Atrio de los Gentiles: “Stephen Hawking y Dios”

1.-Un poco de historia.

El 14 de marzo en Cambridge fallecía Stephen Hawking. A todos nos viene a la memoria la imagen de un cuerpo trágicamente debilitado postrado en una silla mecánica y una voz metálica que emergía desde los altavoces de una computadora. La imagen platónica de una gran mente encarcelada en un cuerpo venía rápidamente a la imaginación.

La contribución de Hawking a la cosmología es innegable no solo por su aportación teórica, sino sobre todo por haberla metido en los hogares de medio mundo a través de sus obras de divulgación. Libros como Breve historia del tiempo, El universo es una cáscara de nuez o El gran diseño, pertenecen a ese elenco de obras de divulgación científica que se convirtieron en grandes best sellers y propiciaron que el gran público pudiese acercarse a los maravillosos secretos del universo. Esto ciertamente es así, pero a Hawking no lo recordaremos solo por la lucha heroica de una vida sometida a los estragos del ELA o por su relevancia como científico y escritor de éxito, a Hawking lo recordaremos también por pertenecer a ese selecto grupo de científicos famosos que Karl Giberson y Mariano Artigas definieron como “Oráculos de la Ciencia”. Autores que con un pedigrí científico impecable y con un talento natural para la comunicación hablan de las grandes cuestiones de la vida: Dios, creación, destino. Sus repuestas, de un marcado carácter naturalista, suelen presentar una visión de la ciencia incompatible con la religión corroborando la imagen tópica del científico agnóstico o ateo. Dado su carácter mediático parecen representar a la comunidad científica, pero nada más alejado de la realidad. Entre los científicos, como entre cualquiera de los grupos sociales se dan creyentes e increyentes. Uno encuentra a ateos o agnósticos Como Hawking, Richard Dawkins o el nobel Steven Winberg; pero también creyentes como el líder del proyecto genoma humano Francis Collins o los premios nobel Charles Townes y William Phillips. El gran astrónomo Allan Sandage, por cierto, creyente, en una entrevista con el filósofo Philip Clayton hablaba de la sorpresa que había tenido al descubrir que muchos de sus colegas eran profundamente religiosos.

Después de Einstein, Hawking es posiblemente el científico más popular. Hawking nació en Oxford el 8 de enero de 1942, durante sus estudios en la universidad de Oxford le diagnosticaron que padecía ELA (esclerosis lateral amiotrófica). A Cambridge llegó en octubre de 1962, fue aquí donde comenzó a destacar como científico, comenzando a trabajar con el gran físico y matemático Roger Penrose en la teoría de la singularidad. Las singularidades se dan en física cuando aparecen las cantidades infinitas, el problema es que nadie sabe qué hacer con ellas. En 1970 Hawking y Penrose publicaron un trabajo técnico mostrando que existía una singularidad en el big bang. La propuesta de Hawking fue la de fusionar la teoría de la gravitación general tal como la propusiera Einstein y la teoría cuántica dentro de lo que se denominaría gravedad cuántica.  Hawking se embarcó en esa anhelada teoría  única, la llamada Teoría del Todo aún no descubierta y, por lo que parece, difícil de descubrir, que explicaría los entresijos más profundos del universo. En 1986 Hawking, ateo profeso, ingresó en la Pontificia Academia de las Ciencias del Vaticano, en la que ya había participado al ser invitado en 1981, incorporándose a este grupo selecto de líderes científicos en el que no se da ninguna discriminación de tipo religioso. Hawking ha sido uno de los pocos científicos que fue recibido por los cuatro últimos pontífices.

2.-Stephen Hawking y Dios.

Pasemos a la cuestión que más nos interesa, la visión de Hawking sobre Dios. Hawking no ocultó nunca su  condición de ateo, la ciencia no le llevo al ateísmo como algunos han sugerido. Desde su posición atea le molestaba especialmente que la cosmología pudiese utilizarse desde el punto de vista argumentativo a favor del teísmo, en Historia del tiempo dirá: “A mucha gente no le gusta la idea de que el tiempo tenga un principio, probablemente porque suena a intervención divina. (La Iglesia católica se apropió del modelo del big bang y en 1951 proclamó oficialmente que el big bang estaba de acuerdo con la Biblia)”. Independientemente de que la Iglesia nunca realizó oficialmente tal pronunciamiento, es obvio que la teoría del big bang no se opone al relato bíblico, como por otra parte ninguna teoría científica puede oponerse a tal relato en tanto que la Biblia no está hablando de ciencia. Como bien dijo Galileo, la Biblia nos muestra cómo  ir al Cielo, pero no cómo se mueven los cielos. Sin embargo, ahí tenemos una cuestión esencial, a él  no le gustaba nada  la idea de algo que pudiese inducir a considerar la posibilidad de una intervención divina.  Además de esta cuestión existe otra que no es de menor calibre, nos referimos a que introducir la cuestión de Dios en sus obras de divulgación vendía mucho más que introducir abstrusas fórmulas matemáticas.

De todos modos los textos que hacen referencia a Dios en la obra de Hawking son esporádicos, pero tuvieron una gran repercusión pública.  Pasemos a comentar aquellos que consideramos más relevantes en las  obras que tuvieron mayor difusión.

2.1-Historia del tiempo.

La obra por la que Hawking se convirtió en un icono de la ciencia fue Historia del tiempo, publicada en 1988, quizás el libro más vendido en la historia de la divulgación científica. El trabajo estaba inspirado en la búsqueda de un conjunto de leyes racionales, comprensibles, que describieran el universo, lo que se conoce como Teoría del Todo. En el último párrafo dice: “Si encontrásemos una respuesta a esto, sería el triunfo definitivo de la razón humana, porque entonces conoceríamos el pensamiento de Dios”. Se trataba  de un eufemismo, la idea de Hawking era la siguiente: “En tanto en cuanto el universo tuviera un principio, podemos suponer que tuvo un creador. Pero si el universo es realmente autocontenido, si no tiene frontera ni borde, no tendría principio ni final: simplemente sería. ¿Qué lugar queda entonces para el creador?”). O sea,  en un universo autocontenido, sin límites, sin singularidades y descrito completamente por una teoría unificada,  Dios no tendría ningún papel. Hawking   mostraba aquí sus carencias filosóficas. En primer lugar, afirmar la ausencia de fronteras es científicamente admisible, pero eso no tiene nada que ver con la afirmación de un universo que se contiene a sí mismo (autocontenido) algo filosóficamente contradictorio. En segundo lugar,  derivar la autosuficiencia del universo por la ausencia de fronteras temporales y espaciales no parece que tenga mucho sentido. Hawking a lo largo de su obra siempre confundió creación con comienzo, veamos como George Lemaître, uno de los padres de la teoría del big bang, distinguía ambos conceptos: “yo no digo creación… la cuestión de sí realmente es un principio o una creación, algo que comienza de la nada, es una cuestión filosófica que no puede ser resuelta por consideraciones físicas o astronómicas”. La creación habla de novedad pura. Ésta no es un hecho acontecido en el tiempo. La creación habla de que el universo tiene su origen, su fundamento, su consistencia y su destino más allá de sí mismo. La tesis de Hawking de que no queda lugar para el Creador si el universo no tiene límite y por lo tanto principio, no se puede aplicar a la visión judeocristiana, que hace referencia a que Dios crea y sostiene todo el universo de un modo continuo, no que solo actuase en su comienzo. Que el universo tenga o no tenga comienzo no tiene relevancia para la cuestión de su creación. Después de todo lo que ocurre es que estas cuestiones sobrepasan el método científico y se adentran en el terreno de la filosofía, olvidar esto lleva a todo tipo de confusiones.

2.2.-El gran diseño.

A pesar de las confusiones e invasión de competencias que hemos destacado, su obra Historia del tiempo no resultaba demasiado polémica. De hecho él mismo señalaba que la teoría unificada trataba de un simple conjunto de reglas y ecuaciones, la cuestión capital seguiría en pie: “¿Qué es lo que insufla fuego en las ecuaciones y crea un universo que puede ser descrito por ellas?”.  El tono, sin embargo, cambió en su última gran obra de divulgación El Gran Diseño. El capítulo primero de El Gran Diseño lo titula del siguiente modo: El Misterio del Ser. Llama la atención que una obra de divulgación científica comience así. Seguidamente empieza a enumerar una serie de cuestiones filosóficas: ¿Cómo podemos comprender el mundo en que nos hallamos?… ¿Cuál es la naturaleza de la realidad?… ¿Necesitó el universo un Creador?; el breve capitulo introductorio terminaba con las grandes interrogantes ¿Por qué hay algo en vez de nada? ¿Por qué existimos? ¿Por qué este conjunto de leyes y no otro? Obviamente estas son preguntas filosóficas,  no obstante Hawking levanta acta de defunción de la filosofía: “la filosofía ha muerto”, dice, ahora solo queda la ciencia. Es curioso que esa ingenua afirmación cientifista no generase mucha atención mediática. El interés lo acapararon estos dos breves textos:

 “Cuerpos como las estrellas o agujeros negros no pueden aparecer de la nada. Pero todo un universo sí puede, como hay una ley de la gravedad el universo puede ser y será creado de la nada. La creación espontanea es la razón por la cual existe el universo”.

“Dado que existe una ley como la de la gravedad, el universo pudo crearse a sí mismo-y de hecho lo hizo- de la nada. La creación espontanea es la razón de que exista algo, de que exista el universo, de que nosotros existamos. No es necesario invocar a  dios como el que encendió la mecha y creó el universo”.

O sea, el interés público se centró en la consideración de que Dios no era necesario para la explicación del universo. Resulta curioso como la concepción que Hawking tenía de Dios es la visión trasnochada del Dios tapa-agujeros. Según esta visión, Dios sería utilizado para explicar las lagunas de la realidad que la ciencia aún no puede explicar. El desarrollo del conocimiento científico haría que esos espacios se fuesen cerrando hasta no quedar nada que se le pudiese atribuir a Dios. En ese momento la hipótesis Dios no sería necesaria y por lo tanto desaparecería. Lo cierto es que no hay ningún filósofo o teólogo que se precie que mantenga un concepto de Dios tan ingenuo y anodino. Pasemos ahora a realizar un breve comentario de ambos textos.

Centrándonos en los textos de Hawking, la última frase “no es necesario invocar a dios como el que encendió la mecha y creó el universo”, parece querer responder a aquella cuestión que había dejado abierta en Historia del tiempo: “¿qué es lo que insufla fuego en las ecuaciones y crea un universo que puede ser descrito por ellas?”. Desde luego su respuesta parece una mera opción voluntarista más que una respuesta basada en la ciencia. Según el físico David Jou este cambio se debió en gran parte al fracaso de las teorías actuales de unificación (Teoría del Todo) para predecir las constantes de la física universal, que tienen una gran influencia en la duración, la estructura y el contenido del universo. Entonces, al imaginarse que quizás haya billones de billones de universos (teoría del multiverso), la gran mayoría de ellos sin posibilidad de tener vida, aquella racionalidad que llevaba a un solo universo apto para la vida y la inteligencia quedaba muy mermada, en el sentido de que esta supuesta racionalidad iría produciendo universos aparentemente al azar y sin propósito. Así pues, dado el fracaso de las actuales teorías actuales para explicar el ajuste fino de las constantes físicas se propone una teoría   en la que se sostiene que existirían infinidad de universos, el nuestro sería uno más, la cuestión de fondo parece reducirse a esta: si la ciencia lo explica todo   Dios no tendría nada que hacer y terminaría por desaparecer,  Hawking se mantiene en esa trasnochada visión de ese Dios tap-agujeros que antes hemos criticado. Ese intento de no dejar espacio a Dios, eliminando cualquier atisbo de racionalidad en el universo, le lleva  a formular tesis carentes de la mínima consistencia filosófica. En primer lugar, qué puede querer decir eso de que la existencia de una ley como la de la gravedad permita explicar que el universo se cree a sí mismo desde la nada. Ni una ley, ni el universo, ni nada puede autocrearse, este tipo de afirmaciones caen en una crasa contradicción. En segundo lugar,  qué es eso de autocreación desde la nada, de creación espontanea, de aparecer de la nada. Digámoslo claro: cuando se habla filosóficamente de la nada no se habla del vació físico, ni del espacio -tiempo de Minkowski, ni del espacio pentadimensional, ni de virtualidades cuánticas o cualquier otra realidad con la que juega el físico; la nada es ausencia de ente, ausencia de ser, la pura nada. Si lo que se pretende es contraponer la incomprensible nada creadora a la realidad del ser eterno e inteligente, pienso que la opción más lógica es la de Dios. Este tipo de afirmaciones nos llevan a pensar que no carecía de razón J. Horgan cuando afirmaba que con Hawking nos encontrábamos ante un practicante magistral de la física y la cosmología irónica.

3.-Y finalmente ¿qué podemos aprender?

En primer lugar, no debemos olvidar que de las grandes cuestiones como ¿quiénes somos?, ¿de dónde venimos?, o ¿por qué estamos aquí?, la ciencia puede darnos cierta información, pero no son cuestiones puramente científicas sino filosóficas y teológicas. Sin embargo,  no es extraño encontrarse en los libros de divulgación de estos “oráculos de la ciencia” afirmaciones filosóficas y teológicas encubiertas con una retórica científica. Hay pues que estar alerta pues no son  pocos  los libros  que dando a conocer la ciencia al gran  público introducen, sin embargo,   opiniones propias del autor como si fueran científicas.

En segundo lugar, siendo cierto que textos como los de Hawking tienen más repercusión que  decenas de argumentaciones a favor de la existencia de Dios, no  es menos cierto que también tienen la virtud de poner el tema en el debate público. El creyente no debe tener ningún reparo ante los desarrollos del conocimiento científico. La ciencia ni va a demostrar la existencia ni la inexistencia de Dios, lo que nos va a permitir es conocer mejor la creación. Más aún,  los procesos de auto-organización, las correlaciones que  se van descubriendo en los fenómenos de la naturaleza, el ajuste tan fino de las constantes físicas y la direccionalidad de los procesos físicos, encajan muy bien con la cosmovisión teísta en la que se considera que el universo ha sido creado por Dios.

A título de ejemplo, los nuevos desarrollos científicos pueden llevarnos a reflexiones como la que se hacía no hace mucho el filósofo y físico Soler Gil: “Un universo regido por leyes ajustadas físicamente para la vida y no determinadas, y un mecanismo de generación de especies que explotaran dichas características del marco físico es justo lo que cabría esperar de un mundo creado por Dios para el despliegue de la vida y para el surgimiento de seres libres, capaces de acción moral”.

Creer en Dios nos ayuda a ver la realidad de un modo nuevo y a comprender mejor que el ateísmo. Hawking nos enseñó a conocer mejor los entresijos del universo e indirectamente, pues obviamente no fue esa su intención, nos hizo pensar sobre la realidad de Dios plasmada en su creación. Así pues también nosotros desde este texto nos unimos a la nota de  condolencia emitida por la Pontificia Academia  de la Ciencia que  manifestaba su profunda tristeza por la desaparición de un excepcional miembro que fue especialmente fiel a la Academia. Nosotros añadimos que nos enseñó que los lastres físicos no impiden que una vida pueda ser auténtica y fructíferamente  vivida, que nos ayudó a comprender algunos de los misterios de universo y, finalmente, que nos hizo pensar sobre la inmensa grandeza del Creador.

Juan Jesús Cañete Olmedo
Sacerdote y Profesor de Filosofía

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