Pensar la fe V. La huella cristiana en la modernidad

Para muchas personas la realidad política, social y cultural actual se fue gestando en un  enfrentamiento,más o menos soterrado, entre las huestes de la fe y  las de la razón. En nuestra memoria colectiva  subyace el convencimiento de que la libertad de pensar, la autonomía de la persona, la laicidad o la democracia fueron conquistadas en una lucha sin cuartel  contra la Iglesia y lo que ella representaba. Sin embargo esta visión, intencionada y simplista, es de todo menos cierta, de hecho la huella cristiana está más presente  en nuestra modernidad secularizada  de lo que muchos creen. Ya advertía Benedetto Croce  [1] que seamos creyentes o no, “no podemos no llamarnos cristianos”, más aún el filósofo italiano presentaba al cristianismo como la mayor revolución que haya llevado acabo la humanidad.  De esta gran revolución es de la que vamos a hablar destacando algunas  convicciones modernas que hunden sus raíces en el judeocristianismo y  que no estaríamos dispuestos a abandonar [2].

 1.-La intimidad y la particularidad de la conciencia.

Para Benedetto Croce la revolución principal del cristianismo consistía en situar en el centro el alma y la conciencia moral. El cristianismo puso  el acento en la intimidad de la conciencia. La conciencia adquiría un rango espiritual que hasta entonces había faltado en la humanidad. Para la cultura griega la mente y la razón, que residían en el alma, debían  controlar y subordinar alas emociones y los  apetitos  que se enraizaban en el cuerpo. La mentalidad griega estaba marcada por un dualismo antropológico que contraponía el alma y el cuerpo mientras que   la visión  bíblica  consideraba que, aunque afectados por el pecado,  tanto el  cuerpo como el alma eran buenos. El enfrentamiento no era entre la mente y el cuerpo, sino que la gran lucha acontecía en el propio corazón del hombre. Era en el centro del ser del hombre donde se respondía o rechazaba el amor de Dios [3]. En la búsqueda del bien y de la virtud la batalla  no se libraba  tanto en la cabeza   cuanto en el  corazón. ¿Dónde ponía el hombre su amor supremo,  en Dios o en ídolos como el poder, la riqueza, etc.? La respuesta a esto era más existencial, vital y cordial que puramente racional. En esta cuestión será  San Agustín [4] quién marca una época en la historia de la  reflexión sobre conciencia humana. El sería el que pondría al descubierto la intimidad del ser humano, el yo profundo donde anida la conciencia moral.  Por primera vez, el fin supremo de la vida no será el autocontrol y la racionalidad sino el amor. Para alejar a la persona del egocentrismo, para reorientar su vida hacia los demás, para que se opere una auténtica conversión no es suficiente la razón, la clave está en el corazón, hoy diríamos en la intimidad de la conciencia,  solo desde él podemos reorientar nuestro vida a Dios y al prójimo. Es en ese diálogo interior con Dios, que es más íntimo a ti que tú mismo, donde descubrimos ese espacio íntimo y profundo de nuestro ser.

Podemos decir sin duda alguna que el concepto de interioridad  es una de las grandes  aportaciones  de San Agustín a la conciencia occidental. Ese desvelamiento del centro de nuestro ser, esa intimidad, esa conciencia moral que no viene determinada por condicionamientos externos y a la que nunca renunciaríamos, es una huella del judeocristianismo nuestra cultura.

2.- El individualismo y la libertad.

A la pregunta de  cuál es la principal conquista del hombre a lo largo de la historia muchos responderían que es la libertad. Pues por paradójico que pueda resultar, la libertad  que parece la más anticristiana de las proclamas modernas,  hunde sus raíces en el cristianismo. Esta autonomía de la persona de que goza el mundo occidental, y que no tiene precedentes en la historia, tiene su fuente en el mensaje evangélico. Para Hegel el valor de la libertad individual, la libertad de todos, como algo propio de la persona, o sea el concepto libertad es la aportación propia del cristianismo. En la Enciclopedia [5] dirá: “Continentes enteros, África y Oriente, no han poseído nunca esta idea y no la tienen todavía; los griegos y los romanos, Platón y Aristóteles, e incluso los estoicos, tampoco la han tenido; sólo sabían, por el contrario, que el ser humano es efectivamente libre por nacimiento (como ciudadano ateniense, espartano, etc.) o por fuerza de carácter, por medio de la filosofía (el sabio es libre incluso como esclavo y en cadenas). Esta idea ha venido al mundo por medio del cristianismo, según el cual el individuo en cuanto tal tiene un valor infinito, por cuanto, siendo él objeto y fin del amor de Dios, está destinado a tener su relación absoluta con Dios en cuanto espíritu y a tener ese espíritu en su interior, esto es, que el ser humano está en sí determinado a la libertad suprema.”

Sobre la filiación cristiana del yo moderno y su consiguiente libertad no hay ninguna duda. La autonomía individual sería ininteligible sin las referencias cristianas. La primacía de la persona es extraña al pensamiento griego, para el pensamiento antiguo era imposible referirse al individuo desprovisto de su referencia  colectiva,  un individuo aislado entendido como persona aislada que tiene preeminencia sobre el grupo. El yo individual por otro lado parece algo funesto a la sabiduría oriental, y para el pensamiento islámico el concepto de individuo independiente de la Umma (comunidad musulmana) es algo totalmente extraño [6]. Alguien podrá advertir que la Iglesia no siempre ha actuado de esta manera, es cierto, aquí no tratamos de exonerarla sino de mostrar las raíces cristianas de nuestra cultura.  Es cierto que la modernidad desgraciadamente radicalizó y desfiguró en exceso la soberanía del yo individualista, pero eso no menoscaba en nada la importancia que tiene el cristianismo en el primado de la autonomía personal, núcleo incandescente de la modernidad.

3.-La aspiración igualitaria.

Creemos fundamentalmente que todos los seres humanos son iguales. Pero de dónde nos viene esa certeza. Esta es una idea que no existía en el pensamiento greco-romano  De hecho los griegos no creían que todos los seres humanos tuviesen la misma esencia. La idea de comunidad humana les era extraña. El ciudadano y el bárbaro no tenían la misma identidad. Casi ni pertenecían a la misma categoría de seres vivos. Los bárbaros no tienen de ser humano más que los pies decía Aristóteles, queriendo decir con ello que no compartían la esencia humana. La filosofía griega dependía de la convicción  de que existe una jerarquía natural, algunos hombres nacen para mandar y otros para obedecer [7]. La antropología bíblica es sustancialmente distinta al fundarse en un  ser  humano que es entendido como   imagen y semejanza de Dios (Génesis 1, 26-27), sin embargo la convicción de Israel como pueblo elegido determinaba que esa igualdad de todos los seres humanos tenía sus límites. Será con el monoteísmo cristiano cuando la idea de igualdad de la naturaleza humana llegue a su cenit. Destaquemos este extraordinario texto de Gálatas que tanta influencia ha tenido: No hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer; porque todos sois uno en Cristo Jesús (Gálatas 3, 28). Bajo la mirada del Dios único todas las personas están en igualdad de condiciones.

4.- El concepto de universalidad.

Con el concepto de universalidad queremos  decir la idea según la cual existen valores que valen para todas las personas de la tierra. El cristianismo proporcionó no solo una idea general de igualdad sino también los recursos para una comprensión de los derechos humanos naturales.

¿Quién tuvo la idea de que un ser humano tiene derechos que no son otorgados por el estado y que podrían apelarse contra el estado? ¿De dónde viene el pensamiento de que algunas cosas se deben a todas las personas sea cual sea su condición solo por el hecho de ser humanos? Este concepto no es creación ni de la ilustración, ni del secularismo moderno, no surgió tampoco en oriente sino que lo hizo en occidente, y no después de la ilustración sino desde la visión judeocristiana de la persona como imagen y semejanza de Dios y  su desarrollo en el pensamiento del cristianismo medieval. Sin querer minusvalorar la influencia del pensamiento griego, la idea de igualdad radical de toda la raza humana y la dignidad inherente de cualquier hombre hunde sus raíces en el judeocristianismo.

Lo dicho hasta ahora queda perfectamente sintetizado en este texto de J. Habermas:

“El igualitarismo universalista – del que se derivan los ideales de libertad y una vida colectiva solidaria, la conducción autónoma de la vida y la emancipación, la conciencia moral individual, los derechos humanos y la democracia- es el legado directo de la ética judía de la justicia y la ética cristiana del amor. Este legado ha sido objeto de una constante apropiación e interpretación crítica, sin sufrir transformaciones sustanciales. Al día de hoy no existe ninguna alternativa a él…Todo lo demás son chácharas posmodernas” [8]

 5.- El ser humano como persona [9].

El concepto persona es ajeno a la filosofía griega. Etimológicamente el término parece derivarse del etrusco persu que significaba máscara  y de la que derivarían el griego prosopon y el latino persona, con el significado de cara, máscara, rol, personaje y en la Roma imperial persona. Por tanto desde el significado material de mascara de actor se pasó a significar primero el papel del actor y después el papel desempeñado en la sociedad.

El cristianismo ofreció las coordenadas de pensamiento que hicieron posible el concepto de persona. Estas vienen dadas por la novedad que introduce  y que puede resumirse en tres aspectosEn primer lugar la dimensión personal de la realidad. La fuente de la realidad es un absoluto personal frente al naturalismo in-personalista pagano. En segundo lugar la valoración de lo singular. Para el cristianismo el individuo como tal tiene un valor infinito en cuanto objeto y fin del amor de Dios. En tercer lugar la idea de libertad como propia de cada individuo humano. El valor de la libertad individual, la libertad de todos, como propio de la persona, o sea el concepto libertad es la aportación propia del cristianismo.  Así pues la valoración del individuo y la introducción de una idea de libertad que no se limita a un  grupo o a una concesión externa al individuo, son las coordenadas que hacen posible una nueva valoración del individuo humano dándole carácter y dignidad personales.

El concepto persona, como contrapuesto a esencia o naturaleza, y por tanto como caracterización del individuo dentro de la misma esencia o naturaleza, se formó en el cristianismo. Las discusiones trinitarias y cristológicas aportaron la distinción entre persona y naturaleza; mientras la naturaleza se refiere a lo común entre los hombres, también en Dios; persona “no significa especie, sino algo singular e individual”. Esta idea la recoge Boecio cuando define a la persona como una sustancia individual de naturaleza racional (Liber de persona et duabusnaturis: ML, LXIV, 1343)y Ricardo de San Víctor cuando afirma que con el nombre de sustancia se significa no un quién sino un qué, mientras que, por el contrario, con el nombre de persona se designa no un qué, sino un quién (Sobre la Trinidad  L IV,6).Obviamente esto tiene su fundamento en que el hombre es imagen y semejanza de Dios, pues solo las criaturas racionales son, propiamente hablando, a imagen de Dios”(Sto. Tomás, Suma Teológica  I q 93 a 2c).El hombre es imagen de Dios en cuanto tiene racionalidad,  libre albedrío y potestad propia. De la persona se afirmará  especialmente la racionalidad, la sustancialidad, la individualidad y la singularidad.

El nacimiento de la comprensión moderna de la libertad y de la persona a partir del pensamiento cristiano antiguo y medieval  es ampliamente documentable. Alejandro de Hales  dará una nueva orientación al concepto persona partiendo sobre todo de la cristología, su concepción de la persona como ser moral es la mayor aproximación al concepto moderno formulado paradigmáticamente por Locke y Kant que pondrán de relieve la mente y la conciencia.

6.- La idea de esperanza.

El mundo pagano era un mundo sin esperanza, más aún la esperanza no era más que una ilusión de la que debíamos despertar.Para el hombre griego todo el universo está sometido a la fuerza del destino(Moira, Ananké).No puedes cambiar tu historia nos enseñará el mito de Edipo. El tiempo y el destino permanecen eternamente entrelazados como las fuerzas que rodean y determinan todo.

La esperanza, como afirma Ernst Bloch en  El principio de esperanza [10], es la reformulación cristiana y luego laica del mesianismo judío, que rompe la tradición griega del tiempo circular, de la tragedia, del eterno retorno, del destino. Desde la idea del eterno retorno la única sabiduría imaginable es la contemplativa, que consiste  en consentir apaciblemente con lo real y con el destino, temas que Nietzsche retomará celebrando el amor fati (amor al destino). Este consentimiento se puede llevar acabo por la vía heroica como los estoicos o la más dulce posible como en el hedonismo epicúreo. Esa es la esencia de la tragedia griega. Frente a esto tenemos el profetismo judío que proclama que el tiempo es lineal, que la historia humana está arraigada en una memoria y orientada hacia un proyecto. El año próximo en Jerusalén  decían los antiguos hebreos. Se trata del futuro como horizonte.

Para el judeocristianismo el tiempo va a alguna parte, esto implica una especial responsabilidad con la idea de elección, los seres humanos son corresponsables del futuro. La idea moderna de progreso es una traducción laica de la esperanza cristiana. Podríamos establecer el siguiente orden: mesianismo judío -esperanza cristiana- progreso ilustrado. Esta secuencia  define la historia occidental y  nos lleva siempre a pensar que otro mundo es posible.

7.-El mundo de los valores.

¿De dónde vienen los valores morales de occidente que incluyen la importancia del individuo la igualdad, los derechos humanos, el amor, la preocupación por el pobre y la necesidad de mejorar las condiciones materiales de todos? No hace falta mucha sagacidad para intuir que nos encontramos ante un paquete de valores que encajan muy bien con las creencias cristianas.  Detrás de todo esto podemos observar la influencia de un Dios personal. La consideración del hombre como imagen y semejanza de Dios y la doctrina de la Encarnación, el hecho de que Dios asumiera la naturaleza humana, tuvieron un efecto incalculable en la historia de las ideas al elevar a la persona humana a la posición más elevada posible, sin ella la filosofía de los derechos humanos que suscribimos hoy nunca se hubiera establecido [11]. Las convicciones sobre el valor y la igualdad  de cada persona y la importancia de amar al débil no surgen de la impersonal idea de bien platónica ni del dios impasible de Aristóteles, por supuesto tampoco vienen de una ética del guerrero  o del estoicismo y su idea del destino y su respeto a la jerarquía y al poder.  Estás convicciones surgen de la idea de un Dios que crea al ser humano y hace  todo para tener una comunión íntima con él.

El secularismo moderno rechazó la visión de un universo personal pero mantuvo en gran parte estos ideales. Fue Nietzsche el que con más vigor denunció este contra sentido. Su gran idea fue muy simple: si no existe Dios ni una dimensión  sobrenatural  entonces  no existe ninguna perspectiva superior a la vida y no hay ningún punto de vista privilegiado para establecer el bien y el mal [12].  Nuestras concepciones de la verdad, la virtud, la identidad y la autonomía, nuestra concepción de la historia como un camino de sentido y de progreso tienen unas raíces teológicas,  arrancadas estas raíces nada de esto tiene sentido. Tú puedes conocer todas las leyes de la física y de la biología, pero ni la verdad, ni el bien, ni la belleza pueden deducirse de ellas. De hecho la fe en los valores humanistas no deja de ser un acto de fe religiosa.

8.- La subversión evangélica de las víctimas [13].

El texto evangélico ha dividido en dos la historia del mundo. El mensaje cristiano trae en sí un principio de subversión. El cristianismo introduce una ruptura definitiva, la cruz supone una inversión radical del mundo religioso  ¿Qué es eso tan  extraordinario? Desde ahora la historia no se verá ya solo desde el lado de los verdugos sino de las víctimas. El cristianismo desenmascara esta falsedad del pensamiento antiguo que miraba siempre desde el vencedor y olvidaba a las víctimas y exculpaba a los verdugos. Cristo, en esto como en muchas cosas, despertó nuestro entendimiento. Las víctimas eran inocentes. Para el filósofo pagano el simbolismo de la cruz constituía un total absoluto escándalo, algo repulsivo para una persona que estaba imbuida del simbolismo del poder. Trifón, Celso o Lucio se burlaban del sofista crucificado. Pero promover a la víctima, Cristo,  en las barbas de los perseguidores  socavaba la tiranía en sus cimientos. Cuando, por ejemplo, ahora nos escandalizan los linchamientos es porque la sociedad occidental ha interiorizado la revelación evangélica, incluidos los que creen combatirla. Nuestra preocupación reciente por las víctimas es parte del mensaje evangélico. De hecho en la sociedad actual nadie puede optar por expresar impunemente el punto de vista del perseguidor. Aquí reside la subversión bíblica. Hoy día  solo se puede oprimir pretendiendo defender a las víctimas como por ejemplo hace el totalitarismo. La opresión no puede expresarse explícitamente como realmente es. Para oprimir cómodamente hay que aparecer más víctima que el otro. Esta es la astucia del anticristo.

De nuevo Nietzsche nos da la clave de  una  de lectura que se revela fortalecedora del cristianismo. Él se lamenta de que el cristianismo ha cambiado la historia privilegiando a la víctima sobre el opresor, abriendo  así el camino de una moral de débiles o de esclavos. Su idea es la de  volver a una tradición presocrática que todavía está en la inocencia de la opresión por la que el aristócrata no tiene que dar razón de su superioridad. Leyendo a Nietzsche, paradójicamente,  se puede volver al cristianismo más que leyendo ciertos catecismos de blandura descorazonadora como dice Guillebaud [14].

9.- La cosmovisión cristiana y el surgimiento de la ciencia.

Somos los occidentales herederos de Atenas y Jerusalén, nos hemos construido en esa tensión perpetuamente presente entre el creer y el saber, entre la fe y la razón. El monoteísmo ha favorecido la aparición de la ciencia experimental. Lo que se llama la chispa teológica. Las concepciones del mundo que tenían  los hombres que iniciaron el desarrollo de la ciencia eran las de un universo creado con orden y medida, ellos veían la naturaleza como un libro escrito por Dios con caracteres matemáticos, como decía Galileo. Cada vez se hace más evidente que la concepción judeocristiana del mundo fue un elemento sustancial en el  alumbramiento de la ciencia [15].

Entre los griegos no había ciencia aplicada y, aún menos técnica en el sentido moderno del término. Ello no carece de relación con su politeísmo y su panteísmo. Si adhiriéndose a la antigua mitología griega, se piensa que las profundidades están sometidas al dominio sagrado de Vulcano será difícil hacerlas materia de experiencia y de ciencia. Sin embargo  el cristianismo había desencantado al mundo, el creador era trascendente a su propia creación, más aún que regían los procesos materiales podría observarse la acción de la inteligencia divina, de este modo el mundo quedaba abierto a la exploración científica. El mundo material ya no se interpretó como una ilusión o solo como algo que se trascendería espiritualmente, tampoco se vio como un misterio incomprensible sino como la creación de un ser racional y personal. Por eso otros seres racionales y personales podrían  estudiarlo y comprenderlo. No queremos decir que el cristianismo fuera el único desencadenante sino que la cosmovisión cristiana fue un elemento que contribuyó para que la ciencia moderna surgiese y  se desarrollase en Europa [16].

10.- Breve nota conclusiva.

Después de todo parece que nada sobre la libertad individual, los derechos humanos, la moral, el progreso de la civilización, ni siquiera  el surgimiento de la propia ciencia son derivación de la idea que afirma  que Dios ha muerto. Curiosamente, se quiera o no, Dios está muy  presente en muchos de los considerados logros de la modernidad.

Al Dios judeocristiano no podemos desecharlo fácilmente ya que está presente en el núcleo de nuestro ser y de nuestra cultura,  basta que ahondemos en ella para que su faz vuelva a hacerse presente. Quizás algunos intenten echarlo por la puerta pero volverá a entrar por la ventana.

Juan Jesús Cañete Olmedo
Sacerdote diocesano y Profesor de Filosofía

[1] Benedetto Croce , Perché non possiamo non dirci “cristiani”enhttp://www.massimobanfi.it/Sito/fisicamatematica/documenti/Croce_Perch%C3%A9%20non%20possiamo%20non%20dirci%20cristiani.pdf

[2] Un análisis pormenorizado del tema en Jean – Claude Guillebeaud, La refondation du monde,  Seuil, Paris 1999.   Una pequeña síntesis del mismo autor en Jean – Claude Guillebeaud,Cómo he vuelto a ser cristiano, ppc, Madrid 2008, p. 49-75.

[3] Luc Ferry, The Victory of Christianity over Greek Philosophy, en A Brief History of Thought: A Philosophical Guide to Living, Harper Perennial, Nueva York 2011, p.  51-91.

[4]Henry Chadwick , Agustine of Hippo: A Life, Oxford University Press, Oxford 2009

[5]G. W. F. Hegel, Enciclopedia de las ciencias filosóficas, Alianza,  Madrid, 1997, p. 520.

[6] Ch. Taylor, Las fuentes del yo: la construcción de la identidad moderna, Paidós Ibérica, Madrid 1996.

[7] Luc Ferry, The Victory of Christianity over Greek Philosophy, en A Brief History of Thought: A Philosophical Guide to Living, Harper Perennial, Nueva York 2011, pp. 58-73.

[8] J. Habermas, Religion and Rationality: Essays on Reason, God and Modernity, MIT Press, Cambridge 2002, p. 149.

[9] G.Amengual, La persona humana: debate sobre un concepto, Síntesis, Madrid 2015.

[10] E. Bloch El principio de esperanza, Vol I, Trotta , Madrid 2007.

[11] Luc Ferry, The Victory of Christianity over Greek Philosophy, en A Brief History of Thought: A Philosophical Guide to Living, Harper Perennial, Nueva York 2011, p. 60

[12]F. Nietzsche, Más allá del bien y del mal, Alianza editorial, Madrid 2012.

[13]Claude Guillebeaud,  Cómo he vuelto a ser cristiano, ppc, Madrid 2008, p. 79-115.

[14]Ib, p. 89-90.

[15]Ignacio Sols, ¿Qué le debe la ciencia a la cultura cristiana? En AA.VV. 60 preguntas sobre Ciencia y Fe respondidas por 26 profesores de universidad., Stella Maris, Barcelona  2014. p. 58-65.

[16] Sobre la relación entre la ciencia y la religión desde la perspectiva histórica  es recomendable leer el gran estudio de J. HedleyBrooke, Ciencia y Religión. Perspectivas históricas, Sal Terrae, Santander 2016.

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