Razones de la fe VIII. La naturaleza humana, ¿imagen de Dios?

En el artículo anterior terminábamos diciendo que  en la base de ese enigma  que es el ser humano encontramos  dos aspectos entrelazados que nos distinguen del resto de los vivientes: la consciencia reflexiva  y la libertad. Estos atributos del ser humano son difíciles de integrar en una cosmovisión naturalista- materialista y sin embargo son necesarios para la visión teísta del creyente dado que conforman la dimensión espiritual del hombre. Veamos si ambos aspectos apuntan, de hecho, a la existencia de Dios.

1-La consciencia reflexiva.

El hombre es un animal de realidades, él conoce la realidad objetivamente, no  está atado a los puros estímulos, lo que implica que posee una inteligencia reflexiva, porque  solo puede conocer la realidad objetiva quien se conoce a sí mismo como una realidad subjetiva  distinta del resto de  los objetos. En este trato comprensivo con el mundo el lenguaje cobra un papel decisivo, este hecho merecería un apartado especial pero no nos detendremos en él. En la actualidad la neurología va poniendo de manifiesto la correlación entre lo mental y los procesos cerebrales. Eso no significa que la mente sea el cerebro como algunos, muy apresuradamente, pretenden deducir. El que puedan describirse los procesos corporales químico-biológicos asociados a un determinado estado de conciencia, no explica lo que significa el estar siendo consciente de algo, ni el contenido consciente de esa presencia en la consciencia. Todo  resultaría más fácil si se reconociese que no hay acceso real a la subjetividad desde las ciencias empíricas, pero muchos no se resignan a esto. Desde la neurología ni se explica, ni se explicará, la experiencia de ser consciente de algo por una cuestión de principio. Esto ya lo formuló Leibniz[1] en su famoso argumento del molino:

Hay que reconocer… que la percepción y lo que de ella depende es inexplicable  por causas mecánicas, es  decir, por medio de figuras y movimientos (hoy podríamos decir corrientes químico eléctricas). Porque imaginemos que haya una máquina cuya estructura la haga pensar, sentir y tener percepciones, podremos agrandarla conservando las mismas proporciones, de tal manera que podamos entrar en ella como en un molino. Esto supuesto, si la inspeccionamos por dentro, no hallaremos más que piezas que se impelen unas a otras pero nunca nada que pueda explicar la percepción.

Hoy podemos hablar de escáner positrónicos, de explicaciones que parten de la mecánica cuántica, de bucles, o de cualquier otra cosa. Pero el argumento sigue siendo igual de contundente: la imposibilidad de entrar en la subjetividad humana por métodos puramente empíricos. Cuando mostramos unas imágenes obtenidas en un escáner y decimos, por ejemplo,” la percepción o el sentimiento que has experimentado no es más que esto que ves” estamos diciendo una solemne estupidez, con perdón de los neurólogos. Así de contundente se manifiesta el psiquiatra M. Lütz[2] : “Entender la correlación entre procesos materiales y procesos intelectuales como una simple correspondencia unívoca está, como máximo, a la altura de 1720, aunque las coloridas imagencitas sean del siglo XXI”. De ahí que sea imposible dar una explicación puramente naturalista la consciencia como pretenden los Dawkins, Dennett o Harris[3] de turno.

El naturalista suele ver a la conciencia como el problema de los problemas dado que no puede reducirla a ningún proceso material[4]. La ciencia pretende ofrecernos un relato para explicarnos cómo la consciencia pudo surgir  en el proceso evolutivo. La neurología actual, por su parte, intenta  mostrar una correlación entre los fenómenos conscientes y los estados neuronales. Pero hemos de admitir, que independientemente de su indudable interés, sus relatos son puramente descriptivos y filosóficamente nos dicen bastante poco de la consciencia y de la razón. Que hay un sustrato neuronal, eso parece evidente, que ese sustrato se desarrolló en el proceso evolutivo también, pero de ahí a creer que hemos comprendido lo que son los estados conscientes y la razón media un abismo.

Pensemos por ejemplo en el surgimiento de la inteligencia y la razón desde criterios puramente naturalistas. Si como sostiene el naturalismo la razón está totalmente determinada por su origen evolutivo, ésta debería ser solo efectiva para la resolución de problemas en orden a la supervivencia, no, por ejemplo, para la comprensión del ámbito del mundo físico. El que algo sea verdadero o falso, el que nuestras creencias se correspondan con la realidad o no, es algo totalmente invisible al proceso evolutivo. Las reglas de la lógica, por poner un ejemplo, no son correctas porque estemos programados biológicamente para que lo sean, lo son en sí mismas y no dependen de nada material, aunque no existiera un mundo material seguirían siendo ciertas.

“¿Cómo es posible, se pregunta Alvin Plantinga[5], que una inteligencia surgida en la lucha por la supervivencia de una especie de homínidos en la sabana africana logre producir modelos exitosos de la dinámica de la materia a altas energías o los primeros estadios de la evolución del universo sino asumiendo que esa  inteligencia participa de un acceso a la inteligibilidad del mundo?” O sea que esa inteligencia es partícipe de un modo de inteligencia superior que obviamente no puede explicarse con criterios puramente evolutivos. En este sentido el agnóstico Thomas Nagel[6] señala que “los métodos básicos de razonamiento que empleamos no son marcadamente humanos sino que pertenecen a una categoría de mente más general”. Probablemente la consciencia es para el naturalista un   problema irresoluble mientras que para el teísta es todo lo contrario, es de nuevo lo que cabría esperar si el hondón de la realidad se funda en una inteligencia infinita que ha decidido crear el universo.  Profundizaremos  más en esa conciencia reflexiva  al hablar de la libertad.

2.-  La libertad.

La irreductibilidad de  la inteligencia a la materia orgánica, de la mente al cuerpo resulta especialmente clara en la esfera de la voluntad  y la libertad. La voluntad es una facultad que no está restringida a la alternativa de lo agradable frente a lo desagradable, sino que puede decidir contra lo agradable y a favor de lo desagradable cuando se considera esto bajo el aspecto de lo objetivamente bueno. O sea que  la voluntad no elige entre lo agradable y desagradable (como por ejemplo le ocurre al animal,  algo decidido de antemano) sino entre lo bueno y lo malo. El animal, sin duda, desea, quiere, pero nunca quiere querer. El “querer querer” indica la reflexividad de la que goza la voluntad humana. La mejor prueba de la libertad, como señalaba Jaspers[7], soy yo mismo que quiero que la haya“Yo quiero ser libre” ese querer ser libre es un querer libre que se expresa de modo reflexivo y se tiene que justificar ante la razón: “yo quiero por esto o lo otro…”. Pensemos por ejemplo la experiencia de autotrascendencia tan característica de la existencia humana y que se resume en el aforismo de Pascal[8] : el hombre es el único ser que se sobrepasa a sí mismo. Esa experiencia nos muestra como a través de las decisiones que vamos tomando configuramos nuestra propia personalidad. Para el ser humano decidir es decidirse.

Si el naturalismo tenía un gran problema con la conciencia no lo tiene menos con la libertad. Dos suelen ser las propuestas explicativas del naturalismo. La primera sería  negar que realmente seamos libres, la libertad sería una ilusión.  La segunda  consistiría en intentar reducir la libertad al mero  desarrollo evolutivo de la espontaneidad animal.  Esto último es fácilmente rebatible puesto que la experiencia de libertad, implica autonomía, propiedad de la voluntad de ser ley para sí misma, y esto tiene poco que ver con la mera espontaneidad no pudiendo explicarse desde la pura biología.  En definitiva de un modo u otro el naturalismo termina negando la libertad. Simplemente, señala,   creemos que somos libres por desconocimiento de los aspectos que nos determinan, a lo sumo  actuaríamos “como si fuésemos libres” pero  en realidad no existiría una libertad genuina[9].

¿Por qué esta visión tan anti intuitiva de considerar la libertad como algo irreal?, A mi entender dos serían las razones principales. En primer lugar,  puesto que desde los presupuestos  metodológicos  naturalistas no es explicable la libertad, se termina negando que la libertad exista. No me resisto a citar a Manfred Lütz[10] quien de modo jocoso señala que “el día que la investigación neurológica se puso en marcha en busca de la libertad es comparable al día en que el mentecato Gagarin dijo que había estado en el espacio y no había encontrado a Dios” En segundo lugar, dado que la existencia de la libertad  parece presuponer un nivel nuevo de realidad y esto pudiera abrir la puerta a la posibilidad de considerar un horizonte trascendente, esto les resulta  totalmente inadmisible.

Sin embargo, y a pesar todo, el hombre sabe en su fuero interno que es libre y por eso se siente responsable de sus acciones. Obviamente no hablamos de  una libertad  absoluta, sino una libertad situada. Es una libertad en la que se dan una serie de circunstancias que la pueden condicionar pero no determinar. Esa experiencia la tenemos la mayoría de los hombres, somos responsables porque somos libres, para bien o para mal. La cuestión utilizando la forma argumental “Modus Tollens” quedaría así:

Premisa 1: Los presupuestos del naturalismo implican que el libre albedrío no debería existir.

Premisa 2: La libertad existe.

Conclusión: Por lo tanto los supuestos estándar del naturalismo deben ser cuestionados.

3.- El hombre imago naturalis e imago Dei.

Lo que la libertad confirma es la estructura reflexiva de la mente humana, es decir que es un ser dotado de conciencia. En la libertad comparece el yo. Todos los estados mentales (conocimientos, voliciones, sentimientos) de un modo u otro están referidos al yo y no se reducen al cuerpo. Los  estados corporales son físicos y por tanto situados en un espacio y un tiempo; los mentales  no son espacio-temporales. Mi pensamiento no tiene ni tiempo, ni espacio,  ni forma, ni color, ni peso. La persona tiene una dimensión que no está constitutivamente inserta en el devenir cósmico, aunque se halle compenetrada con el cuerpo. En el hombre hay un “plus”, un más no reducible a la materia viva. El cerebro se nos muestra como una  condición necesaria pero no suficiente para pensar y querer. Esto implica que en el proceso evolutivo no todo es biológico y nos llevan a postular que en el origen de la realidad está la  obra de una inteligencia.

Los intentos naturalistas de explicarlas en clave naturalista son como intentar probar la cuadratura del círculo, la curiosidad y el interés estriba en descubrir donde se ha ocultado la falacia. Obviamente  no hemos demostrado que  exista Dios, pero sí podemos dar un paso más y considerar a la humanidad no solo como Imago naturalis sino también como Imago Dei, lo que nos permite superar la concepción naturalista y abrirnos a una interpretación metafísica de la existencia humana en términos de una fuente que no puede ser  menos que personal.

Juan Jesús Cañete Olmedo
Sacerdote diocesano y Profesor de Filosofía

[1] Leibniz, Monadología. Principios de la filosofía, Biblioteca Nueva, Madrid 2001.

[2] M. Lütz, Dios. Una breve historia de lo Eterno, Sal Terrae, Salamanca 2009.

[3] Los cito porque son los líderes del denominado Nuevo Ateísmo.

[4] David J. Chalmers, The Conscious Mind: In Search of a Fundamental Theory, Oxford University Press, Oxford 1996.

[5] AAVV, Naturalism Defeated?: Essays on Plantinga’s Evolutionary Argument Against Naturalism, Cornell University Press 2013.

[6] T. Nagel, La última palabra, Gedisa, Barcelona 2000.

[7] K. Jaspers, Filosofía de la existencia, Aguilar, Madrid, 1961.

[8] B. Pascal, Pensamientos, Tecnos, Madrid 2018.

[9] Ph. Clayton, En busca de la libertad. La emergencia del espíritu en el mundo natural, Verbo Divino, Santander 2011.

[10] M. Lütz, Dios. Una breve historia de lo Eterno, Sal Terrae, Salamanca 2009.

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