Reflexión en este Viernes de Dolores: La Virgen María sostiene en sus brazos a sus hijos crucificados

Amigos y hermanos, estos días de dolor, de sufrimiento, de solidaridad, de oración… con motivo de la pandemia del coronavirus, todos nos sentimos llamados a hacer algo… Ante esta situación ya globalizada, creo que no hay persona alguna que no sienta la necesidad y el deseo de aportar su colaboración para erradicar esta maldita enfermedad.

Cada uno en su foro interno quisiera ser en estos momentos el científico que diera con la bendita vacuna que la combatiera; el doctor/a de la uci para aplicar la medicina conveniente a cada enfermo; el enfermero/a que se desvive y es capaz de dar la vida por sus enfermos; el militar y el voluntario que entrega su tiempo, sus cualidades para tener la infraestructura y los medios adecuados para que enfermos y familiares vivan estos momentos con esperanza; el político que se abre a la verdad de los otros para hacer más rápida entre todos la solución de la pandemia.

En verdad, todos estamos llamados a colaborar y a implicarnos para hacer posible la vida. Los creyentes cristianos, implicados también en todas las tareas anteriormente expuestas, tenemos además un medio sencillo y bastante valioso y eficaz para cooperar a la erradicación de esta enfermedad: la oración a Dios.

El Papa Francisco nos ha invitado a todos los católicos, a todas las confesiones religiosas y a todas las personas de buena voluntad a elevar oraciones y súplicas a Dios por todos los que sufren esta maldita enfermedad… El mismo Papa nos dio su testimonio orando ante Cristo Crucificado y ante su Madre, la Virgen dolorosa, dejándonos una preciosa una oración, que muchos hacemos a diario.

Hoy al celebrar el Viernes de Dolores, que con tantas advocaciones de la Virgen dolorosa y que tanta resonancia tiene en nuestras comunidades, he pensado en la intercesión poderosa de la Virgen María ante su Hijo Jesucristo, Dios y hombre, crucificado en la cruz y que ella sostuvo en su regazo de madre. Por ello, os ofrezco esta reflexión para seguir fortaleciendo este medio sencillo como es la oración de intercesión de la Virgen María, a la vez que nos invita con su ejemplo a seguir realizando las obras de misericordia con los hermanos hoy crucificados.

María ante su hijo crucificado
María vio cómo Jesús llevaba la Cruz a cuestas, donde sería después crucificado; pero Ella no trató de cargarla físicamente con Él… ¿No quería ayudarle en ese momento? ¿Acaso no le amaba?… María sabia que la mejor forma de ayudar a Cristo era cumpliendo la voluntad de Dios; y Dios quería que su Madre le ayudase espiritual y no físicamente. María respetó plenamente la voluntad de Dios.

Cuando crucificaron a Jesús, María no trató de proteger con sus manos las de Cristo, traspasadas por los clavos, ni trató de sacarlos. Un comportamiento así hubiera sido comprensible porque una madre prefiere sufrir ella misma que ver el sufrimiento de su hijo. Cuando Jesús moría en la Cruz, Ella no hizo nada que pudiera consolarle en su sufrimiento físico… María no ayudó visiblemente, como lo hizo el Cirineo. Sabía que la voluntad de Dios era que le ayudase alguien que fuera obligado a ello. Por voluntad de Dios María permaneció a cierta distancia, aunque fue precisamente Ella quién le acompañó de la manera más profunda en todo lo que Él pasó. Cuando le clavaron en la Cruz, fue espiritualmente crucificada con Él.

María ante nuestras crucifixiones
Puedes suponer que María se comporta contigo y con toda persona de la misma manera. Cuando cargamos con la cruz de todo aquello que Dios permite para nuestra santificación y salvación (soledad, enfermedad…), María está  cerca y nos ayuda, aunque tal vez no estemos en condiciones de verlo, ni sentirlo; cuando cargamos con la cruz, Ella “nos carga en sus brazos” de Madre.

Cuando nos llegue nuestro momento de morir, también “estaremos en sus brazos”. Ella misma nos conducirá a través de la frontera de la vida. María nos sostendrá tal como sostuvo en sus brazos el cuerpo de Cristo, después del descendimiento de la Cruz; y no tendremos miedo en el último momento de nuestra vida. Cuando en el momento de nuestra muerte veamos el abismo de nuestros males, no nos horroricemos. Al creer que María “nos tiene en sus brazos” permaneceremos en los brazos de la Misericordia Divina.

No olvidemos, pues, estar siempre en las manos de María, aún en las más grandes oscuridades, contemplando y compartiendo la pasión y muerte de Cristo, a quien oramos. Siempre que sufrimos y hablamos de ello al Señor, María nos acompaña, tal como estaba con su Hijo al pie de la Cruz. Ahora y siempre podremos decir con Jesucristo en la Cruz y con  la Virgen Dolorosa: “A tus manos, Padre, encomendamos  la vida de nuestros hermanos crucificados por la pandemia del coronavirus”.

Manuel Peláez Juárez
Párroco de San Pablo de Baeza

 

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