Los misioneros seglares, Antonio García y Ana Cruz, emprenden de nuevo, viaje a Ecuador

Sólo una seguridad tras tantos años de camino, la felicidad en el amar, en el servicio, en la pasión por el evangelio. Nos llamas otra vez, susurrando con acento latino y aromas del trópico. Nos tomas de la mano y rompes nuestras “seguridades y certezas” para ser más de Ti y menos de nosotros mismos. Tras meses de reflexión, de discernimiento, de buscar Tu proyecto en nuestras vidas sentimos la calidez de tu voz invitándonos a darnos en plenitud. Poco somos, pero eres necio y quieres en nuestra debilidad hacerte fuerte, día tras día. Y como una suave brisa susurras en nuestros corazones y remueves las ascuas aún incandescentes, latentes y vivas, de nuestro amor por el Sur.

¡HÁGASE! ¡Hágase! Ponemos nuestra confianza en la Providencia; con cautela y temor comenzamos ya el camino mirando al lejano oeste, hasta topar nuestra mirada con los tonos azulados del Pacífico, en la ciudad de Manta. Más debilidades o ¿más fortaleza para ti, Señor? Incertidumbre, pues esta vez no vamos solos, llevamos nuestros tres hijos que salieron siendo niños y regresan desde su amor hacia nosotros, ¡gracias hijos, una y mil veces por vuestra madurez y generosidad en este paso! Juntos superaremos vuestra inserción en esa nueva realidad.

Nos llevamos abrazos, sonrisas y ojos llenos de vida e ilusión de cientos de niños y niñas con los que hemos cantado, representado, reído y soñado un mundo nuevo y una verdadera iglesia, pues las tibiezas no caben en el evangelio ni se deben enseñar en las escuelas. Les dejamos una linda tarea: renovar esta acomodada y envejecida comunidad de creyentes, porque sólo los que son como niños pueden entender y cambiar el corazón del mundo. Junto a ellos muchos buenos profesores y profesoras enamorados de la enseñanza, a pesar de la mutilación burocrática que confunde la calidad, con el exceso de papeleo.

Dejamos a nuestros padres cargados de años y achaques, generosos con nosotros, regalándonos un abrazo apretado de esos que marcan los huesos, temerosos ante la sombra de la enfermedad, pero ocultando su verdadero sentir para que podamos extender las alas y volar de nuevo a la misión. Vamos confiados, gracias a nuestros hermanos y hermanas siempre prestos a dar el quite, a apoyar nuestras andanzas aunque a ratos, en la intimidad, algunos no acaben de entendernos.

Se quedan los amigos de siempre, los que estaban antes, los que estuvieron después, los que nos acogieron y acompañaron, los que no distanciaron el tiempo ni el espacio y siguen prendidos de nuestras vidas y nosotros de las suyas. Los que eran niños y ahora son hombres y mujeres que sentimos hijos e hijas; parte de esta gran familia.

Estos años en Jaén “detrás de rejas”, hemos compartido camino con gente maravillosa y de su mano hemos conocido, acompañado y querido amigos que un día erraron en sus opciones o sucumbieron a las dependencias; pero de los que hemos aprendido a ser más tolerantes, más humanos, más comprensivos… Nos llevamos el cariño de muchas personas sordas con las que soñamos la Pastoral del Sordo, ellos con su mirada siempre fresca nos han enseñado a escuchar de otra forma y ser sensibles a su deseo de conocer el mensaje de Jesús.

Con los años cada vez llevamos las maletas más ligeras, felices de no necesitar mayores cosas, confiados, seguros de que sabremos vivir con lo que nos ofrezcan y, como hemos hecho siempre, aún compartir con quienes necesiten. Eso sí, la mochila llena de ilusiones, de reencuentros, de ganas,… por más que intentamos centrarnos en el presente e ir cerrando frentes y tareas, Ecuador se filtra, se cuela en los sueños, en las conversaciones, en las canciones, en los comentarios, es un largo hilo que une y cose los diferentes matices de colores con los que pintamos el devenir de los días.

Desde el otro lado del Atlántico nos van llegando preguntas con sabor a acogida: ¿para cuándo su llegada?, ¿dónde vivirán?, ¿estaremos cerquita?, ¿podremos visitarles a menudo?, ¿nos podrán apoyar con algunas clases?..

Ecuador nos espera y nuestra familia con humildad y alegría desea saber responder a su acogida.

Antonio García y Ana Cruz
Misioneros

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