Pensar sobre la fe X. Conclusión: la necesidad de una elección

El cristiano se debe caracterizar por buscar la verdad, le lleve a donde le lleve. Cuando Cristo dijo yo soy la Verdad no hablaba metafóricamente, por eso afirmaba Edith Stein que quien busca la verdad, sea consciente o no, busca a Dios. En estas páginas la fe y la búsqueda de la verdad han ido de la mano. Ya desde el principio dijimos que sabíamos que no presentaríamos pruebas apodícticas de  nada, entre otras cosas porque no existen. La filosofía, en concreto la filosofía de la ciencia, ha mostrado que en el mejor de los casos, en la vida ordinaria, en la  filosofía, en la teología o en las ciencias podemos tener conclusiones bien argumentadas y hasta un cierto punto confirmadas, pero nunca pruebas. Pero eso no nos exime de seguir pensando, reflexionando y buscando la verdad. Señalaba Heidegger que la filosofía y la teología estaban en las antípodas, quererlas reunir era como hacer un hierro de madera, nosotros pensamos que no. La filosofía vive en el océano de las preguntas y la teología en el de las respuestas, visto así le podríamos dar la razón al gran pensador alemán, pero resulta que las preguntas y las respuestas existenciales (las preguntas en las que de verdad me juego la vida) van inextricablemente unidas. No se pueden separar unas de otras. Cuando se pregunta se hace siempre apuntando hacia el lugar desde donde nos vendrá la respuesta, y además tanto la pregunta como la respuesta acontecen en el espacio de una tradición en la cual la razón y la fe se entremezclan.

Todos los seres humanos, indica A. MacIntyre,  cualquiera que sea su cultura, se encuentran enfrentados a preguntas sobre la naturaleza y el significado de sus vidas: ¿Cuál es nuestro lugar en el orden de las cosas? ¿Qué poderes del mundo natural y social debemos tener en cuenta?¿Cómo debemos responder a los hechos del sufrimiento y la muerte? ¿Cuál es nuestra relación con los muertos?¿Qué es vivir bien la vida humana?¿ Qué es vivirla mal? Sin embargo, es característico que estas preguntas existenciales se planteen para la mayoría de los seres humanos de la historia de la humanidad no como preguntas que se deben hacer como preguntas desconcertantes, sino como preguntas que ya han recibido respuestas definitivas. Esas respuestas han variado, de una cultura a otra. Y generalmente se presentan a través de rituales, mitos y narraciones poéticas, que constituyen la respuesta colectiva de una cultura a esas preguntas”[1].

Siempre pensamos desde una tradición determinada, esta tradición sufre sus crisis cuando sus respuestas empiezan a no satisfacer o cuando no responde a las nuevas preguntas, pero esas crisis no se hacen evidentes hasta que no surge una nueva tradición, una tradición que compite con ella. Eso es lo que ocurre con el secularismo ateo de raíz naturalista. Ch. Taylor escribe:

“Los diálogos sobre la religión natural de Hume pueden parecernos hoy día un golpe fundamental contra la batalla de la fe. Pero mi hipótesis es  que, sin las nuevas interpretaciones morales que he venido exponiendo, habría tenido muy poco impacto. Los obispos podrían haber seguido durmiendo tranquilamente en sus alcobas”[2]

Lo que quiere indicar Taylor es que el cambio requería no meramente sustraer a Dios del mundo, sino, lo que es mucho más importante, la presencia de una alternativa. Y la alternativa no ha sido otra que los distintos tipos de  naturalismo ateo. Para el naturalista la última realidad es la naturaleza misma o el cosmos. Si en el aspecto ontológico el naturalismo sostiene que la realidad última es la materia impersonal,  en el aspecto moral nos plantea la siguiente  cuestión  ¿lo más alto y mejor de la vida debe implicar la búsqueda de un bien que está más allá de la prosperidad humana o puede encontrase en la búsqueda de la prosperidad humana misma? El naturalismo tiene una respuesta clara que resume en la no aceptación de  objetivos finales más allá de la prosperidad humana[3]. Como podemos deducir el naturalismo se constituye en   una  tradición  que pretende sustituir a la cosmovisión cristiana, y como tal cosmovisión debe de ofrecernos alguna finalidad, alguna cura para no caer en el  nihilismo, y ciertamente que nos  la ofrece,  se trata de una salvación de tipo gnóstico basado en el conocimiento científico[4].

Según Nancey Murphy el naturalismo hunde sus raíces en el humanismo del Renacimiento, en  el desarrollo de la ciencia moderna, el afianzamiento del ateísmo en el siglo XIX y  formas apologéticas erróneas[5]. La actuación de las distintas confesiones cristianas también tuvo bastante que ver con el cuestionamiento de  las creencias cristianas pues en muchos casos o bien rechazaron de plano el nuevo mundo que emergía situándose siempre a la defensiva, o por el otro lado respondieron  a las presiones de la modernidad haciendo que la religión se adaptara cada vez más a las exigencias del mundo moderno ,en lugar de tratar de entender ese mundo en relación con un Dios que actúa en el mundo pero que está fuera de la historia  y más allá de los deseos humanos[6].

Precisamente no debemos de caer en esos errores. Ni la cerrazón total a un mundo que contraviene nuestros anteriores esquemas ni la disolución del teísmo cristiano en los moldes de la modernidad con el fin de ser aceptados. Ambas posturas olvidan la búsqueda de la verdad,  de hecho no cuestionamos el naturalismo porque entendamos que se enfrenta directamente a nuestra cultura cristiana, lo cuestionamos porque pensamos que es un camino equivocado y, por lo tanto, ni responde a las cuestiones fundamentales del ser humano , ni  genera un espacio social y moral de auténtica humanización, ni , por supuesto, salva de nada. El objetivo de este texto ha sido el de ir  mostrando como la creencia  teísta cristiana atiende mejor a las cuestiones intelectuales  y emocionales del ser humano que la creencia naturalista. No hemos intentado llevar  el teísmo cristiano a un terreno puramente secular pues entonces terminaríamos diluyéndolo. Toda presencia del teísmo que pueda ser asumida por el mundo secular ha sufrido tal transformación que se ha vaciado totalmente de teísmo, es decir estas actitudes aunque sean bien intencionadas les dan a los ateos cada vez menos en lo que no creer[7]. No hemos intentado mostrar aquello que el mundo secular  puede asumir por sí, sino  aquello que le desborda, le sostiene, le fundamenta y le impele , y que solo puede venir de Dios. Veamos a título de ejemplo a través de algunas de las ideas centrales expuestas a lo largo de estas páginas.

El naturalismo sostiene  que  el estudio de la naturaleza  no proporciona una evidencia de Dios sino un conocimiento de la naturaleza que excluye la realidad de Dios, nosotros por el contrario hemos mostrado como la misma naturaleza apunta a la realidad divina, al Creador.  El teísmo cristiano no se limita a encogerse de hombros ante las pregunta sobre el qué y el por qué últimos, sino que  permite dar respuesta a la razón última de la propia naturaleza  mostrando el puesto del hombre en el cosmos. En un segundo  orden de cosas, el naturalista sostiene que dado que la moral, el humanitarismo y  el progreso pueden  funcionar sin Dios, Dios es superfluo. La cuestión no es tan fácil, como hemos visto tanto el sistema de valores, la dignidad de la persona y la misma idea de progreso surgieron del humus judeocristiano, y es  muy dudable que subsistan sin él cuando ni siquiera tengamos una idea de lo que es la humanidad, el progreso o el bien y el mal. El naturalista estaría de acuerdo en la importancia de la moral, de la justicia, la beneficencia y la emancipación universales, sin embargo estos fines es muy probable que se vayan degenerando por el aumento del individualismo, el interés propio y la crisis moral al alejarse de sus raíces judeocristianas.

Es cierto que la secularización ha  supuesto para muchos el eclipse de Dios. El Señor de cielo y tierra, el Misterio del Dios trascendente e inmanente que  inspiraba asombro y humildad a los seres humanos ha disminuido  mucho en occidente. Esto no solo ha afectado al hombre  ateo y al agnóstico  sino que son muchos los creyentes que han dejado de centrarse en la preocupación por la trascendencia de Dios con respecto a las cosas terrenales para ocuparse más de su compatibilidad  con la humanidad, sus carencias, sus aspiraciones, sus modos de pensar. El  asombro ante el Misterio Divino en la sociedad secularizada  se ha  transformado en reverencia por la ciencia, la  naturaleza, el arte o la humanidad misma, pero no debemos olvidar, siguiendo la metáfora del eclipse, que no dejan de ser modos en el que el hombre secularizado se asombra ante el Misterio último de la realidad postrándose ante el satélite sin saber que toda su luz no es más que el reflejo del sol. El propio asombro que se genera ante cualquier conquista del hombre, ante un gesto auténtico de amor, ante algún fenómeno natural o ante una obra bella es una de las vías que rompe el círculo de la inmanencia y permiten tocar la orla de lo eterno. No estamos sin noticias de Dios sino que esas son noticias de  Dios para nosotros si sabemos mirarlas e interpretarlas.

Después de todo parece que el hombre necesita una finalidad última en su vida. El ser humano busca una plenitud, un sentido de que la vida es más plena, más rica, más profunda o más alta, más valiosa, más admirable, más como debe ser. ¿Cuál de las dos tradiciones, teísta o naturalista,  pueden responder mejor a esa necesidad?, ustedes dirán.

En nuestro trabajo hemos  mostrado una amplia variedad de indicios a favor de la existencia de Dios. También se ha puesto de manifiesto como la existencia de Dios responde a cuestiones tan esenciales a la vida humana como el sentido, la esperanza o la moral. Se ha presentado sucintamente la figura de Jesucristo, se ha reflexionado sobre la resurrección de Jesús y se han señalado las aportaciones del cristianismo a la cultura humana en cuestiones esenciales. Finalmente hemos abordado el tema de la fe y de la experiencia de Dios. Pensamos que la razonabilidad de la opción por el teísmo cristiano está más que justificada, no obstante siempre se tratará de una opción personal. Una opción en la que nos va mucho, de hecho nos va la Vida. Estoy seguro que a algunos estos argumentos no les parecerán lo suficientemente contundentes, su decisión es tan respetable como la nuestra. Más aún sus argumentos y valoraciones  serán muy bien venidas pues, como señala Nancey Murphy, las críticas de los rivales siempre son un gran regalo.[8]

Juan Jesús Cañete Olmedo
Sacerdote diocesano y Profesor de Filosofía

 

 

[1]MacIntyre, A.,  Dios , filosofía, universidades: Historia selectiva de la tradición filosófica católica, Nuevo Inicio, Granada 2012, p.9.

[2] Taylor Ch., La era secular, Vol I, p. 568.

[3]Ib, p. 48.

[4]MidgleyM. , Science as Salvation: A modern Myth and its Meaning, Routledge, London-New York 1992

[5]Nancey Murphy indica  que en las raíces del naturalismo se encuentran el comienzo de la ciencia moderna, el surgimiento del ateísmo moderno y el humanismo del renacimiento, como ejemplo de una equivocada estrategia apologética podemos  citar las estrategias apologéticas católicas  durante el renacimiento, autores como Montaigne revivieron  los métodos de los escépticos  para mostrar que no hay modo de decidir racionalmente entre el catolicismo y la reforma, lo sensato era seguir en la tradición recibida (la católica), el problema era que si no es posible elegir entre una tradición y otra quizás ninguna de las dos FUERA la visión correcta.en Murphy N., Filosofía de la Religión Cristiana para el siglo XXI, p.255-259.

[6] J. Turner, Without God: The History of Unbelief in America, Johns Hopkins University Press, Baltimore-London 1985, p. 222.

[7]MacIntyre, A., The Fste of Theism, enMacIntyre, A. y Ricoeur P., The Religious Significance of Atheism, Columbia University Press, New York 1969,p. 24-25.

[8]Murphy N., Filosofía de la Religión Cristiana para el siglo XXI, p. 300.

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