Pensar la fe VII. La experiencia religiosa, el puente entre razón y la fe

La fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad. Así comenzaba San Juan Pablo II la carta Encíclica Fides et ratio. A todos aquellos que afirman que no hay que argumentar  sobre la existencia de Dios, puesto que para ellos Dios es evidente y les basta con la fe, les respondería con la autoridad  de Santo Tomás de Aquino  quien en  la Suma contra Gentiles criticaba a los que pensaban así y concluía: “ Esta opinión  proviene en parte de la costumbre de oír e invocar el nombre de Dios desde el principio. La costumbre y sobre todo lo que arranca de la niñez, adquiere fuerza de naturaleza, por esto sucede que admitimos como connaturales y evidentes las ideas de que estamos imbuidos desde la infancia” (Contra Gentes, cap. X). Ciertamente soy los de los que han pasado por Kant[1] y saben de los límites que tiene la razón especulativa para conocer a Dios. Los argumentos a favor de la existencia de Dios no dejan de ser expresiones  de la cuestión de Dios, que está implícita en la finitud humana. Más que razones evidentes son ejercicios intelectuales que se fundamentan en los vestigios de Dios que fulguran en el fondo de las cosas. Su reconocimiento exige la frescura de la mirada y la capacidad de maravillarse[2].

Pero entre la razón, que apuntala la creencia natural en lo divino con  el ropaje propio de la cultura en la que se vive, y la fe, como acto de afiliación personal, está la experiencia. La razón está ligada a la necesidad metafísica[3] de la mente humana que  mueve a entender el mundo como un cosmos dotado de sentido. Hemos de tener en cuenta, como afirmara Wittgenstein[4], que creer en Dios es creer que los hechos no son todo y que la vida tiene un sentido. Es cierto que cuando creemos que Dios existe el universo entero se nos muestra como algo significativo. El encuentro del hombre con  Dios,  además de  responder al por qué y el para qué del universo, orienta  toda la vida del ser humano.  Ese  encuentro con lo divino genera las religiones que van  introduciendo un  orden que evita el caos cósmico, civil y personal. Es de sobra conocido que  las religiones han sido la fuente de los ordenamientos sociales y morales que han permitido la cohesión de las sociedades. Pero explicar la creencia en Dios desde esta óptica funcionalista olvida lo esencial: Las religiones no son en primer lugar ni intentos  explicativos sobre el universo,  ni  factores de identidad social; las religiones antes que filosofías, teologías o sistemas morales son caminos de salvación y liberación[5]. Preguntemos a cualquier persona que tenga  fe y nos responderá como la religión les salva de la impotencia, del caos, del sinsentido, del mal o del pecado. La religión hace referencia a la búsqueda de la plenitud, de la felicidad, la paz, la inmortalidad. Ellas son generadoras de esperanza pues ayudan a soportar las conmociones emocionales, la angustia, el horror, la muerte y el absurdo.

Cuando hablamos de salvación pasamos de la orilla de la creencia a la de la fe. Pero ¿Cómo nace esa fe? No voy a hablar de la fe como don de Dios, dejemos eso al teólogo, aquí voy a hablar de la experiencia, del sentimiento, de la evidencia afectiva que hace que en un momento determinado el simple creer se transforme en fe. Lo primero que hay que destacar es que la clave está en el valor que demos a esa experiencia. La experiencia  comienza con un sentimiento que revela  la presencia de lo sagrado bien en la naturaleza, bien ante un momento íntimo motivado por determinadas vivencias, bien con el encuentro con personas concretas. Normalmente esto nos descubre  la presencia de lo divino (en mi caso  fue Jesús) que ya estaba allí aunque  no lo hubiésemos reconocido.

Para el increyente ese sentimiento suscitado ante la experiencia religiosa es algo puramente subjetivo, sin embargo el que lo experimenta sabe que se trata de algo real. Esto le llevaba a Rudolf  Otto, uno de los grandes fenomenólogos de la religión, a  sostener que el sentimiento de la presencia religiosa demostraba ya una presencia real, y al  filósofo y psicólogo Williams James[6] a afirmar  que la religión era una de  las llaves  de las que disponemos para abrir los tesoros del universo. Para  confirmar o rebatir esta hipótesis ideé una pequeña prueba. Al final del curso académico les pedí a unos 100 alumnos[7] que me elaborasen una disertación sobre las razones que les llevaban a creer  o no creer. Las reflexiones que me entregaron fueron de lo más interesante. En el tema que tratamos, entre los que se confesaban creyentes  se daba una gran coincidencia. La gran mayoría hablaba de una fe heredada bien de sus padres,  de algún miembro de su familia o de su grupo de referencia. Creencia muchas veces cuestionada en algún momento de su vida. En lo que existía una gran unanimidad era en el hecho que había ocasionado que de la creencia heredada pasasen a la fe personalmente asumida. Prácticamente la totalidad narraban experiencias que habían tenido. Las experiencias eran distintas y acontecían en las circunstancias más diversas, pero todos las interpretaban como experiencias de Dios, o incluso, como señales de Dios. Experiencias, por otro lado, que para ellos eran de lo más real.

El rechazo de este tipo de experiencias proviene de tener una perspectiva sesgada de la realidad. La realidad es una pero en ella existen distintos niveles a los que nos acercan distintos tipos de experiencias.  La ciencia se basa en la experiencia perceptiva, la ética en la experiencia afectiva, la estética conlleva  la experiencia de lo bello, y la religión la experiencia de lo sagrado (del Misterio que nos envuelve y que resulta tremendo, admirable  y fascinante al decir de  los fenomenólogos de la religión). Nos encontramos en círculos distintos que se fundan en experiencias distintas que nos abren a dimensiones distintas de la realidad. Podemos hablar del circulo de lo sensible, común, lógico natural, científico; pero también tenemos el circulo de lo espiritual, privado, supralógico, sobrenatural, teológico. La elección de la percepción como criterio único de realidad es algo abusivo y empobrecedor. Cada círculo tiene sus propios sistemas de verificación como indicaba Williams James. En la religión es la experiencia personal de aquel que te dice: ven y verás. La religión tiene su propia racionalidad  y se reconoce en la presencia real del movimiento del corazón que afecta a toda la persona. Esta  presencia  no supone una ausencia de razón sino una potenciación de la razón que partiendo de la experiencia de la verdad del ser (que se me desvela en mi propia existencia) llega a la experiencia del fundamento y sentido de la realidad al que llamamos Dios como lo expresaba, de modo críptico pero sugerente, Heidegger.

“Solo desde la verdad del ser se puede pensar la esencia de lo sagrado. Solo desde la esencia delo sagrado se puede pensar la esencia de la divinidad. Solo a la luz de la esencia de la divinidad puede ser pensado y nombrado lo que debe nombrarse con la palabra Dios”[8].

Juan Jesús Cañete Olmedo
Sacerdote diocesano y Profesor de Filosofía

 

[1] I. Kant, Crítica de la Razón Pura, Taurus, Madrid 2019.

[2] Las criaturas están llenas de vestigios, huellas y semejanzas divinas señalaba San Buenaventura que hablaba de hasta 21 vestigio en Quaest. disp. de mysteri Trinitatis. K. Jaspers por su parte les llamaba cifras de la trascendencia en K. Jaspers, Cifras de la trascendencia, Alianza, Madrid 1993.

[3] Max Weber postulaba la  necesidad metafísica  por parte de la mente humana que le movía a entender el mundo como un cosmos dotado de sentido en M. Weber,  Ensayos de sociología de la religión 1, Taurus , Madrid 1998.

[4]L. Wittgenstein, Diario filosófico, Ariel Barcelona  1982.

[5] J. Hick, Faiths Critical Dialogues on Religions Pluralims, SCM Press, London , 1995, p.112.

[6] R. Otto, Lo santo: Lo racional y lo irracional en la idea de Dios, Alianza, Madrid 2001; W. James, Las variedades de la experiencia religiosa, Península, Barcelona 1986.

[7] Algunos de estos alumnos los podéis ver en la foto que acompaña este artículo.

[8] M. Heidegger, Cartas sobre el humanismo, Alianza 2013.

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