La Virgen de Lourdes y el Beato Lolo

En el día en el que celebramos a Nuestra Señora de Lourdes, en este año que la Diócesis de Jaén conmemora el centenario del nacimiento del Beato Manuel Lozano Garrido, «Lolo», debemos recordar los frutos de la peregrinación de Lolo a la gruta de Lourdes, que no es otro que su gran obra pía, Sinaí.

Como tantos enfermos, Lolo también emprendió una peregrinación al Santuario de Lourdes al Sur de Francia. Corría el mes de mayo de 1958. Lo acompañó, como en todos los momentos de su enfermedad, su hermana Lucy: hermana, amiga, enfermera, confidente, transcriptora de sus escritos, en definitiva, sus pies y sus manos.

Contaba Lucy que Lolo al llegar al santuario le hizo un encargo “Compra una vela y enciéndela ante la Virgen. Que sea una vela muy grande…Para que nuestra fe no se acabe”. Esa fe arraigada en Manuel Lozano le hace desprenderse incluso de su dolor para encontrar al mismo Cristo sufriente en el  dolor de los otros. Tanto es así que Lolo dice en voz alta a su regreso de Lourdes: “¿Cómo iba yo a pedir por mí habiendo tantas personas que sufren más que yo?

A pesar de sus largos años paralizado en  una silla de ruedas, de su ceguera, de sus dolores, el hoy Beato Lolo no lloraba. Lucy lo vio una vez, fue durante esa peregrinación a Lourdes. A los pies de la gruta, Lolo no podía levantar la cabeza para mirar a la imagen de la «Inmaculada Concepción» que se levanta en el mismo lugar donde la pequeña Bernadette la vio un 11 de febrero de 1858. Lucy llevaba un espejo. Lo situó estratégicamente en las doloridas rodillas de su hermano y pronto Lolo vio reflejada la imagen de Nuestra Señora de Lourdes en ese espejo. Cuando su hermana retiró el espejo estaba lleno de lágrimas. Dice el postulador de su causa de beatificación, que esas lágrimas no era de dolor sino «por amor emocionado». “Te ofrezco también la alegría… la bendita alegría… la fecunda alegría” rezó emocionado Manuel Lozano a los pies de María Santísima.

Su peregrinación a Lourdes no devolvió a Lolo la salud física, pero sí que María, la Santísima Virgen, le hizo a Lolo un gran regalo en ese viaje. A la vuelta de Lourdes, Lolo meditaba  en el tren que «¡No puede entonces existir un dolor inútil!». Había que poner el dolor y el sufrimiento al servicio de los demás y hacerlo a través de la oración. Ya en la Estación madrileña de Atocha, Manuel Lozano había provocado una reunión. A la cita acudieron periodistas  jóvenes, católicos, inquietos. Entre ellos, Pérez Lozano, Lola Güell, Martín Descalzo… Allí les cuenta cómo hilvanar el dolor, la oración y el periodismo. Es ahí donde nace: Grupos SINAÍ” de oración por la Prensa Católica. Grupos de enfermos y monasterios que recen por los periodistas. «Para que igual que Moisés, mientras tenía las manos elevadas en oración (Ex 17,11) vencía Israel, igual el Evangelio se vuelque en los papeles de la prensa, en las ondas de la radio, en el trabajo de los periodistas y sirvan para un mundo mejor».

62 años después, Sinaí continúa. 46 grupos de oración siguen rezando por la prensa católica. En Jaén y Sevilla, en Barcelona y Madrid, pasando por Villafranca del Bierzo y Monforte de Lemos, hasta llegar a Argentina, por ejemplo. Con el ofrecimiento de su sufrimiento y dolor piden a Dios por aquellos que dedican su vida a la comunicación.

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