Unos días de gracia: Impresiones de la peregrinación a Tierra Santa

Antonio Garrido de la Torre 

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23 de agosto: Salida del aeropuerto de BarajasEl Seminario era el punto de partida. A las seis de la mañana del sábado, veintitrés de agosto, los peregrinos se despedían de sus familiares antes de montarse en los cuatro autobuses que partían rumbo al aeropuerto de Barajas. En total, doscientos diez peregrinos. Y entre ellos veintiséis sacerdotes diocesanos, muchos de ellos pertenecientes al «clero joven», los curas que han sido ordenados en los últimos cinco años. La peregrinación fue presidida por nuestro obispo, D. Ramón del Hoyo, que cada día fue turnándose por los cuatro autobuses para acompañar a los peregrinos. Él presidió las celebraciones litúrgicas en las que los cuatro grupos nos juntábamos y participó como un peregrino más en todas las visitas que realizamos. El viaje a Madrid comenzaba con las primeras oraciones y la súplica a la Virgen María: «ven con nosotros al caminar, Santa María, ven». Y ella nos acompañó en este viaje al encuentro de su Hijo, a la tierra de Jesús. La identidad de la peregrinación estaba clara. No era un viaje turístico. No se trataba sólo de ver cosas. Íbamos en peregrinación a Tierra Santa y queríamos sobre todo potenciar el aspecto espiritual en estos días, con la lectura y reflexión de los pasajes evangélicos en los distintos lugares santos y con la vivencia de la Eucaristía como momento culminante de cada jornada.

Al coger el avión no podíamos dejar de recordar la tragedia de los días anteriores en ese mismo aeropuerto. El tema de conversación era inevitable estando tan cercano el accidente del vuelo de «Spanair». Gracias a Dios todo fue bien, tanto en la ida como en la vuelta. Tampoco hubo que destacar ningún accidente o incidencia especial en la peregrinación más que el cansancio lógico en personas de más edad, debido especialmente a las temperaturas elevadas del mes de agosto.

La primera fase de la peregrinación se centraba en Galilea. Y allí los peregrinos pudimos caminar por las mismas sendas por las que Cristo comenzó su ministerio público. Recorriendo estos lugares santos es más fácil comprender toda la vida del Señor Jesús, enmarcar cada una de sus palabras dentro del espacio en el que se pronunciaron para poder así penetrar en la hondura de su doctrina. ¿Cómo no acordarnos de aquella parábola del sembrador viendo esos campos dorados de mieses? ¿Cómo no puede la memoria recordar la llamada de los primeros discípulos paseando por la orilla del lago de Galilea? ¿Cómo no imaginarnos a Jesús acompañado por sus apóstoles por aquellas calles empedradas de Cafarnaum?

Se trata en definitiva de comprender mejor el evangelio de Jesús enmarcándolo en su contexto geográfico. Profundizar en la palabra de vida de Cristo imaginando la situación en la que fue expresada. Y a esto ayuda de manera especial esta peregrinación por los mismos sitios por los que discurrió la vida de nuestro Salvador. Es lo que San Ignacio de Loyola calificaba en el libro de sus ejercicios espirituales como «composición de lugar», que es una gran ayuda para centrar nuestra oración y la reflexión sobre los textos evangélicos: «La composición será ver con la vista de la imaginación el lugar corpóreo, donde se halla la cosa que quiero contemplar. Digo el lugar corpóreo, templo o monte, donde se halla Jesucristo o nuestra Señora, según lo que quiero contemplar» (Ejercicios Espirituales, nº 47).

Concelebración en la Basílica de la Anunciación de NazaretEn la basílica de la Anunciación de Maria, en Nazaret, la celebración de la Eucaristía y la visita a la gruta de la Virgen fue una experiencia inolvidable. Aquí se hizo carne el Hijo de Dios. Aquí se pronunció aquel «sí» que cambió la historia de la humanidad. Cuando nuestro obispo D. Ramón, tras presidir la eucaristía, rezó el «Angelus», aquellas palabras tomaban una luz especial junto a la humilde cueva habitada por una sencilla doncella nazarena. Dios nos hizo el gran regalo de poder orar ante la gruta donde el ángel anunció a María que sería la Madre del Salvador, rezando y contemplando lo que la Virgen sentiría en aquel momento. La estancia en Nazaret se completó con la visita a la Iglesia de la casa de San José.

También hubo tiempo para poder visitar las excavaciones arqueológicas cercanas en las que los guías acertadamente nos hablaron sobre el modo de vida en tiempos de la Santísima Virgen. ¡Cuanta sencillez, Señor, tuvo la vida de tu Madre bendita! Allí, en aquellas casas, mitad cuevas excavadas en la roca y mitad realizadas con frágiles muros de bloques de barro, cubiertas con ramas secas, se desarrolló la vida de la familia de Nazaret, esa familia de la que tanto tenemos que aprender en su sencillez, unión y amor. Cuando nos íbamos para el autobús, un peregrino ya mayor, que pertenecía a mi grupo, me preguntó: «Que digo yo, Don Antonio, que entonces por estas calles jugaría el niño Jesús con los otros niños del pueblo». Y sí, efectivamente, así sería. Allí se desarrolló la infancia del Niño Dios y allí fue donde «Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres» (Lc 2,48-52).

También tuvimos una celebración muy significativa en Caná de Galilea, donde Jesús convirtió el agua en vino y prolongó la alegría de aquellos novios a instancias de su Madre. El Sr. Obispo bendijo a los matrimonios de la peregrinación, renovando las promesas del sacramento que recibieron un día y que unió sus vidas para siempre.

Visitamos lugares tan emblemáticos como Haifa, el monte Carmelo, el desierto de Judea, el mar muerto, Jericó, la tumba de Lázaro en Betania, Emaús, el monte de las bienaventuranzas, el monte Tabor, la iglesia del Primado de Pedro… y allí, en esta sencilla iglesia junto al lago de Galilea en la que Jesús preguntó a Pedro y nos preguntó a nosotros si lo queríamos, tuvimos una celebración de la penitencia. Ante el don de la misericordia de Dios que borra nuestros pecados, renovamos nuestro amor por el Señor, en el mismo sitio en que resonaron las palabras de San Pedro: «Señor, Tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero» (Jn 21, 17).

En el río Jordán rememoramos nuestro bautismo, en aquellas aguas que acogieron el gesto tan significativo de Cristo cuando se puso a la cola de los pecadores y recibió el bautismo de manos de Juan. También visitamos la iglesia de la natividad de Juan el Bautista, ligada históricamente a nuestra nación, y también en aquella preciosa serranía visitamos la casa de la madre de Juan, Isabel, la prima de la Santísima Virgen. Rezar el «Magnificat» en aquel sitio tiene una resonancia particular. Desde entonces, generación tras generación, seguimos llamando bienaventurada a la Madre del Salvador.

Y navidad cayó en agosto, porque no son muy habituales los villancicos en este mes. Parece que no pegaban demasiado con el calor que hacía. Pero sí, efectivamente, ya en el autobús comenzamos a cantar lo que íbamos a hacer: «vamos a Belén, a adorar al niño Dios, porque dicen que ha nacido más hermoso que una flor». Y allí, en la explanada de la basílica de Belén, pasamos por esa puerta pequeña que es todo un símbolo. Una gran basílica con una entrada tan pequeña. Sólo lo pequeños y sencillos comprenden en su totalidad este gran misterio. Cristo nace en un pobre pesebre y aquella estrella de plata que devotamente todos besamos nos hizo sentir algo especial. Cristo nació allí «por nosotros y nuestra salvación». Dios hecho hombre. Cristo nace de María Virgen. ¡Que amor tan inmenso el que nos recuerda aquella plateada estrella! Allí nació la luz que guía nuestras vidas.

Maqueta de la ciudad de Jerusalén en tiempos de JesúsDecía San Jerónimo algo que nos puede parecer exagerado: «Algo faltará a vuestra fe si no habéis visto Jerusalén». Pero viendo la impresionante panorámica de la ciudad en la que Cristo murió y resucitó uno comprende mejor esta expresión. El misterio central de nuestra fe se desarrolló en aquella ciudad en la que Cristo nos expresó el amor hasta el extremo que sentía por nosotros. Visitamos el santuario de la dormición de María, la tumba del Rey David, el muro de las lamentaciones, el lugar de la ascensión, la iglesia de Pater Noster (donde Cristo se reunía con sus discípulos y les enseñó la más bella plegaria del mundo), Dominus Flevit (donde Cristo lloró ante la cerrazón de los corazones que no lo acogieron), San Pedro in Galli Cantu (donde el gallo cantó tres veces y evidenció la negación de Pedro)… Pero fue de una intensidad especial celebración de la Eucaristía y la hora santa en la basílica de Getsemaní. Meditar el evangelio en aquel lugar donde Cristo sudó sangre, pasear por aquellos olivos milenarios, testigos mudos del sufrimiento de Cristo, tocar y besar aquella roca que guarda añoranzas de traición y soledad, fueron vivencias especiales.

Y también para nosotros, los sacerdotes, renovar las promesas de nuestra ordenación ante nuestro obispo D. Ramón y visitar el cenáculo constituyó una experiencia muy emotiva. Allí se celebró el memorial de nuestra salvación. Allí instituyó Cristo el sacerdocio. Allí nos dejó el mandato del amor fraterno. Allí nos unimos más íntimamente a Aquel que un día nos llamó para que fuéramos sus discípulos y renovamos con ilusión nuestro empeño en seguirle para siempre.

Y del cenáculo a la cruz. La basílica del Santo Sepulcro guarda el recuerdo de lo que mantiene nuestra fe: la muerte y resurrección de Jesús. Besar la roca del Calvario, tras la reflexión del Via-Crucis por la calle de la amargura, postrarnos en la losa del descendimiento, meditar el dolor de la Madre del Salvador, y visitar la pequeña capilla de la resurrección constituyen el centro de la peregrinación.

Hace ya trece años que visité por primera vez Tierra Santa. Y, en esta segunda ocasión, de nuevo doy gracias a Dios, junto con todos los peregrinos, porque nos ha bendecido con esta experiencia inolvidable. Como bien nos dijo nuestro obispo D. Ramón, han sido unos días en los que hemos recibido una especial gracia de Dios. Sí. Hemos podido renovar nuestra adhesión al Señor, imprimir una nueva ilusión a nuestra vida cristiana gracias a estos días en los que hemos orado, meditado y convivido en la tierra donde se hunden las raíces de nuestra fe.

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