Tierra, redes y rebaños: La Encíclica Magnifica Humanitas a la luz del sector primario

29 junio de 2026

Leer la encíclica de León XIV Magnifica Humanitas (MH) desde la perspectiva del agricultor, el pescador y el pastor es realmente aleccionador y provechoso. Solo es posible hacerlo con la misma atención con la que se observan los cambios de estación. Firmado el 15 de mayo de 2026, en el 135º aniversario de la histórica Rerum Novarum de León XIII, este reciente documento del Santo Padre se adentra en el complejo ámbito de la Inteligencia Artificial y la transformación digital, no como una amenaza lejana, sino como el nuevo clima que condiciona la vida y el alma de los pueblos.

El lenguaje del texto pontificio es elocuente e incisivo; nos arranca del letargo y muestra que la persona humana fue creada a imagen y semejanza de Dios, y que su valor jamás podrá quedar atenazado por algoritmos ni encasillado en el rendimiento técnico. “Su dignidad no depende de las capacidades que posee, de las riquezas o del rol que desempeña, ni de las decisiones justas o equivocadas que toma, sino que es un don que la precede y la excede, dado por Dios como expresión de su amor que nunca falla. Por eso, el ser humano permanece siempre como «el camino primero y fundamental de la Iglesia» y el corazón de toda auténtica vía de desarrollo humano integral” (MH, n. 50).

La mirada del agricultor: Los ritmos de la creación frente a la prisa del algoritmo

El hombre que hunde sus manos en la tierra comprende perfectamente la advertencia de la encíclica sobre la desmesura del control técnico. Para el agricultor el tiempo tiene un valor sagrado: el barbecho, la siembra, la paciencia y la cosecha. Son procesos orgánicos que exigen respeto por los ciclos de la naturaleza y el cuidado de la casa común. El Papa nos alerta sobre el peligro de erigir una nueva Torre de Babel tecnológica, donde la humanidad, en su afán de controlarlo todo y optimizar cada proceso, termine cediendo su libertad a lógicas de poder y beneficio mercantil (cfr. MH, nn. 7-10).

Desde esta perspectiva agraria, el documento se vuelve brillante al cuestionar si la hiperconexión nos nutre o nos marchita. El agricultor sabe que un suelo sobreexplotado pierde su fertilidad; del mismo modo, si entregamos la custodia de nuestro espíritu a un puñado de cables, renunciaremos a nuestra propia condición humana. La tecnología, advierte Su Santidad, es un don que puede aliviar sufrimientos, pero debe permanecer ordenada al bien común. No se trata de rechazar el progreso, sino de orientarlo para que sirva a la persona, en lugar de doblegarla a la dictadura de la eficacia (cfr. MH, n. 129).

La voz del pescador: Navegar en el mar de la transformación digital

El pescador, acostumbrado a echar las redes en la inmensidad del mar y a enfrentarse a la incertidumbre y a la tormenta, encuentra en Magnifica Humanitas un faro luminoso. Las aguas de nuestro tiempo están agitadas por la revolución informática y la Inteligencia Artificial, una transformación tan intrincada y disruptiva como lo fue la revolución industrial en su día. Ante estas res novae (cosas nuevas), el documento subraya que la Iglesia debe hacer oír su voz no para dominar, sino para servir.

En el piélago digital, donde los datos y la información fluyen como fuertes corrientes, el pescador se pregunta: ¿quién controla las redes? El Obispo de Roma denuncia cómo el incumplimiento de los estándares laborales en la economía digital constituye una nueva forma de esclavitud. Frente a un progreso técnico que conmina con concentrar el poder en unas pocas manos, la encíclica llama a tejer la civilización del amor, que garantice oportunidades equitativas, proteja a los frágiles y someta el uso de la tecnología al control público (cfr. MH, nn. 148-169). El pescador asiente: el fruto de la pesca debe ser para el sustento de la comunidad, no para el acaparamiento y el descarte de los más vulnerables.

El corazón del pastor: Custodiar los vínculos y el rebaño

El pastor, que conoce a sus ovejas por su nombre y camina junto a ellas, capta la esencia más profunda del magisterio de León XIV: la prioridad absoluta de la dignidad humana y el cuidado de los vínculos. En una época asomada al borde de un abismo existencial y marcada por guerras y desinformación, el Sucesor de Pedro nos invita a ser artesanos de esperanza y tejedores de vínculos. El verdadero valor del rebaño no radica en su optimización técnica, sino en la relación y la comunión.

El Pontífice incide en un aspecto vital para el pastor: la defensa de la existencia encarnada. Nos recuerda que Dios se hizo carne en la humanidad y, por tanto, somos criaturas llamadas a la relación real, no a la optimización fría (cfr. MH, nn. 1-2). Cuando el murmullo de las notificaciones reclama nuestra atención, el pastor nos recuerda el valor del silencio y del encuentro. La grandeza de nuestra humanidad no se medirá en algoritmos, sino en cómo esa magnífica humanidad —especialmente en su rostro más frágil— es custodiada y amada. La encíclica Magnifica Humanitas evoca, a través de la figura de María, que la verdadera fuerza está en la humildad y en la fe, capaces de vislumbrar la obra salvífica de Dios en medio de las dificultades de la historia (cfr. MH, nn. 243-245).

En conclusión, para quienes viven vinculados a la tierra, al mar y al cuidado de los rebaños, las palabras del Papa León XIV resuenan con la sabiduría de las cosas eternas. Nos llaman a la responsabilidad, al discernimiento y a la esperanza. No debemos ser espectadores resignados, sino garantes de nuestra propia humanidad, constructores de una sociedad donde el progreso tecnológico esté verdaderamente al servicio del bien común y del hombre.

Mons. Fernando Chica Arellano
Observador Permanente de la Santa Sede ante la FAO, el FIDA y el PMA

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