralice y de aceptar con docilidad lo que nos empuje a saltar las tapias que, poco a poco, nos han ido acorralando, en un ministerio timorato, que, a poco que nos descuidemos nos encierra entre inercias y miedos.

También para San Juan de Ávila, como ahora lo es para nosotros, la caridad pastoral ha de ser la síntesis de la vida y la espiritualidad de un presbítero diocesano. Con un lenguaje muy expresivo, recuerda que la caridad pastoral tiene su fuente y su forma en un ferviente celo que haga arder el corazón del sacerdote en el fuego de amor de Dios y celo de almas, especialmente de las más débiles, a imitación de Jesucristo el Buen Pastor. El sacerdote “debe tener verdadero amor a nuestro Señor Jesucristo, el cual le cause un tal ferviente celo que le coma el corazón”.

Y para que este diseño sacerdotal fragüe en nosotros, nos recuerda el Maestro Ávila que todo ha de ser enriquecido con una profunda vida de oración: “Si tuviésedes callos en las rodillas de rezar y orar, si importunásedes mucho a nuestro Señor y esperásedes de él que dijese la verdad, otro gallo cantaría, ¿Quieres que te dé su luz y te enseñe? Ten oración, pide, que dar te ha. Todos los engaños vienen de no orar”. El mismo San Juan de Ávila es un gran orante que rumia, en largas horas de soledad, la Biblia. Tenía predilección por los evangelios y los escritos paulinos, que eran la base de su oración y de sus sermones. Será, además, una oración eucarística.

Y como no podía ser de otro modo, vive su participación en el sacerdocio de Cristo principalmente por medio de la Eucaristía: “El sacerdote representa en la misa a Jesucristo Nuestro Señor, principal sacerdote y fuente de nuestro sacerdocio”. San Juan de Ávila era un enamorado de la Eucaristía: celebrada, adorada, vivida y predicada.

Tampoco se olvida de recordarnos algo que es tan importante para los presbíteros de nuestro tiempo, la santificación en el ejercicio del ministerio: “No esperareis horas ni lugares ni obras para recogeros a amar a Dios; más todos los acontecimientos serán despertadores de amor. Todas las cosas que antes os distraían, agora os recogerán”.

Como síntesis de lo dicho recojo estas palabras de San Pablo VI en su canonización: “San Juan de Ávila enseña al menos esto, y sobre todo esto, al clero de nuestro tiempo: a no dudar de su ser sacerdote de Cristo, ministro de la Iglesia, guía de sus hermanos”.

En una semblanza de San Juan de Ávila no puede faltar un matiz esencial: su espiritualidad mariana. Por eso pedimos que Santa María, la Madre de los sacerdotes nos acompañe siempre. No olvidemos que el Santo Maestro compara la acción del sacerdote a la Santísima Virgen. Del mismo modo que ella como Madre “da a Dios humanado”, el sacerdote lo da no sólo una vez, sino frecuentemente. En este sentido, María considera a los sacerdotes como parte de su mismo ser, son para ella, según San Juan de Ávila, “los racimos de mi corazón”, los pedazos de mis entrañas”.

+ Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Jaén

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