Los bosques y la biodiversidad

 

Desde 2013, cada día 21 de marzo se celebra el Día Mundial de los Bosques, que este año está dedicado a la relación entre los bosques y la biodiversidad, subrayando que ambos elementos son “demasiado preciosos para perderlos”.

La biodiversidad permite que los bosques desplieguen una amplia serie de funciones, desde producir madera a fijar el CO2, desde regular el ciclo hídrico a permitir que sobrevivan especies asociadas al bosque, además de su uso recreativo y su valor estético y cultural: una verdadera multifuncionalidad. Cuando hablamos de biodiversidad en los bosques, no nos referimos solamente al número de especies de árboles que conforman el bosque, sino también a muchas otras especies animales y vegetales, sin olvidar a los microorganismos. Por poner un único ejemplo, la llamada Mata Atlántica (ubicada en la costa atlántica de Brasil, al este de Paraguay, en la provincia de Misiones en Argentina y una franja angosta en la costa de Uruguay) alberga unas 8.000 especies endémicas y más de millón y medio de especies animales, incluyendo insectos. Como en otros lugares, los monocultivos (plantaciones de caña de azúcar y café) y la expansión de las ciudades, como Rio de Janeiro y Sâo Paulo, son las principales amenazas para su conservación. En la actualidad queda menos del 10% del bosque original.

En su reciente exhortación apostólica post-sinodal, el papa Francisco compartía cuatro sueños sobre la Amazonia: social, cultural, ecológico y eclesial. Textualmente, dice así: “Sueño con una Amazonia que luche por los derechos de los más pobres, de los pueblos originarios, de los últimos, donde su voz sea escuchada y su dignidad sea promovida. Sueño con una Amazonia que preserve esa riqueza cultural que la destaca, donde brilla de modos tan diversos la belleza humana. Sueño con una Amazonia que custodie celosamente la abrumadora hermosura natural que la engalana, la vida desbordante que llena sus ríos y sus selvas. Sueño con comunidades cristianas capaces de entregarse y de encarnarse en la Amazonia, hasta el punto de regalar a la Iglesia nuevos rostros con rasgos amazónicos” (Querida Amazonia, n. 7).

Si nos fijamos bien, el segundo y tercer sueño del Obispo de Roma tocan de lleno la problemática del Día Mundial de los Bosques de 2020. Porque la “riqueza cultural” en la que “brilla de modos tan diversos la belleza humana” aparece dándose la mano con “la vida desbordante que llena sus ríos y sus selvas”. La diversidad biológica y la diversidad cultural piden ser consideradas y custodiadas de un modo relacionado. Desgraciadamente, estos sueños no siempre se dan en la realidad y, en ocasiones, pueden vivirse como verdaderas pesadillas.

Recordemos que la encíclica papal Laudato Si’, sobre el cuidado de la casa común, dedicaba una sección de diez números enteros al problema de la pérdida de la biodiversidad.Allí leemos, por ejemplo: “La pérdida de selvas y bosques implica al mismo tiempo la pérdida de especies que podrían significar en el futuro recursos sumamente importantes, no sólo para la alimentación, sino también para la curación de enfermedades y para múltiples servicios” (n.32). Y, más adelante: “El reemplazo de la flora silvestre por áreas forestadas con árboles, que generalmente son monocultivos, tampoco suele ser objeto de un adecuado análisis. Porque puede afectar gravemente a una biodiversidad que no es albergada por las nuevas especies que se implantan. También los humedales, que son transformados en terreno de cultivo, pierden la enorme biodiversidad que acogían” (n. 39).

En el capítulo quinto de la mencionada encíclica reaparece la cuestión de la biodiversidad. El Sucesor de Pedro denuncia que el paradigma tecnológico y, más concretamente, el principio de la maximización de beneficio económico lleva a que, “si la tala de un bosque aumenta la producción, nadie mide en ese cálculo la pérdida que implica desertificar un territorio, dañar la biodiversidad o aumentar la contaminación” (LS195). No queda ahí la cosa, puesto que, “cuando se habla de biodiversidad, a lo sumo se piensa en ella como un depósito de recursos económicos que podría ser explotado, pero no se considera seriamente el valor real de las cosas, su significado para las personas y las culturas, los intereses y necesidades de los pobres”(LS 190). De nuevo, aparece en el pensamiento pontificio la conexión entre la biodiversidad y la diversidad humana, entre el grito de la tierra y el grito de los pobres (cfr. LS 49).

¿Qué podemos hacer nosotros? Termino con algunas sencillas sugerencias, al alcance de cada uno. Primero, podemos reconocer y valorar la diversidad biológica y humana, natural y cultural. Segundo, disfrutar responsablemente de esa diversidad, en la medida de las posibilidades y circunstancias: incluso si estamos en aislamiento por la emergencia sanitaria, mucho beneficio obtendremos rememorando el canto de los pájaros, evocando los paseos por el bosque o viendo un buen documental sobre los bosques y la biodiversidad. Tercero, consumir alimentos de manera sana y responsable, primando los productos locales y de temporada. Cuarto,es esencial apoyar las iniciativas que defiendan el uso sostenible de los bosques y los derechos de las poblaciones que en ellos habitan. Quinto, y como broche de oro, nos hará mucho bien orar de manera contemplativa y agradecida, por ejemplo, partiendo de los bosques que aparecen en la Biblia y dando gracias a Dios por su hermosura. Digamos con fervor: “Alégrese el cielo y exulte la tierra, resuene el mar y todo lo que hay en él; regocíjese el campo con todos sus frutos, griten de gozo los árboles del bosque. Griten de gozo delante del Señor, porque él viene a gobernar la tierra: él gobernará al mundo con justicia, y a los pueblos con su verdad” (Salmo 96,11-13).

 

Fernando Chica Arellano
Observador Permanente de la Santa Sede ante la FAO, el FIDA y el PMA

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