Declara la guerra al hambre

30 enero de 2026

Manos Unidas convoca el próximo 8 de febrero su campaña anual, que en este 2026 lleva por título Declara la guerra al hambre. Como un dardo que da en el centro de la diana, el lema vuelve a la razón de ser originaria de esta organización —la lucha contra el hambre— y, al mismo tiempo, interpela una realidad contemporánea marcada por la violencia desmedida. De este modo, el mensaje alcanza no solo la inteligencia, sino también el corazón de cada persona. Vienen entonces a la mente los versos de Miguel Hernández, pertenecientes a su libro Cancionero y romancero de ausencias:

Tristes guerras
si no es amor la empresa.
Tristes, tristes.
Tristes armas
si no son las palabras.
Tristes, tristes.
Tristes hombres
si no mueren de amores.
Tristes, tristes.

En los párrafos que siguen quiero evocar algunas afirmaciones significativas que, en relación con esta cuestión tan candente, han formulado los Sucesores de Pedro a lo largo de los últimos decenios. No se trata de un recorrido exhaustivo, sino de un breve botón de muestra que nos ayude a iluminar el presente y a animarnos a un compromiso compartido para plantar cara al hambre, enfrentándonos a ella con decisión. Porque esta es, en verdad, la única guerra que merece la pena.

Comenzamos con san Pablo VI, quien, durante su peregrinación a Bombay (India), en noviembre de 1964, lanzó un mensaje con inaudita audacia: “Que toda nación, cultivando pensamientos de paz y no de aflicción y de guerra, ponga a disposición también una parte de las sumas destinadas a los armamentos a fin de constituir un gran fondo mundial destinado a subvenir a las muchas necesidades de alimento, de vestido, de casa, de cuidados médicos que afligen a tantos pueblos”. Tres años después, esta vehemente petición fue recogida por Montini en su encíclica sobre el desarrollo de los pueblos, donde subrayó su urgencia y sus profundas implicaciones (cf. Populorum Progressio, nn. 51-53).

A instancias de san Juan Pablo II, el Consejo Pontificio Cor Unum publicó en 1996 un importante documento titulado El hambre en el mundo: un reto para todos. El desarrollo solidario. En su número 28 se asevera con claridad: “Una paz duradera no es el resultado de un equilibrio de fuerzas, sino de un equilibrio de derechos. La paz no es tanto el fruto de la victoria del fuerte sobre el débil sino —en cada pueblo y entre los pueblos— el fruto de la victoria de la justicia sobre los privilegios injustos, de la libertad sobre la tiranía, de la verdad sobre la mentira, del desarrollo sobre el hambre, la miseria o la humillación”. Palabras clarividentes que, casi treinta años después, resuenan hoy con renovada contundencia.

El papa Benedicto XVI dedicó su Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de 2009 al tema Combatir la pobreza es construir la paz. En él se refería a “la actual crisis alimentaria, que pone en peligro la satisfacción de las necesidades básicas”, evidenciando que dicha crisis “se caracteriza no tanto por la insuficiencia de alimentos, sino por las dificultades para obtenerlos y por fenómenos especulativos y, por tanto, por la falta de un entramado de instituciones políticas y económicas capaces de afrontar las necesidades y las emergencias”.

Por su parte, el papa Francisco, en el Mensaje Urbi et Orbi de 2022, denunció una vez más que “nuestro tiempo está viviendo una grave carestía de paz” en diversas regiones del mundo, verdaderos “escenarios de esta tercera guerra mundial a pedazos”. Y nos invitaba, en la Noche de Navidad y siempre, a no apartar la mirada de Belén, que significa casa del pan, recordándonos a quienes sufren hambre —especialmente los niños— mientras cada día se desperdician grandes cantidades de alimentos y se derrochan ingentes recursos en armamento. “Toda guerra —afirmaba el pontífice— provoca hambre y usa la comida misma como arma, impidiendo su distribución a los pueblos que ya están sufriendo”. Por ello, concluía, debemos comprometernos para que la comida sea siempre un instrumento de paz.

Más recientemente, en octubre de 2025, Su Santidad León XIV visitó la sede de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), con ocasión del Día Mundial de la Alimentación. Allí puso de relieve que los conflictos actuales han hecho resurgir el uso de los alimentos como arma de guerra, en abierta contradicción con el derecho internacional humanitario. Con palabras particularmente intrépidas afirmó: “El silencio de quienes mueren de hambre grita en la conciencia de todos. No podemos seguir así, ya que el hambre no es el destino del hombre sino su perdición”. Y concluyó con una llamada inequívoca a la responsabilidad mancomunada: nadie puede quedar al margen de esta lucha; esta batalla es de todos.

Declarar la guerra al hambre no es, por tanto, un enunciado retórico ni una consigna piadosa. Es una vigorosa toma de postura ética, humana y cristiana. Es decidir, en medio de un mundo desgarrado por conflictos, que esta es la única guerra justa y necesaria: una guerra que no se libra con armas, sino con tesón, solidaridad, cooperación, justicia y amor fraterno. Hemos de convencernos de que el hambre solo se erradicará si es el amor lo que nos mueve.

Manos Unidas nos alienta una vez más a no permanecer indiferentes, a implicarnos generosamente desde lo que somos y tenemos, y a sumar esfuerzos para que el pan llegue a todas las mesas y la dignidad a todas las personas. Porque el hambre no es inevitable, porque callar nos hace cómplices y porque esta batalla —como nos recuerdan con insistencia las voces proféticas de la Iglesia— nos reclama a todos, aquí y ahora.

Fernando Chica Arellano
Observador Permanente de la Santa Sede ante la FAO, el FIDA y el PMA

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