Teilhard de Chardin, el profeta de un Cristo siempre mayor.

A propósito de la obra de Agustín Udías: La Presencia de Cristo en el Mundo[1].

Pertenezco, desde su fundación, a la sección española de la asociación  Amigos de Teilhard de Chardin, como es obvio, su principal fin es difundir el pensamiento de Teilhard. Hace unos días recibo la siguiente nota: Estimado amigo, la Junta Directiva ha acordado obsequiar a sus socios más activos con ocasión de las fiestas navideñas con este libro que acaba de publicar Agustín Udías . Espero que sea de tu agrado. La nota llevaba  la firma del vicepresidente de la asociación,  Leandro Sequeiros. Con la nota un libro titulado: La presencia de Cristo en el mundo. Las oraciones de Pierre Telilhard de Chardin. El autor Agustín Udías Vallina.

Ciertamente me sorprendió  el ser destacado como uno de los socios más activos, aunque la asociación tiene pocos años mi contribución se ha limitado a la publicación de  una pequeña reseña con motivo del   del 60 aniversario de su muerte, no obstante sintiéndome agradecido y,  sobre todo, convencido de la importancia de redescubrir y difundir las grandes intuiciones de Teilhard  me puse a  elaborar este artículo. Para ello comencé  por realizar una  encuesta   que consistía  en una sola pregunta : ¿Quién es Teilhard de Chardin?, en principio me dirigí a algunos de mis alumnos de filosofía del instituto, el rictus de extrañeza de sus caras lo decía todo. Posteriormente se lo comenté  a un joven profesor de biología, la respuesta es lacónica: sí, me suena de algo. En el seminario diocesano interpelé a un alumno del primer curso de filosofía y obtuve la callada por respuesta. Finalmente, planteé la cuestión a un grupo de estudiantes de ciencias religiosas y me respondieron: un teólogo, ¿no? Si esta pregunta la hubiese hecho a estudiantes de filosofía, profesores, seminaristas o estudiantes de ciencias religiosas de los años 60 o primeros de los 70 del pasado siglo, seguro que la respuesta hubiese sido distinta.

La obra de Teilhard, de gran interés en otro tiempo fue cayendo en el olvido a partir de los años setenta del pasado siglo, eran los tiempos del final de las grandes narrativas al estilo de las de Teilhard, esa época que vino a definirse como postmoderna. Hoy, sin embargo, hastiados de tanto pensamiento débil,  su obra vuelve a salir a la luz, las nuevas publicaciones así lo evidencian. Por otra parte, el recelo de las autoridades eclesiásticas ha ido cediendo, como refleja su reconocimiento posterior, Agustín Udías (pg.140) pone como botón de muestra su influencia en la Constitución Gaudium et spes del Concilio Vaticano II, las citas reiteradas de Benedicto XVI o la nota en que aparece citado en la encíclica Laudato si. Sobre este asunto me limitaré a repetir las palabras del padre Leys, quien respondiendo a las incomprensiones sobre la obra de Teilhard decía: “¿Es peligroso Teilhard? Sí, para aquellos que no saben leer ni sus textos ni los de la Iglesia”. Puede presentarse a Teilhard como un visionario o como el profeta de un Cristo siempre mayor, su programa puede parecerle a algunos  una pura especulación, por eso está llamado estudiarse con detalle y a defenderlo con sólidos argumentos, pero desde luego no deja de ser inspirador y esperanzador. Hablemos un poco de Teilhard.

Teilhard (1881-1955) fue sacerdote Jesuita y apasionado científico,  dice Agustín Udías,  también  sacerdote jesuita y científico, que su mayor preocupación fue siempre cómo integrar el pensamiento cristiano dentro de la nueva cosmovisión presentada por las ciencias de un mundo en evolución, siendo las dos columnas en las que apoyaba su vida: su trabajo de científico y su experiencia mística (pg. 9,10). Atendamos a lo que dice Udías, no habla de conciliar, sino de integrar la visión científica del mundo con una fe cristrocéntrica. Utiliza la misma expresión, integrar, con la que el gran historiador de la filosofía F. Copleston[2] había definido el proyecto de Teilhard. Yo iría un poco más allá, Teilhard ha ido forjando su pensamiento basándose en lo que la ciencia desvela respecto del mundo, en sus textos  pueden observarse la influencia de pensadores como Bergson o Blondel, pero no encontró ninguna metafísica que se ajustase totalmente a sus ideas, lo que da auténtico sentido y consistencia a todo su pensamiento es su fe, la fe de un sacerdote-científico, ambos inseparables.

A Teilhard la ciencia le presenta un mundo en evolución, un universo donde se observa una complejidad creciente, las estructuras materiales en un proceso de autoorganización parecen dar lugar a la vida, y de la vida parece surgir la conciencia. Lo que puede observar el geólogo y paleontólogo Teilhard, es una materia que va dando de sí, como diría Zubiri. Puede explicarse esto desde una visión puramente materialista constreñida a puras leyes mecánicas y al azar. Telihard se percata de  que ese azar es demasiado inteligente, lo que se intuye es una ortogénesis, o sea una especie de direccionalidad  en la evolución, una finalidad en el gran proceso cósmico. La evolución del cosmos parece tender hacia la realidad espiritual, lo que se evidencia con la aparición de la conciencia humana.

Así pues, Teilhard[3]  trata de tomar el mundo tal como hoy se nos muestra a la razón. No el mundo de hace dos mil años encerrado en ocho o nueve esferas. Se trata de un Universo que vemos emerger orgánicamente en un tiempo y un espacio ilimitados. Despleguemos ante nosotros esa inmensidad profunda y tratemos de entender cómo se nos presenta el contorno visible de Cristo, qué supone la encarnación, la resurrección y  la redención. En definitiva, cómo tenemos que ver a Cristo para que su figura, ahora como en otro tiempo, siga invadiéndolo todo, llenándolo todo, iluminándolo todo. Cómo ver y entender su presencia universal, la de Aquél por quien fueron hechas todas las cosas y que recapitulará todo en Sí, hasta que al final Dios sea todo en todos, en palabras de San Pablo.

Teilhard   ofrecerá una interpretación cristiana de toda la evolución. La razón encarnada de la que hablaba Einstein tiene su explicación en la propia creación, la creación de un universo  evolutivo. Dios está presente en el mundo desde la misma creación. Pero no solo la creación, saquemos las consecuencias de lo que supone la encarnación y la resurrección. Dios no se ha unido solo al hombre sino a toda la materia. Cristo está en el propio corazón de la materia. La evolución no es puramente azarosa, sino que toda ella está inflamada por Cristo y tiende  hacia Él. Toda la evolución converge hacía ese Punto Omega, desde esa perspectiva ve a Cristo, el “Cristo cósmico o universal”, el Cristo cada vez mayor que atrae a todo el universo y lo incorporara todo. El hombre no es un ser pasivo en este proceso, él es un cocreador, toda la evolución del universo será incorporada a través del trabajo del hombre (pg.10,11).

La auténtica fuerza de su pensamiento, más allá de su propia reflexión teológica o filosófica reside en su experiencia de fe, en su experiencia mística. Esto se hace evidente al leer las oraciones que recoge Udías Vallina en el texto citado. Si es cierto el aforismo de Prospero de Aquitania “Lex orandi Lex credendi”, o sea, si lo que se ora   es lo que se cree, entonces el texto de Udías nos acerca al auténtico corazón de Teilhard, a su espiritualidad y su mística centrada en la figura de Cristo en el mundo (pg. 9).  Como muy bien dice, en sus oraciones se destacan continuamente dos temas: la presencia de Dios en el mundo a través de Cristo, por la creación y por la encarnación, y su prolongación en la consagración eucarística, que él extiende al universo entero.  Siguiendo un criterio  cronológico, recoge las oraciones dispersas en todas sus obras, a lo largo de 15 capítulos, de desigual tamaño, entramos en el corazón de Teilhard, la gestación de sus pensamientos, la misión a la que se siente llamado  tras lo que denomina su  Diafanía,  la experiencia mística que hizo que todo cobrase  sentido , que todo se transfigurase maravillosamente ante sus ojos, el amor profundo a Cristo y a la materia, el sentido cósmico que da a la eucarística, sus dudas, sus   conflictos, su consistencia y su fe.

El mundo se ha modificado terriblemente, nos dirá, y sin embargo se nos repiten las mismas palabras que encontraron nuestros padres. Para seguir fieles al Evangelio, piensa que hay que poner de acuerdo su código espiritual con la figura nueva del universo. “Antes al cristiano se le educaba en la impresión de que para alcanzar a Dios tenía que dejarlo todo. Ahora descubre que no puede salvarse más que a través y en la prolongación del Universo”. “Parecía en otro tiempo, no haber más que dos geometrías posibles para el hombre: amor al cielo o amor a la tierra. Ahora, en cambio, en el nuevo espacio, se nos descubre una tercera vía: ir al cielo a través de la tierra. Hay una verdadera comunión con Dios mediante el Mundo”[4]. Amar a Dios amando su creación evolutiva, amar a Cristo amando el mundo pues Él es el fuego que lo anima todo. Fieles a Dios siendo fieles a la tierra, diría yo, como respuesta a la recurrente crítica atea. Un Dios que en Cristo respondería a las dudas y a las aspiraciones de una época despertada bruscamente a la conciencia de su porvenir.

Hago mías las palabras de Paul Chauchard: “Teilhard es un testigo que nos ofrece su experiencia para ayudarnos a acercarnos a la nuestra, pues se trata de nuestra salvación y la salvación del mundo. Teilhard, que nos propone una síntesis de verdad total, no es, sin embargo, sectario en nada…. Quedamos libres para seguirlo o para abandonarlo… no ha proseguido nunca, en su vida, más que una sola investigación, la búsqueda de Dios, pero de un Dios percibido en su plena realidad como transparencia en el corazón de la materia, gracias al conocimiento previo de su existencia por la fe”[5].

  Quisiera terminar con  esta oración de petición entresacada de unas notas conservadas  de los ejercicios espirituales que realizo en 1939 y que, a mi modo de ver, muestra la fuente de donde mana la inspiración de Teilhard :

“Señor, haz que vea, que te vea, que te vea y te sienta presente en todo y animándolo todo; esta es la primera y la última, la más elemental y la suprema, la más gratuita de las gracias” (pg.126).

[1] A. Udías Vallina, La presencia de Cristo en el mundo. Las oraciones de Pierre Teilhard de Chardin, SalTerrae, Santander 2017.Las paginas citadas en el texto son de esta obra. El título del artículo viene de la obra de G. Martelet, Teilhard de Chardin, prophète d´un Christ toujours plus grande, Lessius. Bruxelles 2005.

[2] F. Copleston, Historia de la filosofía v 9, Ariel, Barcelona 1974 , p. 313.

[3] Comento aquí alguna de las ideas que Teilhard expone en “Lo que yo creo”, Trotta, Madrid, 2005.

[4] Ib.

[5]  P.  Chauchard, el pensamiento cientifico de Teilhard de Chardin, Península, Barcelona 1966, p. 259.

 

Juan Jesús Cañete Olmedo
Sacerdote y Profesor de Filosofía

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